enero 11, 2007

La ilusión de soñar





















El sueño es una de las funciones humanas más misteriosas sobre las que se pueda conjeturar. Por supuesto, tenemos toda esa gama de explicaciones fisiológicas que nos exponen, o al menos tratan de hacerlo, los procesos fisiológicos que suceden antes, durante y después del sueño. Pero la ciencia es ingenua al querer reducir todo fenómeno a su explicación material, se encierra a sí misma y se convierte en cientifismo. El sueño, es muy posible, puede que sea mejor material para la especulación que para el esclarecimiento que, por otro lado, siempre es relativo.

Y la conjetura sobre el sueño es compleja por el hecho sutil de que el concepto parece contraponerse a esa otra ilusión que llamamos realidad. Tal distinción, antinómica, es más bien un artificio, pues ambos fenómenos perceptivos son improbables.

Entre las múltiples escuelas del psicoanálisis, por lo menos la rama ortodoxa y la analítica han querido conformar como parte de sus herramientas el análisis de los sueños, la terapia Gestalt lo ha intentado otro tanto. El principal problema de la interpretación ortodoxa es que los signos son descifrados por el psicoanalista, éste ofrece a su paciente una exégesis que supone el mismo no puede alcanzar, en la comprensión, se presume, está ya implícita la cura. Sin embargo, esta forma de afrontar los sueños es demasiado directiva y se corre el riesgo de proyectar parte de los conflictos propios en la vivencia del paciente.

Por otra parte, la psicología analítica ofrece una comprensión diferente del fenómeno. Tomando en cuenta la fenomenología del sujeto, esta corriente se aventura a descubrir junto al sujeto lo que los sueños están buscando transmitir al conciente. Aquí la interpretación valida es sobre todo la del paciente, mientras que el terapeuta es un mero acompañante en el proceso, del cual él también se sabe participe.

Los sueños tienen origen en ese lugar abstracto que denominamos inconciente, por lo tanto, su significación es, muchas veces, exclusivamente de carácter personal, pero de vez en cuando los símbolos que los forman cobran una carácter mítico. Lo que se denomina “Sueño grande” es una especie de mensaje de suma importancia que proviene del inconciente colectivo y que incumbe, por ende, a la especie entera.

Sobre esta materia el Eclesiástico dice: “Espejo y sueño son cosas semejantes, frente a un rostro, la imagen de un rostro”, líneas después menciona: “A menos que vengan del Altísimo, no abras tu corazón a estas cosas”. Considerando que el Altísimo corresponde al imago dei, sabemos que ciertos sueños provienen de Dios y que a su camino nos impelen, los reconoceremos por la profusión de símbolos arquetípicos.

Hay mucho más que hablar sobre los sueños y su interpretación. Empero esta vez más que una apología me propongo plantear una suerte de vacilación.

También el Eclesiástico dice: “Adivinaciones, augurios, sueños, son vanas ilusiones”. En un ensayo, antes conferencia, sobre “La pesadilla” Borges disgrega un poco el tema de los sueños y expone con probidad algunas reflexiones suyas y de otros. Entre ellas figuran dos que me gustaría retomar, una es de Boecio y otra es de Dunne.

Boecio habla sobre la eternidad, ese tiempo que sin ser tiempo es la conjunción de todos los momentos, como un instante primigenio en donde no existe lo sucesivo y en donde la dimensión temporal se pliega sobre sí misma. Este filosofo representa a la eternidad aludiendo a una carrera (el mundo percibido) en el que un espectador (cada uno de nosotros) contempla el inicio, transcurso y fin de ella; luego imagina a otro espectador que puede ver al primer testigo y a la carrera, y todo lo observa al mismo tiempo, para él principio y fin son lo mismo, no hay sucesos. Por supuesto este concurrente es Dios, quien es capaz de contemplar lo eterno.

