julio 12, 2007

Elefante




Hablar en contra de la violencia en nuestra época es ya un cliché, admoniciones y predicas en contra de la agresión y de la muerte pueblan los legajos desgastados por el uso constante. Mientras tanto, el verdadero valor de la violencia ha sido poco explorado, y los pocos que lo han hecho han sido recibidos con indiferencia. La verdad es que también la masacre común en nuestra sociedad es envuelta por la apatía. Vivimos en tiempos en que la violencia ha perdido su uso ritual, su contacto con lo divino y se ha convertido en un pasatiempo soft de la cultura posmoderna.

Así, hay quienes satanizan la agresión desmedida y quienes ni siquiera piensan en ella. Entre los primeros podemos contar como ejemplo el documental de Michael Moore, pues viene al caso, sobre el asesinato múltiple en la secundaria de Columbine. En dicho documental Moore satiriza los juicios de quienes defienden el libre uso de armas, quienes a su vez utilizan argumentos que rayan en lo ridículo. En ese esfuerzo Moore pierde mucha coherencia, olvida que el uso de las armas no sólo es por mera diversión, sino también funciona como un medio de regulación del poder, en un país tan tendiente a la oligarquía como los Estados Unidos la prohibición de armas para uso civil conllevaría la total sumisión del pueblo ante los grandes poderes que sustentan a ese imperio comercial. Olvida, por otra parte, un lado oculto del asesinato, la belleza.

Quien no olvida ese último detalle es Gus Van Sant, mismo que en su película de nombre Elefante retrata desde una óptica muy diferente a la de Moore los sucesos ocurridos en Columbine. Es muy popular esa antigua parábola de origen presuntamente budista, presuntamente sufi. Aquí la transcribo como la transmite la tradición sufi y que en ella se atribuye a Muhammed Jalal al-Din Rumi, la parábola de los seis sabios.


Seis hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un elefante. Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: «Ya veo, es como una pared». El segundo, palpando el colmillo, gritó: «Esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza». El tercero tocó la trompa retorcida y gritó: «¡Dios me libre! El elefante es como una serpiente». El cuarto extendió su mano hasta la rodilla, palpó en torno y dijo: «Está claro, el elefante, es como un árbol». El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: «Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico». El sexto, quien tocó la oscilante cola acotó: «El elefante es muy parecido a una soga». Y así, los sabios discutían largo y tendido, cada uno excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque parcialmente en lo cierto, estaban todos equivocados.

Van Sant describe en su película una criatura igual de ambigua que el elefante ante los ciegos, un fenómeno que no se conforma con ser una totalidad uniforme sino que se estructura de tal manera que muchos matices emergen del hecho narrado, con significados también múltiples. Por ello el director opta no por la historia simple y lineal, sino por una narración fragmentada con saltos temporales y con un ritmo sosegado y tranquilo.

Actores desconocidos dan vida a los estudiantes de la preparatoria y las tomas, largas y lentas, cuya perspectiva es la de un observador pasivo y sin juicio, acompañan a dichos actores a través de las actividades representadas. La vida cotidiana es sencilla y sin emoción, las complejidades, si las hay, son las propias de la juventud, que no son pocas. En este aspecto del drama se asiste también a otra característica que llama mucho la atención, la soledad, pues si bien los amigos están a la vuelta del pasillo, una chica esperando a un chico, los adultos que creen que pueden enseñar algo, no hay un resquicio de empatia, sólo palabras que se entrecruzan, miradas, roces, pero la soledad predomina en el trato de estos individuos. Nada más cercano a la vida real.

No hay opinión, no hay alarde de moralismo, el hecho central se intuye más o menos a la mitad del filme. La única diferencia entre los futuros asesinos y los demás estudiantes son una o dos circunstancias, algunas actividades particulares y cierto desprecio latente. “Lo importante es divertirse” se dicen uno a otro, y es que lo sagrado se ha tornado fuente de diversión, hasta lo lúdico ya no se plantea en su aspecto trascendental. A las personas les repugna el sacrificio ritual de otros pueblos, no se dan cuenta de que ese repudio ocasiona que la civilización lleve acabo sacrificios semejantes pero sin tener control de ellos.

La película en cuestión no da sermones, ya se dijo, se dedica al contrario a narrar los hechos precedentes; no importan las causas que desencadenan los sucesos sangrientos, es un día hermoso y el otoño desprende las hojas de los árboles, lo que sucederá apenas será importante para algunas personas, el universo no se empobrecerá ni se enriquecerá siquiera un poco. Columbine es una piedra lanzada en el océano. Por otro lado esto es incierto, pues cabe la posibilidad de que todo esté conectado. Desde tal punto de vista cualquier cosa es semejante en sus repercusiones, el movimiento de una mano es análogo al colapso de una estrella, Columbine entonces no seria más importante que cualquier otro hecho, “Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas” decía Withman.

Por lo tanto, cada acto retratado en la película tiene importancia primordial, la masacre apenas es otro eslabón en la cadena del día. En eso radica la belleza de la película, en mostrar un universo en que todo es igual de irrelevante (o relevante dependiendo de cómo se desee observar).

Paisajes claros, tomas poco ortodoxas, una narración heteróclita dan estructura a esta película, y desatan con ello una reflexión profunda sobre la vida humana, diferente a las que nos tienen acostumbrados los noticiarios. La crítica se ve superada por la contemplación pasiva, verdadero instrumento del saber, y un camino de hojas estivales desaparece para dar paso a un cielo verdoso, lleno de nubes; la violencia nunca fue tan esplendida.



2 comentarios:

  1. stavrogin3:20 p.m.

    Es curioso. Tu reseña me pareció de una excelencia casi insultante. Un texto brillante, muy bien escrito, claro, profundo, cristalino. Y sin embargo, no coincido en absoluto en el juicio de la película.

    Creo que Elefante pudo haber sido exactamente lo que has descrito. Cuestión bien distinta es que lo sea.

    Valoro la ruptura de la estructura lineal, recurso gastadísimo y sobado hasta la náusea, heredero de la peor novela clásica y del teatro burgués decimonónico (presentación, nudo y desenlace).

    También valoro que pretenda huir de dogmatismos, sentencias lapidarias, efectismos. Me gusta su manera de mostrar la soledad, la incomunicación, el aislamiento, el extrañamiento. Están muy logradas las imágenes de los pasillos de la escuela como metáfora del corredor de la muerte.

    Pero, insisto, no me pareció en absoluto una gran película. El acercamiento al problema de la violencia es plano, gélido, de manual. Provisto de un manual de Teoría de la Estética Cinematográfica, el amigo Van Sant hace una apuesta mucho más conformista y estereotipada de lo que pueda parecer en un principio. Huye de la estructura lineal, pero cae en el academicismo más aburrido.

    Sin pretenderlo, le salió un film conformista con el canon del cineasta indie. Al igual que Todd Solondz, Gus Van Sant es más habilidoso dándole al público indie lo que quiere ver que acercándose a la vida misma. No es de extrañar que esta película haya sido considerado como de "culto" -para variar- por el universo indie. Quizás haya que verla con gafas de pasta.

    PD: Por cierto, me encantó tu teoría "barata" (sic) sobre mi retiro bloguero. Creo que diste exactamente en el clavo...

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  2. Eso suele pasar, un hecho mismo tiene tantos matices como ojos lo observen, como ves a mi en lo particular me agrado sobre todo el tono ínfimo, sosegado, la frialdad y el desapego del tema, pero esto es a causa de mis ideas, y es que creo que la única posición saludable ante la existencia es la apatía de la contemplación.

    Saludos y espero regreses pronto.

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