junio 18, 2005

El caballero Samael (esbozo para un cuento)

Muchos años habían pasado desde que Samael partió del terruño para adentrarse a los caminos de la aventura, de la magia, de las extrañas criaturas que habitan solo en la mente, y en donde la grandeza y el poder le esperaron durante largo tiempo. Mucho tiempo había pasado desde que un día, sin previo aviso, Samael tomo un poco de ropa, la capa que su madre le confeccionara tiempo atrás, la espada que perteneciera a su padre, un paladín de gran renombre, y el libro de los paladines, joya entre los de su orden.

El padre de Samael había luchado entre las filas que batallaron contra el ejercito de los no muertos al mando de el caballero negro Dumah, esa fue una de las batallas mas cruentas de la historia, los paladines de todas las regiones, junto a soldados y hechiceros, lucharon durante días enteros contra lo innombrable y por fin habían derrotado al casi incontenible enemigo, pero los resultados eran cruentos, gran parte de las ordenes de los paladines fueron diezmadas, los hechiceros perdieron a grandes maestros y junto con ellos gran conocimiento. Pero al menos el mal fue detenido en aquella ocasión.

Después de la guerra el padre de Samael encontró una buena esposa, formo un hogar y su vida era, a partir de entonces, una vida sencilla, dejo atrás su vida de paladín y se dedico al campo. Un día la peste cayo sobre el lugar que habitaba la familia de Samael y su padre murió, Samael aun era muy pequeño y no le quedaron muchos recuerdos de su padre, solo las historias que su madre le llego a contar.

El recuerdo mas feliz de su infancia, lo formaban las lecciones que el maestro espadachín Rafael, también paladín de gran renombre, retirado en ese entonces, le había impartido con gran paciencia. Rafael, diestro en el uso de la espada y en los sortilegios contra los no muertos, tomo a Samael como su aprendiz y le enseño todo lo que pudo. Le enseño el manejo de la espada, los movimientos básicos y avanzados de ataque y defensa, le enseño el valor de una arma, el corazón de ella, y lo mas importante, le enseño cuando usarla y cuando no. Un arma siempre es solo un recurso, pero un recurso ultimo y que debía ser tratado con cuidado.

También le enseño a leer el lenguaje de los antiguos paladines, así aprendió hechizos de curación, de ilusión y de defensa en contra de los no muertos, ensalmos que le ayudarían a proteger a sus semejantes, ese era el fin de los Paladines, ayudar a todo hombre que necesitara socorro, y luchar contra los entes malignos de los que ya solo eran conocidas sus leyendas por viejos cuentos que los ancianos y los juglares relataban.

Fueron tiempos de mucha alegría para Samael, cuando no estaba estudiando o practicando, podía ir a los campos a contemplar las nubes, que siempre parecían cosas que ya eran conocidas, como si lo que hubiera en la tierra, sobre la tierra, también existiera en una forma brumosa haya lejos en el alto cielo. En esos días conoció a Ariadna, una niña de su edad con la que compartió juegos, aventuras en los bosques y más tarde su primer amor. Aridana era una niña de cabellos negros y una mirada penetrante que parecía descubrir todo lo que se propusiera, y en efecto, descubría todo en Samael, le era un libro abierto a ella, pero a el no le importaba, era feliz y nada mas. Ariadna y los sueños de aventuras como un Paladin de la orden eran suficientes para el. No cabe duda eran tiempos felices.

Mas un día, corrió el rumor de que un ejército de no muertos había llegado a los alrededores del pueblo en donde habitaba Samael y se oyeron noticias de barbarie, oscuras leyendas ya casi olvidadas de propósitos oscuros e inimaginables. Aquella vez Ariadana no fue al encuentro con Samael en el bosque, y cuando este, apremiado, fue a la casa de la chica solo encontró muerte y desolación. Ariadna y su familia habían sido victimas del ejército de los no muertos, que bajo el manto de la noche habían entrado furtivos en la humilde casa y habían tomado posesión de los cuerpos de sus habitantes. Samael estaba destrozado.

Dormía poco, comía nada, a veces lloraba largo rato, y estaba solo. Rafael noto la desazón de su pupilo y supo que las heridas del corazón, eran difíciles de curar, el alma que se encuentra desgarrada es presa facial de los males y vicios del mundo y puede pisar pronto el camino hacia el abismo, para repárala hacen falta paciencia y sabiduría pero sobre todo un camino que seguir, un objetivo claro y una encomienda regia que convirtiera esa herida en una oportunidad de crecimiento.

Así noche tras noche Rafael contó a Samael acerca de la montaña en el fin del mundo en donde los hechiceros recogían de un manantial la magia del mundo y tomaban el poder de ella cuidando de tomar solo lo suficiente, porque de otra manera morirían al instante. Le contó de los dragones que surcaban las islas en medio del océano y que hablaban lenguajes nunca antes oídos y que además sabían la historia del mundo, ellos eran los únicos que recordaban como habían sido los hombres antes de los hombres y aun criaturas anteriores que los eones habían borrado del recuerdo de casi todo. Le contó de las oscuras criaturas de los sueños de los hombres, de los no muertos, de los que la orden de los paladines habían jurado proteger al mundo.

Contó las gestas de los grandes guerreros y hechiceros, le hablo de toda maravilla que hubiera visto y hasta de las que nadie había visto nunca. Y entre esas historias el corazón de Samael parecía recobrar cierto vigor y alegría y con el tiempo la esperanza volvió a resplandecer en su rostro, sus ojos brillaban con la promesa de aventura y consolaban su alma las viejas historias que se maestro le contaba.

Entonces una mañana decidió que, en nombre de Ariadna, el también tendría una historia grandiosa, que seria un digno paladín de la Orden y que su nombre seria conocido a través de los cuatro puntos de la tierra. Aviso de esto a su querido maestro. Luego en su casa, espero la noche, beso a su madre en la mejilla, ella yacía dormida, tomo lo necesario para su viaje y cuando aun el alba resplandecía sobre los árboles de primavera, partió para encontrar su propio destino y también para escribirlo en la mente del mundo, en los muros impalpables de la memoria de las cosas que solo los hombres ya no pueden ver.

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