octubre 06, 2008

De nuevo los caballos de Abdera





Los caballos de Abdera, de Felipe Lugones, es uno de mis relatos favoritos, por su estilo y por las múltiples interpretaciones que nos sugiere su lectura. Hace tiempo se esbozo en este blog una de esas interpretaciones, en ella el tema central era la antropomorfización y la perdida de la alteridad, se insinúo, o se quiso insinuar, que la perdida de la conciencia del otro crea situaciones insalvables y que sólo el regreso violento del semejante (Heracles en tal caso) podía poner remedio a tal situación.

Aquel ensayo partía de un hecho externo, el hombre ante su prójimo. Ahora podríamos hablar del mismo tema pero a un nivel más profundo, y para ello habrá que abocarnos a un espacio que nos lo permita, es decir, al ámbito meramente individual.

Si consideramos el carácter bestial de los caballos no será difícil atribuirles un papel simbólico bastante común, es decir, los caballos corresponden a las pulsiones primarias e instintos que el aparato psíquico ha heredado a través de su filogénesis. Estas formas corresponden a las necesidades básicas que cualquier organismo contiene, son acaso los patrones instintivos claves para la supervivencia del mismo. Dichas formas ponen en contacto al ser con los estados precedentes de su evolución y son las base epigenica de sus más recientes características psico-biológicas.

En una sociedad como la nuestra, la pervivencia de tales formas instintivas es un asunto delicado, y es que a través de las generaciones la acomodación social las ha convertido en elementos prescindibles e incluso en el ámbito moral su naturaleza ha sido obnubilada hasta casi el olvido.

Para las reglas sociales y los limites morales, tales pulsiones constituyen un peligro fehaciente, pues su esfera corresponde a las heteróclitas energías del inconciente, se alimentan así del caos y de la oscuridad, encontrándose en antagonismo con el orden y la luminosidad del universo conciente que, por cierto, estructura todo el espacio institucional. Habría que agregar que este fenómeno no es del todo definido, hay una división ambigua entre estas topografías, lo inconciente y lo conciente, no sabemos donde empieza una y termina la otra y regularmente comparten las actividad sobre los sujetos, y aun así lo conciente no es sino una manifestación del inconciente, Jung los comparaba con una isla y el océano entero.

En el cuento, los caballos, como en la realidad, son domados y es admirada su elegancia y obediencia, pero el contacto con lo humano pronto se convierte en autonomía para los equinos. Sucesos extraños comienzan a advenir anunciando así el cambio tremendo que es desatado por la negación a la llamada del hombre por parte de los animales. La cosa social se caracteriza, en nuestro caso por la represión de estos instintos básicos, porque lo social requiere de la abdicación de energías hacia el aparato de control. El problema surge en la utilización de los mecanismos de defensa para tal propósito. El hombre es despojado, por medio de la represión y la sublimación, de las energías primarias que lo forman y que si bien son destructivas en cierto contexto en otro son altamente creativas, no hay una moral implícita en estas fuerzas, su existencia esta más allá de toda ética conocida.

E ahí el contratiempo, pues una vez que estas fuerzas proteicas son limitadas, también su aporte es menguado. Esto se observa claramente en el difícil acceso que el ser humano tiene a su esfera sentimental, pues este campo se alimenta de tales energías. Así, el sujeto pronto va restringiendo el contacto con su vida intrapsiquica, viviendo bajo un ego deformado y conducido por ideales que no le corresponden, su verdadero yo queda entonces desterrado de su atención. De ahí la angustia existencial, pues no hay manera plausible de existencia cuando ésta es una mascara de una existencia profunda a la cual el ser humano ya no se atreve a vislumbrar.

Los caballos de Abdera evitan la llamada, los límites sociales, y se disponen a atacar a sus dueños, cual complejos psíquicos; como en el mito, son animales antropófagos, bestias que devoran hombres, destructores del cuerpo conciente que el ser humano, ilusamente, ha erigido como muralla. De esta manera las fuerzas primarias invaden, en cierto momento, los campos llanos del mundo racional, alimentadas por la potencia ilimitada del universo inconciente, se aprestan a romper las murallas que el hombre ha erigido para confinarlas. Neurosis y psicosis no son sino grados que miden el estado de la invasión, pues el complejo del yo sucumbe ante los complejos reprimidos, como en una especie de posesión, un despliegue de fuerzas que íntimamente el ser teme.

Realmente este estado no es propiamente una invasión sino un reapropiamiento, ya que la energía busca constantemente el equilibrio del organismo y trascurrir a través de él por ramales misteriosos e indudablemente ciertos. Por eso es debido insistir en el hecho de que no hay complejo que poseamos, al contrario ellos nos poseen. La vida anímica ha de vivirse siempre con sumisión.

Al borde del destino infausto, con casi todo terreno perdido, a lo lejos, se escucha el cruento retumbar de una fuerza invencible, y no se sabe exactamente si es un salvador o una amenaza mayor. Heracles, en el mundo mitológico, corresponde sin duda a una figura cuyas particularidades lo hicieron sumamente atrayente, la fuerza tremenda, la ascendencia divina y sobre todo una furia bélica tan intensa que desembocaría trágicamente en la locura. Todo esto, la ebriedad y la fatalidad de la vida de Heracles, convierten a la figura mítica en una forma demasiado cercana a lo humano, pues acaso el hombre sabe, profundamente, que la fortuna mueve hilos que le son desconocidos, y que únicamente cuenta con su valor y temeridad para surcar el periplo que siempre le aguarda.

La fuerza de Heracles proviene de un cúmulo de energía hostil que demanda una fuga, de ahí la ebriedad y el descontrol. Y es que en todo proceso de reapropiamento la aspereza del espacio no puede ser asimilada serenamente, ante la demasiada represión es necesaria una fuerza igual de potente, es imprescindible por ello el uso dirigido de los sentimientos negativos, y nunca su negación.

La aparición de Heracles no es, como pudiera parecer, una derrota, y por tanto la negación, de los instintos básicos. Él no vence a los equinos, los reemplaza y de alguna manera los asimila en su propio ser, éstos retornan a un lugar prístino que les corresponde quizá como origen: el mar que como antes se dijo es comparable simbólicamente con el inconciente.

Ante una fuerza caótica el orden y la razón tienen poco que hacer, sus dominios se cierran en su pequeñez, no soportan la realidad más allá de sus muros endebles. Hace falta un momento capaz de canalizar toda esa energía mordaz; entre esta forma y la caótica no hay mayor diferencia que la sumisión, en una se lucha contra un dios omnipotente, en la otra el ser dimite su voluntad ante él.

Heracles o los caballos de Abdera es la dicotomía que se plantea en el cuento de Lugones, ambos representan vías plausibles de acción, acaso alguna es más terrible que otra, pero ambas desembocan en lugares similares. En la vida del hombre esto se traduce en la constante antinomia entre la represión o la sumisión, entre luchar vanamente por mantener una libertad ilusoria o entre dejarse conducir por una potencia más grande que el individuo, el mundo actual responde a la primera opción y sin embargo sufre cada vez por su elección, y los caballos de Abdera cada vez están más cerca.




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