diciembre 15, 2006

La responsabilidad (Parte 1)
















En su famosa novela La insoportable levedad del ser, Milan Kundera urdió una idea sobre la responsabilidad que creo es digna de reflexionarse con profundidad. En ese entonces Kundera hablaba contra los regimenes comunistas que asolaban su país, su vida se había visto afectada de eso que Fromm llamo “capitalismo de estado”. Cuando las fuerzas soviéticas llegaron a Praga, ya se habían revelado, o estaban por hacerlo, las atrocidades cometidas por el gobierno de Stalin. Sobre esto no hay muchos comentarios, mi punto de vista es impopular por su naturaleza, y es que creo que en diversas situaciones el terror es la salida menos destructiva.

Pero a Kundera que vivió en carne propia el régimen comunista, la situación no le pareció nada agradable. En la novela antes mencionada, en voz de su personaje Tomas, fabulo un argumento sobre la responsabilidad que puede parecer espeluznante. El argumento se dirige contra los lideres de su país, que cedieron al poder de Rusia aun conociendo la violencia ejercida, algunos de ellos alegaron no saber sobre las crueldades cometidas y ser, por lo tanto, inocentes, en esta parte Kundera compara dicha situación con el Edipo de Sófocles y dice: “Edipo no sabia que dormía con su propia madre y, sin embargo, cuando comprendió de qué se trataba, no se sintió inocente. Fue incapaz de soportar la visión de lo que había causado con su desconocimiento, se perforo los ojos y se marchó de Tebas ciego”. Más adelante en la novela este argumento se diluye y se objeta su rigor. Pero aun así es conveniente retomarlo y tratar de entender sus alcances.

Comúnmente se piensa que se es responsable de lo que se hace, de lo que se lleva a cabo con premeditación, pero también es cierto que en algunas ocasiones nuestras acciones se presentan de forma accidental, sin que hayamos sido totalmente participes de su ejecución. A veces un agente externo o un desliz de nuestra conciencia nos hace cometer acciones que no siempre querríamos fueran realizadas.

Una automovilista ebrio que atropella a un transeúnte es culpable porque su estado es consecuencia de su descuido, al manejar de forma imprudente bajo efectos que él mismo pudo haber evitado.

El campo de la responsabilidad individual cubre sucesos que nos atañen directamente, así como algunos que nos incumben por haber sido participes aunque sea de manera circunstancial, pero supongamos que no todo fuera tan simple, ¿qué pasaría si nuestras acciones tuvieran un campo de acción mayor?

Cuando el profeta Almustafá, en un libro de Gibran, habla sobre el crimen y el castigo, pronuncia sentencias difíciles de asimilar para la conciencia común, frases como “El asesinado no es libre de culpa de su propia muerte” o aquella que implica la mayor parte de su meditación “El justo no es inocente de los hechos del malvado”.

En nuestro reconocimiento del mundo tendemos a categorizar bajo ciertos niveles el medio al que estamos adscritos, es decir, creemos que hay una esfera individual en la que exclusivamente nosotros actuamos, luego hay una esfera familiar, luego una que implica a la comunidad, después una esfera social y así hasta donde la imaginación logre concebir. Estas categorías se forman a partir de un referente cultural y nos sirven de guía para conocer las repercusiones de nuestras actividades, sin embargo no dejan de ser meras invenciones de la mente humana.

Imaginamos al mundo como fragmentado, formado por piezas independientes que de pronto interactúan y forman relaciones más o menos fugaces. Empero recordemos que para los antiguos filósofos del Indonstan el universo vivido no era otra cosa que una ilusión, y que en el trasfondo de dicha fantasmagoría había un totalidad no divida, incluso podríamos decir que tal dualidad también seria una apariencia, no existiendo más que lo eterno.

No sólo en la antigua India se creía eso, en Grecia los filósofos presocráticos ya suponían la unidad del Ser como un problema, es de sobra conocido el debate imperecedero entre Parmenides y Heraclito, o mejor dicho entre las ideas de ambos. Uno postulaba al Ser como inmóvil, el otro como dinámico, para uno el Ser era indivisible, para el otro era fragmentario y cambiante.

Sinceramente creo que este debate es irresoluble porque ambos hablaban de esferas diferentes de existencia, Heraclito por una parte nos trasmite la experiencia cotidiana, en donde todo esta en constante movimiento y es imposible negar su naturaleza divisible. Parmenides, por otro lado, se refiere a la esencia de aquel mundo cotidiano, en donde, por supuesto, solo la unidad puede ser posible.

Del contexto del que habla Parmenides es de donde se desprende la imagen del mundo que experimentamos. Zenon de Elea, discípulo de Parmenides, confirmo las suposiciones de su maestro con una serie de problemas lógicos o aporías que revelan la unidad intrínseca en el mundo.

Una de las más conocidas es la de Aquiles y la tortuga. Dice dicha aporía que Aquiles ha aceptado competir en una carrera con una tortuga, Aquiles, pies ligeros, no considera que esta sea una competición justa así que le da una ventaja de diez metros a la parsimoniosa tortuga. Una vez que la tortuga ha recorrido los diez metros fijados, Aquiles se dispone a alcanzarla, pero se da cuenta de que para llegar hasta ella debe antes andar la distancia recorrida por la tortuga, en ese momento la tortuga ya ha avanzado un metro más, Aquiles deberá avanzar ese metro, después la tortuga avanza algunos centímetros, así que Aquiles habrá de avanzar tales centímetros, y de esta forma la carrera continuará y Aquiles nunca podrá alcanzar a la tortuga pues antes deberá recorrer el camino transitado por ella.

No se hasta que punto este juego lógico sea convincente, a mí nunca me ha persuadido del todo, y es que el problema se presenta cuando Aquiles parece dar pasos de tortuga, lo cual ya es muy sospechoso. De cualquier forma Bertrand Russell plantea una solución a la aporía eleática equiparando el problema de las series infinitas de los números naturales con la distancia entre la tortuga y Aquiles. Como se sabe toda serie de números naturales es infinita, así si comparamos la cadena formada por los números pares con el mismo enlace, pero de los números impares, resulta que ambas concatenaciones mantienen la misma proporción, son infinitas por igual, lo mismo sucede con los múltiplos de cualquier numero. Los números naturales se pliegan y despliegan en series inmensurables, sin fin. Trasladando esta abstracción al universo tangible, vemos que sucede lo mismo al tratar de medir el espacio, las divisiones posibles entre dos puntos de referencia, cualesquiera que estos sean, son también infinitas, no importa si comparamos la distancia entre los dedos de una mano o de La Tierra hasta Proxima Centauri, las posibles divisiones de esas distancias son siempre infinitas.

La solución dada por Russell alega que no hay diferencia entre dos lugares en el espacio geométrico, así la posición, y el tiempo, de Aquiles y de la tortuga son en esencia los mismos, eternamente equivalentes.

2 comentarios:

  1. Te enlace en mi blog
    http://explorandonomenclaturas.blogspot.com/
    donde copie algunos fragmentos de tu tExto. Me dejas saber si no estas de acuerdo. Este blog es simplemente una recopilacion personal que solo yo leo, creo. Saludos.

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  2. Por supuesto que no hay ninguna objeción con que uses estos textos como mejor te plazca, son tuyos. Sólo no esta permitido el lucro, todo lo demas es valido.

    Saludos.

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