noviembre 13, 2006

Luvina, la ciudad de los muertos (segunda parte)



















Una hipótesis a lo que ha de suceder después del tránsito de la vida es que los muertos siguen existiendo de una manera diferente, que su condición cambia únicamente de grado mas no estructuralmente. Sus experiencias son otras, pero ellos son los mismos. Así tenemos el Tártaro y los campos Elíseos en la mitología griega, el Mictlan entre los aztecas, el Helheim y el Valhalla en los pueblos nórdicos.

Más cercano a nosotros, a nuestra experiencia diaria, son las ciudades de los muertos que emulan directamente a las ciudades de los vivos. Modelos de ellas los podemos encontrar en el libro de Italo Calvino Las ciudades invisibles. En este libro Marco Polo (aquel que habla de las ciudades invisibles) relata que hay una ciudad llamada Adelma, en donde desembarco al anochecer, cuando caminaba entre sus calles se encontró, no sin sorpresa, con personas que mirándolas de cerca le recordaban a otras personas que ya habían fenecido, dice al final del cuento: “Tal vez Adelma es la ciudad a la que se llega al morir y donde cada uno encuentra a las personas que ha conocido. Es señal de que estoy muerto también yo”.

También en el libro de Italo Calvino se narra la existencia de la ciudad de Eusapia, en donde los que mueren son colocados en una ciudad igual, pero bajo tierra; con algunas diferencias las dos ciudades trascurren y cambian a la par, la ciudad de los muertos se transforma de manera parsimoniosa y como la Eusapia de los vivos no busca quedarse atrás, imita los movimientos de la Eusapia de los muertos. “Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos”.

En un libro de Ursula K. Le Guin, La costa mas lejana, perteneciente a la saga de Terramar, se relata como Ged, el archimago, parte junto a Arren, príncipe de Enlad, a buscar el enigma que ha provocado la desaparición de la magia en algunos lugares. De este modo, casi al final de la historia, llegan a una tierra perdida, más allá de cualquier confín conocido, Ged la llama la Tierra Yerma. En este lugar las personas viven como sombras de lo que alguna vez fueron, no hay luz clara en el lugar y sólo es posible percibir caras quietas y manos vacías. La existencia ahí es menor, en intensidad, que la vida común.

Luvina corresponde al tipo de ciudad en donde las personas tienen una duración frugal y exánime. Son ciudades que dan lastima porque han perdido el esplendor que pudieron haber tenido cuando albergaban, si así lo hicieron, a hombres vivos. Al contrario Emmanuel Swedenborg pensó que la muerte suponía una existencia más estimulante que la vida, en aquel lugar a donde fueran las personas al morir, transcurrirían su vidas igual que antes, pero los colores serian más vivos, los olores más intensos y así decidirían algún día cual seria su lugar apropiado, el cielo o el infierno.

Como la Adelma de Italo Calvino o como la Tierra Yerma de Le Guin, Luvina no supone una existencia feliz, tiene gran similitud con un infierno en el que los habitantes sufren de manera continua, tanto que su sufrimiento se confunde con la desgana.

Comala es un pueblo que sufre, pero que con ese pesar paga el pecado que cada habitante carga a sus espaldas, en las leyendas populares los espíritus de los hombres regresan cuando han cometido un pecado que es deber resarcir. En Comala casi todos habían cometido algún pecado por el que habrían de sufrir las consecuencias.

Es posible que Luvina tenga también esa función, ser el lugar de enmienda de los espíritus deudores. Sin embargo las evidencias del relato contradicen todo lo antes dicho, pues el carácter fantasmal de Luvina no es ni siquiera mencionado, el maestro rural es un hombre vivo que cuenta a su semejante la estadía tortuosa. Creo yo que, como antecedente de la mítica Comala, Luvina bien puede considerarse un esbozo, que conservará su esencia, de un lugar que Rulfo considero apropiado para hablar del alma humana, en particular de su propia alma. Aunque él, el autor, negara que su intención fuera biográfica, el hecho de construir algo sin infundirle parte de la propia identidad es imposible para cualquiera, el sentido puede estar latente aun detrás de los subterfugios del autor.

Luvina es un pueblo terrífico, pero no más que el lado oculto de la conciencia, y en él se encuentran albergados los fantasmas de lo que también ha sido nuestra vida, al final la muerte no es sino el objetivo de nuestra existencia, pero quien niega sus sombras sufre un destino que contradice hasta a la misma muerte, es la vida mermada, oculta tras el velo de la desgracia. Vida y muerte representan al mismo proceso, pero Luvina nos enseña que hay peores destinos que la existencia tal como la conocemos.

2 comentarios:

  1. Gracias por la referencia a Le Guin y a Swedenborg, me provoco ir a leerlos. Es importante reconocer la sombra, el refrenarla es la causa de la maldad humana. Siempre es un regalo pasar por aquí. ¡Saludos

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  2. Así es, la sombra reprimida se convierte en los demonios que vemos a diario, lo mejor que podemos hacer es aceptarla y aprender de ella, pero antes habrá que recorrer algunos obstáculos que son naturales en el crecimiento psíquico individual. De algo así habla el primer libro de la saga de Terramar de Le Guin, Un mago de Terramar, te lo recomiendo mucho.

    Saludos.

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