julio 22, 2005

El inexistente nombre de Dios


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Se pueden hacer muchas conjetura sobre el nombre de Dios y es que en un mundo donde todo tiene nombre, donde el lenguaje designa lo que es y lo que no es, necesitamos la certeza de un nombre para Dios; el ser creador que es dueño de una imagen muchas veces aterradora porque es imposible encerrarla en un sustantivo que lo designe a él y sólo a él, el hombre necesita de esto para tener seguridad de que Dios existe y que, por lo tanto, el también.

El nombre es lo que hace a una cosa diferente de otra, así las categorías son intentos de apropiación de un mundo que es a veces demasiado vasto e inclemente. A la manera de Wittgenstein, podemos decir que el mundo es lo que se nombra. El hombre conoce, domina a través del acto de nominar, así lo que es conocido tiene nombre y lo que no es conocido, lo innombrable es temido, porque es imposible su dominación.

El nombre de cada persona es, de nuevo, el intento de tener un control sobre si mismo, cuando alguien me nombra me encasilla en una categoría, mi nombre dice de mi todo lo que alguien debe saber para conocerme, dice que soy hombre, que existo y que posiblemente pueda reafirmar su existencia cual espejo que me supone. Nos nombramos para saber quienes somos, para saber de donde somos, para limitarnos. Acaso lo primero que se pide de una persona es la confianza de su nombre.

En diferentes tribus, verbigracia algunas tribus Australianas, el nombre era un ritual secreto que no podía ser conocido más que por los miembros de la tribu. También hay que mencionar a las tribus aborígenes de Norteamérica, en donde el nombre no sólo designa una diferencia, además asigna una cualidad encontrada en la naturaleza, el tótem.

El nominar es importante, como antes se menciono, porque al nombrar me apropio de cierta fracción del otro. Los rituales de hechicería están basados en la confirmación de un nombre secreto de las cosas con el cual se tiene pleno control de ellas, sobre este tema conozco poco, pero es interesante la obra de ciencia ficción de Ursula K. Le Guin, en especial sus libros de Terramar en donde el arte de la hechicería se logra a través del continuo estudio y descubrimiento de los nombres ocultos de las cosas.

Cuando Moisés pregunta a Dios por su nombre este le responde de manera sucinta y contundente: Yo soy el que soy. Esta respuesta es una declaración ontologica de su propia naturaleza, Dios es el Ser, Dios es esencia pura y por lo tanto no puede existir, porque únicamente lo impuro existe, Dios es perfecto porque es el Ser.

Así Moisés se va con las manos vacías ante una respuesta que no dice nada y dice todo a la vez. Es probable que el propósito de Moisés no haya sido simple e inocente curiosidad, sino que es viable que su propósito haya sido la ambición de dominar una fuerza hasta ahora incomprensible, cuando pregunta a Dios por su nombre (Exodo 3:13) ambiciona el control de lo más sagrado, de la energía creadora e incesante y Dios puesto que es omnisapiente (¿porque no va a serlo?) comprende la naturaleza humana y tranquilamente responde: Soy el que soy (Exodo 3:14). Después en la Biblia se le conoce de otras tantas formas pero estas designaran sólo sus capacidades no su naturaleza.

El hecho de que el Ser sea, es prueba inverosímil de que Dios crea el mundo, porque le mundo se desprende del Ser para poder existir y lucha incesantemente por volver al Ser.

Hago una pausa y me gustaría aclarar algo, esto no es una prueba de fanatismo y de fe ciega en una religión tan peligrosa como lo es la judío – cristiana (ya lo hizo notar Nietzsche), utilizo a Dios para categorizar esa fuerza oculta dentro de la creación del mundo, puede ser el Ser inmóvil de Parmenides, o el Ser móvil de Heraclito, puede Ser el Demiurgo de Platón o el titiritero de Giordano Bruno, o el Big Bang o las variables ocultas de Einstein, a todo eso, es decir al mundo, es a lo que llamo Dios, y me valgo de la tradición judía (la Biblia) sólo para poder tener un lenguaje que sea comprensible, digo Dios en lugar de Ser, porque Dios es el Ser.

Ahora, si Dios es el Ser, no necesita nombre, no requiere un nombre. Nombre por otra parte, en el pensamiento implícito de lo humano (y Dios y sus determinaciones son humanas) es igual a ego, y ego es la conjunción de un sin fin de representaciones sociales que hacen que alguien sea lo que debe ser, en una sociedad y en una cultura particulares. Pero el ego es meramente una mascara que oculta lo que Jung nombra “Si mismo”, el si mismo es esa esencia oculta detrás de toda determinación y constituye la naturaleza de todo hombre. En la cultura prevalece el culto al ego, pero así el individuo vive infelizmente, trágicamente, la única forma de trascendencia es la del ego hacia el si mismo.

Entonces Dios es el “si mismo” en su estado perfecto (el Ser por excelencia) y no es posible que tenga un nombre porque no es presa de un ego (que visión, ¡el ego de Dios!). Dios por lo tanto no tiene nombre.

En la tradición Judeo Cristiana Se le nombra a Dios de muchas formas pero son sólo categorías abstractas como Elohim o YHVH o Adonai es decir Dios, Ser y Señor. No son nombre propios.

Dios es perfecto, nosotros no, por eso el mundo existente tiene nombre y por eso Dios no puede, no debe, tener nombre. Cualquier búsqueda del nombre de Dios es inútil y peligroso, porque para nombrar a Dios habrá que crear a un Dios (imperfecto) y eso seria desastroso para lo que existe, se corrompería. Dios no tiene nombre y, es más, no lo necesita, a diferencia de nosotros los existentes Dios es incomprensible, aunque cabria pensar que tal vez también nosotros lo seamos, ya que somos sus hijos, si es que de verdad lo somos.

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