agosto 20, 2005

El destino ineludible


Posted by Picasa

Creo que el destino es un concepto muy ambiguo, como todo concepto que presupone un infinito de elementos, sin embargo, y siendo estrictos, creo firmemente en el destino, en la predeterminación del mundo. Por lo tanto, pienso que la libertad es una ilusión, que como concepto no debería existir y que en la realidad, cualquiera que esta sea, es inexistente.

El concepto de libertad necesita propiamente, a su vez, del concepto de individualidad, pero de una individualidad radical, para que algo sea libre necesita no tener relación con más cosas en el universo que lo pudieran influenciar, necesitaría ser un ente plenamente independiente de todo, y esto, como la concepción de un hombre no social, es inconcebible.

Por otra parte, la libertad es el lado contrario del determinismo, estar determinado quiere decir estar precedido por un hecho, es decir que cada suceso en el mundo es precedido por otro, no de forma causal eficiente, sino de forma causal circular e incluso final. La libertad conlleva la noción de que nada es determinado por nada, nada exterior, ni nada interior. En ese caso todas las cosas que sucedieran en el mundo serian sólo “sucesos” al azar sin ninguna responsabilidad de los actores de dicho evento. La libertad significaría azar, pero azar en un arreglo lógico que acabaría siendo una nueva forma de organización.

Pero en la predeterminación todo es perfecto, cada cosa en el universo está relacionada con otra, tal como las nuevas teorías físicas lo proponen (las supercuerdas, el bootstrap y el orden implicado). Sartre, y antes Schopenhauer, decía que un hombre hace a todos los hombres, pero lo contrario también es cierto, no sólo en el orden humano sino en el orden microfisico, y qué somos nosotros sino complejos hechos del universo, universo que tiene su base en lo microfisico.

En nuestra realidad podemos contar con la noción de libertad, yo escojo lo que quiero hacer, tengo una gama de opciones a mi disposición, pero en secreto, más allá de la realidad, en una realidad que la supera, todo está determinado desde el principio, aunque ese principio nunca haya existido. Es el concepto de La Regla que Baudrillard antepone a La Ley. La ley es un intento burdo de organizar al mundo, una organización por consenso, aquí hay libertad, sin embargo, en el fondo la ley es parte de un sistema más grande y complejo constituido por la regla, ésta también es una forma de organización pero no por consenso sino por obligación, a la ley se le puede transgredir, a la regla nunca, porque ella es más grande que todas las trampas que se pudieran fraguar y, es más, se ajusta a cada una de ellas. Es tal como el concepto de universo, el cual abarca todo lo conocido y lo desconocido, lo que quisiera estar fuera del universo sólo lograría engrandecer el espacio que éste alcanza, pues el concepto es tal que lo contiene todo.

Así, el destino también abarca todo suceso, la noción de que puedo escoger algo es una ilusión filosófica que, como dice Thomas Nagel, es incierta, porque al final únicamente hago una elección entre millones y el pensamiento de que pude haber elegido sucede después de haber llevado a cabo la deliberación. La elección en sí es precedida por todo un cúmulo de sucesos exteriores e interiores, algo fuera de mi y algo dentro de mi que no conozco concientemente me llevan a elegir cosas que en lo particular pueden significar algo de forma superficial, pero que profundamente significan, tal vez, algo totalmente distinto a lo que yo creo.

Y es que de nuevo el “Yo” también es ambiguo, ¿Cómo puede haber un Yo en donde todo el universo esta interrelacionado? ¿Cómo puedo hablar de un Yo si mi personalidad esta compuesta de un sinnúmero de formas de identidad?

Lo que yo decida es decidió por todos los hombres del mundo, en el pasado, en el presente y en el futuro (el inconciente es colectivo y es atemporal decía Jung), y no únicamente por los seres humanos sino también por todo ser, todo objeto (si es que eso existe) en el universo. Así que ¿cuál es mi libertad si yo no decido nada solo? ¿Si lo que yo decida implica a todo lo que existe fuera y dentro de mi? “Decir si a un momento es decir si a toda la existencia”.

