julio 04, 2007

Intencionalidad




La palabra intención tiene su raíz etimológica en el término intentio procedente del latín, el cual significa tender hacia algo. En la escolástica este concepto era usado para designar la dirección intrínseca de todo acto de conciencia, pues todo pensamiento estaba, así se proponía, ligado irremediablemente a un fin que le proporcionaba una orientación concreta.

Este concepto vuelve a aparecer en la filosofía de Franz Brentano y posteriormente en la de Edmund Husserl, padre de la fenomenología. Para esta última doctrina constituye la sustancia principal en la que los presupuestos fenomenológicos habrán de fincarse, pues la intencionalidad proporciona el pretexto para que las diferentes reducciones del método puedan llevarse a acabo.

Señalada como una característica fundamental de la conciencia, la intencionalidad se explica bajo los términos de la disposición del pensamiento. La conciencia siempre ha de ser conciencia de algo, inclinada constantemente hacia un objeto de referencia, por lo cual todo conocimiento es dueño de una intención, es decir, el entendimiento es siempre conocimiento de un objeto.

La fenomenología se designa como ciencia de los fenómenos, ya que el hecho de que la conciencia tenga una intención reduce su campo de acción a únicamente lo que aparece ante ella. Todo aquello que no sea fenómeno queda descartado del campo perceptual del acto de entendimiento.

No existe, por lo tanto, una conciencia desligada, todo acto corresponde a un objeto, el pensamiento no se ha de concebir como un proceso puro porque en su forma primaria ya contiene al ente al que hace referencia.

Dicha entidad tampoco tiene una sustancia real, es sobre todo una cosa fenoménica. Su realidad es posible solamente en la conciencia. Por esta característica, se infiere que si la conciencia es percepción de algo, también ese algo existe en función de quien percibe, el objeto concurre meramente para el sujeto y nunca por sí mismo.

Así que se intuye un proceso reciproco entre la conciencia y el objeto, pues si la conciencia tiende al objeto, el objeto existe únicamente frente al ser conciente, por lo que ambos resultan ilusorios si se conciben separados. Los dos conceptos funcionan de tal manera que sus acciones son siempre interacciones y ante esta verdad se puede añadir que su individualidad conceptual resulta inconcebible.

Cualquier acto, entonces, es un acto con orientación específica, amar conlleva al objeto amado, ver a lo visto, vivir a lo vivido. Por lo cual la intencionalidad define la acción en proceso, o lo que podríamos denominar la vivencia. Precisamente la vivencia es la única forma de existencia, pues la dinámica del ser conciente es, valga la redundancia, una dinámica persistente. El movimiento es la realidad invariable de los seres, la transformación sucede sin contratiempos, pues el universo es perceptiblemente mutable.

Cuando un sujeto observa al mundo, por generalizar, se crean dos fenómenos semejantes en aquel acto, uno es el mundo objetivo y otro el mundo subjetivo, los dos son igual de irreales, no se puede saber nada de ellos, lo único que los liga es la inmanente intencionalidad, ella les da sentido y coherencia. Por esto se puede señalar que lo único trascendente del hecho descrito es el proceso que une ambas imágenes, acción que se define por la vivencia, es decir, el hombre observando el mundo no es otra cosas que el hombre en el mundo. Además, si la conciencia presupone al objeto, se deduce que el mundo y la conciencia son uno mismo, y lo que es más, la conciencia es ya el mundo.

Husserl distingue así dos conceptos en el acto de la intencionalidad, uno es la nóesis, que se refiere a una intelección en sentido activo, al acto de conciencia por sí mismo o el entendimiento en un momento primario. El otro concepto es el nóema, el cual es la noción en estado pasivo, representa, por ello, al objeto que da sentido y contenido a la vivencia del ser conciente. Ambos, nóesis y nóema, son, gracias a la intencionalidad, inseparables; también son, por así decirlo, la unidad de la vivencia.

