octubre 29, 2006

Breve nota a "Los caballos de Abdera" (segunda parte)


La necesidad de dar forma humana a las cosas se manifiesta cuando el hombre es incapaz de concebir a su prójimo dentro de su misma especie; cuando la otredad se pierde germina la desgracia de proyectar lo humano en aquello que no debería tener tal atributo.

Los caballos se humanizan y se hacen acreedores de las capacidades y de los vicios humanos, que son muchos. Una guerra se prevé, pero el ejército hípico ha tomado la delantera y el pasmo de los hombres juega a favor de los caballos.

No es la primera ni la ultima vez que el tema del sirviente que se revela y conquista, o trata de conquistar, al amo surge. En la actualidad esta cuestión se presenta en las múltiples obras de ciencia ficción, de la literatura y el cine por ejemplo. Ampliamente conocido es el caso de la guerra de los mundos de George Orwell que causo pavor entre los radioescuchas de la época. Y en el cine actual el tema es recurrente (Matrix, Yo robot, Terminator). De alguna manera la misma trama se despliega: el encuentro, aunque sea forzado, con el otro.

El racismo también es una forma de la búsqueda del otro, y del temor a encontrarlo, lo mismo sucede con la caridad que es su reverso. En ambos propósitos esta implícita la necesidad de distinguir entre lo que es propio y lo que es extraño. La guerra nos recuerda que hay un enemigo y la existencia de tal némesis da sentido a nuestra vida.

Otro caso es el argumento de la lucha de clases, ese movimiento en espiral que augura que la historia promoverá, cada cierto periodo, una revolución que ha de enfrentar a los oprimidos contra los opresores.

En fin, es de notar que las ideas acordes son suficientes para afirmar que el argumento de Lugones juega con un tema que es universal. Los caballos representan al otro que se ha perdido en la bruma de la individualidad, a aquel que debería proporcionar el reflejo necesario para obtener autoconocimiento del mismo, lo cual constituye una función de todo grupo humano.

Al final del cuento Lugones vuelve a hacer entera alusión al contexto mítico de donde él parte para escribir su obra Ante la derrota inminente, los hombres escondidos en la fortaleza alcanzan a oír el estruendoso caminar de un ser desconocido, inmenso, peor enemigo que los caballos. El ejercito equino retrocede ante la amenaza incontrolable y todos lo miembros del mismo se precipitan al mar. Semejante suerte sufren los caballos de Diomedes que son liberados y devorados por las bestias del bosque.

Heracles, vestido con la piel del león de Nemea, hace su aparición triunfal. El héroe que se configura como la brutalidad y la valentía salva a los hombres de sus propias creaciones, de sus propios pecados, de sus sueños de razón. Y su grito de guerra resuena amplio por todo el lugar, y los hombres saben entonces que su salvador ha llegado.

Heracles contiene, en su forma simbólica, un sentido de humanidad animalizada, al contrario de los caballos de Abdera (animales humanizados). Su gran fuerza y cierta violencia, que desemboca a veces en la locura, conviven con su origen divino. Heracles llego a ser una de las figuras más alabadas en el panteón griego, y es porque a pesar de su casta divina una indudable aura terrena le hace más cercano a los hombres que a los dioses.

La animalidad en Heracles es un atributo asumido que lo hace ser bello e inocente, su locura es un castigo divino, más no una condición a priori. Es claro que este contraste juega un papel importante en la lucha de Heracles contra los caballos, lo animal del hombre resuelve la humanización de los objetos.

Cuando el ser humano acepta y comulga con aquello que en otrora rechazo: el otro, lo animal, lo irracional, el mal, es capaz entonces de asumirlo como parte circundante de su propia vida y la proyección de ese fantasma se vuelve mínima, normal, ya no es una amenaza sino una constante.

El reino de Abdera es salvado por Heracles porque este representa el polo opuesto del enemigo que el mismo hombre se ha creado. Las sombras no deben ser iluminadas ya que la oscuridad ha de existir por derecho propio, el mal también es sabio, y en aquello que más tememos y odiamos esta el principio de nuestra salvación. Heracles devuelve la animalidad al hombre y con esto su conciencia del otro, de esta forma los caballos no tienen ya un propósito explicito y emprenden por ello su regreso al mar, pues del mar provienen al igual que todos los sueños.

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