junio 18, 2007

La pantalla falaz (parte 1)




La televisión se ha establecido a través de las décadas como la máxima actividad de entretenimiento de las personas y, de alguna manera, ha transformado la forma de percibir la realidad en la mayoría de los hogares en que se instala. Giovanni Sartori bien lo dice, el sujeto transita a paso rápido hacia un estadio de homo videns.

Entre las varias imprecaciones que se le pueden imputar al medio televisivo, una de ellas es la menos socorrida por los analistas del fenómeno mediático, se trata de la supremacía de la imagen sobre el símbolo en la observación de la realidad. Hecho nada deleznable, y es que el hombre ha surcado una travesía marcada por su capacidad de utilizar los símbolos como modo de interacción interpersonal. El individuo es ante todo un ser simbólico, luego es, quizá, racional.

La diferencia más significativa entre este homínido de especie sapiens y otros animales radica en su capacidad simbólica, que lo obliga a relacionarse de maneras singulares con el mundo exterior. El ser humano percibe estímulos más allá de los que le son estrictamente necesarios y se ve en la necesidad de clasificarlos y reducirlos a signos y símbolos que le permiten una estructuración más o menos coherente del universo en que habita. De otro modo su atención se dispersaría y pondría en peligro su propia existencia.

La historia de la relación del hombre con su medio ha sido relatada de varias y diversas maneras, una que atiende al matiz que aquí se intenta resaltar podría ser la siguiente:

Al principio el hombre únicamente estaba en contacto con el objeto, de él se desprendía un halo misterioso e indescifrable, el mundo y las cosas llegaban a los aparatos perceptivos humanos de formas distorsionadas y difusas, además, el contenido de la apropiación sensorial era predominantemente subjetivo. El viejo homo sapiens ideó por fin, ante la incertidumbre, un método para poder asir esos significados que se escapaban a su mera percepción. Dotó a los objetos de un remanente simbólico, los capturó en figuras y así nació la imagen, herramienta primigenia del lenguaje.

La imagen permite que el universo sea asequible para la cognición humana, le confiere una representación universal y la capacidad de ser transmisible en el contacto interpersonal. Sin embargo, la imagen interfiere entre el hombre y los objetos, sustituye al mundo y se convierte en un simulacro. Con el paso del tiempo esta imagen se antepuso a la realidad y la desechó, arrastrando al sujeto al infierno de la idolatría.

Cuando el hombre se rindió ante la imagen, hubo intentos fortuitos por romper con tal ilusión, algunos comenzaron a fragmentar la pantalla falaz y la acomodaron en patrones discernibles, convirtieron los símbolos en signos y así creyeron controlar el poder mágico de los ídolos. Tal es el proceso de génesis de la escritura. Con el texto nació a su vez la capacidad de crear conceptos y categorías, el acomodamiento de la realidad fue entonces más claro y organizado, no obstante este hecho no acercó al hombre a los objetos, sino que lo alejo aun más.

Desde entonces existió un proceso dialéctico entre la imagen y el texto, pues mientras el texto transfigura e interpreta las imágenes, éstas funcionan como el material a través del cual lo escrito es viable de imaginarse.

Paulatinamente se suscitó de nuevo un riesgo, pues si la escritura concibe un mundo inteligible, obstruye el paso entre las imágenes y el hombre y las banaliza. Pronto, el individuo creyó interactuar con el mundo por medio de los textos y estos se impusieron como la efigie primera de la realidad. En cuanto el hombre dejó de lado las imágenes y se abdicó a los textos, los mismos desistieron de ser imaginables y surgió así la textolatría.

Para saldar esa carencia de imagen, la perdida de la imaginación, se construyó entonces una referencia técnica al texto, una forma de representación de lo escrito que lo reificará. Aparece entonces la imagen técnica, aquella que tiene por origen un aparato, es decir, la aplicación de un texto científico al mundo inteligible.

Nos encontramos ahora en el dominio de las imágenes técnicas, desde la fotografía hasta el video de alta definición, pero las imágenes de tal tipo no atrapan tampoco a la realidad, al contrario se apartan de ella pues su universo implícito es el de los conceptos, ellas significan textos y no objetos primarios.

Tal es una breve paráfrasis de la historia que podemos encontrar en el trabajo de Vilém Flusser. A partir de lo tratado se puede corroborar que las nuevas imágenes aunque parecen ser nítidas y ciertas no son más que abstracciones de grado superior a las imágenes primitivas y a los textos. Alejan al hombre del contacto con el mundo, lo engañan y le presentan un nuevo cosmos transfigurado y simple.



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