Por último, cabe precisar que si bien es cierto que la conciencia contiene al mundo no es menos verdadero que el mundo contiene a la conciencia, esta paradoja abriga un solución implícita, y es que ni el mundo ni la conciencia existen por sí mismos, únicamente tienen sentido en la acción que lo une, en el proceso intencional que les proporciona significación. Para Husserl la manera de llegar a esta fase de entendimiento de los fenómenos es a través del método fenomenológico trascendental, es decir, la reducción constante de las barreras que anteceden a la esencia del fenómeno. Así a través de una epojé y una reducción eidética se puede llegar a la unidad de la conciencia, la etapa en donde nóema y nóesis aparecen inseparables y en donde el sujeto trascendental se hace real.


4 comentarios:

  1. Stavrogin10:43 a.m.

    He leído este texto con mucho interés. Como prueba bastará con decirte que lo he impreso y he subrayado algunas afirmaciones.

    Sin embargo, me sigue quedando una duda que nunca logré resolver a propósito de la fenomenología, y que quizás fue el motivo por el que nunca me interesé demasiado por este -digamos- método.

    Así que te formulo esa misma duda a ti: ¿Qué nos ofrece la fenomenología que no nos diera la dialéctica? ¿En qué supone un paso adelante?

    Un saludo

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  2. Para serte sincero nunca me lo había preguntado, y no lo había hecho porque nunca me he adentrado profundamente a estos temas. Pero creo que ambos sólo son, digamos, caminos que desembocan en un mismo objetivo, el ser total. El camino de la dialéctica, la de Hegel al menos, trascurre a través de la realización del fenómeno, la lucha de contrarios lleva a éste a la perfección que supone el límite de tal lucha. La fenomenología por otro lado plantea una senda diferente, alude a la reducción del fenómeno para llegar a la esencia, otro nombre del ser total. Así que mientras uno exalta al fenómeno, el otro lo desgasta, mientras uno se dirige al final, otro lo hace al inicio, pero principio y fin son el mismo punto, por ello no podría decir que método es mejor que el otro.

    Saludos.

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  3. Es apasionante el estudio del ser!
    Me intereso mucho el texto que publicaste, me parece bastante acertado el hilo conductor que estudia la fenomenologia en el pensamiento y el objeto. Como bien vos decis creo que la dialectica desgasta al ser, lo describe en una postura inmanente frente al universo. Pero hay algo que me queda picando todas las cosas incluso el pensamiento tienden a algo? o es que existe la posibilidad de que las cosas tengan su fin en si mismas...!
    creo que esas son las preguntas que abarcan mis dudas existenciales.
    Saludos.

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  4. Gran pregunta, lo digo por el número de implicaciones que tiene, veamos si se puede tratar desde un solo punto, intentemos que sea éste la filosofía de Parmenides. La vía de la verdad dice que el ser es y que el no ser no es, esta vía se refiere al ser como esencia, como sabes que el ser sea y que el no ser no sea conlleva que el ser no es dinámico, ni divisible, y por lo tanto no tiende a nada, pues si lo hiciera dejaría de ser. Esta es una gran polémica, para Parmenides el ser es su propio fin, por lo tanto la plenitud es perfecta. Pero lo que vemos nosotros es un mundo dinámico, pues transitamos en la vía de la opinión (doxa). En esta vía el ser puede no ser y el no ser puede llegar a ser, este es nuestro mundo y aquí todo tiende a algo pues la intención surge de lo que es imperfecto, de aquello que busca completarse.

    Así que podríamos decir, brevemente, que hay dos niveles de existencia al menos, uno en que el ser es absoluto y uno donde el ser se ha fragmentado. El mundo que experimentamos es la sombra del que es pleno, en nuestro nivel todo tiende a algo, en el nivel de lo absoluto el ser no tiende a nada, pues la nada no existe, sólo puede tender a sí mismo. Aquí ya empiezan los problemas, pues porqué lo perfecto se degrada a ser existente, porqué el pleroma deviene en criatura, la respuesta es desconocida al menos para mi.

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