Aun más, supongamos que el tiempo puede ser alterado, si yo tratara de cambiar un instante en mi vida obligando a mi Yo (supongamos que le nombro Yo a la coherencia de identidades que me forman) del pasado a hacer algo diferente a lo que ya he hecho ¿No seria mi destino el haber viajado en el tiempo? ¿No seria mi destino el haber transformado mi existencia? ¿Acaso no transformo mi existencia a cada momento y ese es mi destino? El destino abarca, como el universo, todo lo que existe y aun lo que no existe todavia.

Hay otros conceptos que se entrelazan en este tema, como el del Eterno Retorno enunciado por los pitagoricos y redescubierto tardíamente por Nietzsche. La idea central es que en el universo hay un numero finito de partículas materiales, inconmensurables, pero finitas ciertamente. El mundo es, sabemos, una combinación de dichas partículas materiales, el numero de combinaciones de estas partículas crean el mundo y su transcurso por el tiempo. Llegará un momento en que todas las combinaciones posibles se hayan saldado y entonces las combinaciones se volverán a repetir, nuestro mundo tal como lo conocemos, nuestra historia tal como la vivimos volverá a ser a causa de esta finitud tacita del universo. Dice Borges que Cristo volverá a estar en la cruz y Judas volverá a anudar la cuerda de una soga. Porque todo ha sido y todo será. No hay nada nuevo bajo el sol, dicta el Qohelet.

El destino es ineludible porque es un juego anterior a nosotros, anterior a Dios, el destino es el simulacro anterior al simulacro que vivimos como realidad y, por lo tanto, es incognoscible, es una labor inútil tratar de entender sus designios. Las Parcas tejen el hilo de nuestra vida y aun ellas no saben que les depara el destino, lo hacen porque, como nosotros, no tienen otra elección que seguir el sino que nunca conocerán, y que bueno que nunca nadie lo haga.

Puede ser que la idea del hado parezca execrable para muchos porque va en contra de su noción de mundo, es una idea perversa, creo, porque transforma los parámetros establecidos. No es una suerte de fatalismo creer que nuestra vida está predeterminada, si el existencialismo, decía Sartre, es un humanismo porque exalta la cualidad humana sobre la obligación de actuar a base de temor (a Dios, a las instituciones, a las leyes) también la noción de destino es esperanzadora, ya que nos obliga a pensarnos como parte de un sistema más complejo del que no somos más que partes sin un orden jerárquico, piezas tan ínfimas pero tan seductoras y maravillosas como el universo entero, porque cada parte contiene al todo y viceversa. Además como el destino es desconocido y omnipresente, entonces podemos hacer todo lo que queramos, al fin todo esta trazado, y aquí hay ya una similitud con el atrofiante concepto de libertad, porque así como la regla contiene a la ley, la determinación universal domina a la libertad personal que funciona como muletilla para enfrentarnos a este pedazo de mundo que habitamos.

Y aquí comienza un nuevo campo, más especifico, más irreal, y sin embargo más tangible, aquí empieza la vida humana, la vida en sociedad, con leyes, con libertad aparente, con espejismos necesarios, pero a sabiendas que antes que todo ha sido la eternidad la forjadora del mundo y aun después del fin del tiempo, la eternidad, el destino, seguirá reinando, porque él tampoco es libre de no hacerlo, se abarca a sí mismo. Y como Edipo diría justo antes de morir, o como Tzinacán, en un relato de Borges, lo descubriría a su vez, todo en el mundo está bien, todo en el destino es como debería de ser. ¿Por qué no habría de serlo? Si al final no somos más que un insignificante pedazo de materia, en un inane mundo que rota en un sistema perdido en las orillas de una galaxia que es como tantas otras. ¿Porque deberíamos ser grandiosos y libres?

Sólo somos maravillosos sabiéndonos parte del universo, con la predeterminación como trasfondo. Únicamente nos volvemos míseros cuando nos pensamos fragmentados, sin relación, libres e individuales.



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