Por otra parte, Dunne teoriza que en cada uno de nosotros hay un frágil resquicio de eternidad y que únicamente nos es posible acceder a el en sueños. En el acto de soñar seremos participes de aquel pedazo de eternidad que nos forma. “Dunne, asombrosamente, supone que ya es nuestra la eternidad y que los sueños de cada noche lo corroboran”.

Hablar de un trozo de eternidad es una incoherencia, pues lo eterno no puede ser fragmentado, es el arquetipo de la totalidad por excelencia. Pero hay algo de verdad en la afirmación de Dunne, ya que los sueños contactan al hombre con el matiz inconciente de su psique, y esta misma dimensión se caracteriza por ser atemporal e indeterminada en el espacio. Es decir, el mundo tal como lo conocemos no rige el fundamento de los sueños, en ellos reina una lógica diferente que nadie ha sido capaz de captar en su conjunto.

El inconciente forma la mayor parte de la estructura psíquica, de él emanan los sueños, y si hay algo en nosotros que se pueda equiparar con lo eterno es este mismo concepto, ambiguo y paradójico.

Si las imágenes oníricas nos parecen incoherentes es porque no somos capaces de comprender esa antigua forma de lenguaje, que está casi desprovisto de signos y se compone mayormente de símbolos. Empero, cierto orden rige la disposición de los sueños, únicamente es menester indagar en él.

Así que el hombre sueña y en ese momento, libre de las ataduras del ego, contacta con la eternidad que le pertenece desde aquel olvidado primer día de existencia. Pero, suponiendo que la eternidad pudiera ser contemplada, la vivencia de la misma sería terriblemente diferente a como se concibe el mundo común, ahí todo habría de ser vislumbrado de manera simultanea.

Sin embargo, cuando despertamos, recordamos una historia, o los fragmentos de una historia, de manera sucesiva, soñamos que de forma intempestiva los sucesos nos acarrearon venturas y desventuras. No obstante esta narración es un relato fragmentado, no tiene que ver con el contenido eterno, es un estado temporal el que recordamos y la división de sus componentes nos hace sospechar que su estructura explicita es irreal.

Cuando hablamos de un sueño y procedemos al relato del mismo, contamos una historia, justo como cuando hablamos de nuestro pasado, es decir, hacemos uso de una diégesis determinada. De alguna manera lo eterno que hemos vislumbrado en sueños se nos escapa al despertar, la vigilia borra toda conciencia divina.

Los sueños lucidos desde este punto de vista son imposibles, pues la lucidez implica conciencia y ésta, a su vez, envuelve un sentido fragmentario; el mundo de los sueños no puede ser alcanzado de forma sucesiva, que es como se recuerda un sueño. Toda memoria es una invención. La interpretación de los sueños corre el mismo riesgo.

Si de alguna manera los sueños moran en el reino de lo eterno, no lo sabemos, ni lo llegaremos a saber, lo que se filtra a través de nuestra conciencia es tan real como el mundo que percibimos, es decir, es completamente falaz. Si los sueños en realidad nos suceden, tenemos únicamente la certeza de que lo latente es, paradójicamente, incierto, mientras que lo manifiesto, en cambio, sufre tal transformación que se convierte en realidad, en pobre, llana y ficticia realidad.

4 comentarios:

  1. Lo mas hermoso de este texto es que cuando hablas de los suenhos y su inaccesibilidad a nuestros "conceptos", los igualas con la memoria y la percepcion como una especie de espejismos. Todo tiembla cuando lo recuerdo. Y son tan pocas las veces.

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  2. Me alegra que estas palabras se hayan vuelto aquella sustancia tremula que es la sopresa. Saludos

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  3. Interesante post. estoy con Boecio y Dunne, y con Borges y con Tigo en que los sueños son una tangencia a la eternidad. O sino, mirá como sueños largos, que albergan los sucesos de varias horas o días, transcurren según testigos imparciales en escasos minutos o segundos...

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  4. Es una maravilla, es verdad.

    Saludos.

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