noviembre 19, 2007

Fragmentos de un paseo por la noche




Aquella noche la luna se alzaba gris y deprimente, pero al menos el cielo estaba nublado, ninguna estrella de la oscura bóveda podía opacar, con su luz, la tímida intención de la angustia por hacerse presente en su rostro, que pocos minutos atrás parecía imperturbable. Saco del bolsillo un cigarrillo y fumo de manera torpe, era notorio que no era un hábito en él, pero al menos eso mitigaba sus nervios avispados, las lagrimas latentes y un mareo que comenzaba a ser notoriamente molesto.

Creyó recordar un párrafo antiguo de algún libro lóbrego y olvidado: “Los rostros se juntan en la fatídica faz del espejo, nunca vuelven a ser los mismos, ya el espanto los ha observado con su mirada imborrable, ya la sorpresa ha jugado con el tenue contorno de su figura. Ahí está un ser que nunca habías conocido, y ese ser eres tu mismo, así comienza el horror inconmensurable, la agonía del acercamiento; tu también eres un objeto hasta para ti mismo”. Le pareció que el adjetivo “antiguo” de su reflexión estaba mal colocado, un párrafo no puede ser antiguo, tal vez el libro lo sea, pero no lo era. Así su insensata disquisición lo llevo a los limites de un lenguaje que nunca había comprendido, de una lengua que lo hacia parecer un extraño ante sí, ¡eso era, el lenguaje también era un espejo en el que su ser se reflejaba patéticamente!

Mascullaba una filosofía torpe, una falaz enseñanza, una apología de la nimiedad del mundo, se decía a sí mismo que lo real era un engaño, un producto de no se que argucia de algún demiurgo demente. No estaba lejos de la verdad, pero no estaba seguro de la presencia de ese demonio creador, podría existir fuera de su alcance, podría tener una multitud de facetas, podría incluso no existir o era posible que el demiurgo fuera el mismo y el mundo derruido que contemplaba no consistiera más que en la proyección su propia alma.

Los pasos, mientras tanto, eran lentos y acompasados, como los de quien se apresura a no llegar, como el que cree que el tiempo lo persigue y trata de jugarle una mala pasada. Los charcos mojaban cada pisada y el agua subía casi imperceptiblemente por la orilla del pantalón, salpicaba y se extendía a lo largo de la acera, jugaba con la brisa y se apresuraba a desaparecer en alguna otra liquidez. Aquella ávida humedad y aquel desganado movimiento resultaban en una exangüe visión, como un barco presa de la rémora.

El viento, en aquel momento, soplaba débil, y traía aromas espesos, que le hablaban de la densidad de la ciudad en que se encontraba y de la opacidad de sus habitantes, aunque no había razón para esto último. Tomo un autobús y no puso atención a los detalles, su egoísmo lo ocupaba demasiado, poco tiempo después bajo y le pareció no haber recorrido gran trecho, las calles eran de nuevo iguales.

La lluvia caía sin remedio, de forma tan leve que él no se daba cuenta, su cabello húmedo lo delataba, había caminado mucho tiempo entre calles frías y aceras solitarias, las horas pasaban rápidamente pero aun el silencio no se imponía. Sus pensamientos no le abandonaban, se confundía, musitaba, abstraído en temas absurdos, delirantes, se evadía así de la urbe que lo agobiaba, del peso de ser un andante, escapaba o creía escapar de la mísera tarea de existir.



2 comentarios:

  1. Mas que agradable ese sitio ! me gusta la tematica del blog. sigue asi !!
    saludosss

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  2. Gracias, espero poder seguir, aunque cada vez me cuesta más trabajo.
    Saludos.

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