junio 20, 2007

La pantalla falaz (parte 2)




Existe una gran diferencia entre las imágenes primitivas y las imágenes técnicas, mientras que las primeras reordenaban el exterior y lo sustentaban con una cosmovisión mágica, las imágenes técnicas transforman los conceptos en sí, pues en ellos se respaldan, y alteran la percepción del hombre sobre la realidad. Ya no es el mundo el que es transformado sino el modo en que se concibe tal sistema de objetos. Las maquinas antiguas y los aparatos modernos comparten la misma diferencia en su propósito.

La televisión, en este ámbito, recibe la suerte de los aparatos modernos, presenta al público una imagen artificial y la hace pasar por verdadera. Sartori nota que la imagen técnica, a diferencia del símbolo, no es un objeto de desciframiento, elude, ésta, la necesidad inmanente del individuo por traducir e indagar en los contextos trascendentes de su estructura. Es decir, la imagen televisada no se interpreta, se cree.

La televisión, como las demás herramientas actuales de comunicación audiovisual, vende la promesa de que lo que a través de ella sucede es el remanente más puro y claro de lo que constituye lo real. Sólo en sus pantallas pretende la realidad ser asequible e incluso inmejorable. Y al parecer la gente juzga, sin discusión, que tal hecho es totalmente tácito.

Las personas no cuestionan lo que en las pantallas ocurre, la imagen entra a sus sentidos y la reflexión no alcanza mayores grados de complejidad, no hay critica ni discernimiento, el estimulo es demasiado veloz, demasiado ligero para que su cognición logre defenderse del mismo, la verdad de la imagen aturde al telespectador y lo obliga a la ignominia de la pasividad, del zapping.

Por lo tanto, la libertad de expresión en nuestra sociedad resulta ser muy ambigua, porque cuando una empresa o cualquier particular es dueño de una señal televisiva no únicamente ejerce su derecho a la libre expresión, con el ejercicio de ese poder arrastra un sin numero de efectos sobre los telespectadores que presencian el espectáculo en su pantalla. La emisión de una señal de tal tipo, conlleva un grado de influencia en la interacción del sujeto con los cuerpos que limitan su existencia.

El dueño de ese medio no sólo vende un producto, vende también una forma de la verdad, vende un cosmos en el que la masa de homo videns tratará de encajar; el hombre de negocios utiliza las imágenes técnicas para comerciar pero en ese intento termina alterando la realidad de miríadas de atentos telespectadores. Y quien es capaz de afectar el fenómeno de lo real, tiene en su poder la capacidad de controlar la opinión y el actuar de quienes están bajo esa manifestación audiovisual.

La volición humana es más débil de lo que se pretende, un pequeño desfase en su concepción del mundo y toda ella se reestructura y cambia.

El ámbito de los medios de comunicación va más allá de los términos comunes de las críticas cotidianas a su influencia, sobrepasa términos confusos como lo son la libertad y la moral. Su dominio altera algo más que la estructura social de la moda y de las preferencias estéticas, tergiversa con su macula aquel fenómeno que los hombres han dado por sentado, la realidad.

Las diatribas giran en torno a fenómenos secundarios, la gente descree del poder tremendo de la imagen técnica, pero la televisión posee, como una suerte de basilisco, una mirada terrible, habrá que indagar largamente cuales son los alcances de los medios de comunicación en nuestra cultura, ya que el problema no radica en la falta o el exceso de libertad de expresión ni en la escasa normatividad sobre la calidad y el contenido de lo expuesto, sino en la propia forma del aparato, en su capacidad técnica como medio de convencimiento. Y sobre todo en la carencia de reflexión del individuo que recibe toda esa plétora de mensajes.



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