diciembre 29, 2010

El Sueño


Por: Alejandro Chavarria Rojo


Si se despertara ese rey te apagarías como una vela.

Lewis Carroll, A través del espejo



El tema de los sueños es verdaderamente intrigante, sobre todo para el hombre moderno que inmerso en su fantasía de racionalidad, presencia, en los sueños, una dimensión que se escapa a su entendimiento, a su lógica lineal y fragmentaria. El hombre moderno no entiende los sueños, y sufre porque quisiera hacerlo, pero tampoco se entiende a sí mismo; ha perdido la capacidad de dialogar con sus sueños, así como ha perdido la capacidad de dialogar con otros hombres.

El lenguaje de los sueños es confuso e indeterminado, desesperación de los racionalistas. Pero es impalpable sólo porque se ha olvidado la sustancia esencial de la que provienen y la función a la que sirven.

Jung relata que al trabajar con los sueños es importante utilizar sólo el material visible, lo manifiesto del sueño, él dice: “Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él”. Es importante, para Jung, insistir en el objeto del análisis, y cada vez que el paciente se desentiende del mismo, es preciso urgirle “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”

¿Qué dice el sueño? En la cotidianeidad del hombre hay cosas que su entendimiento no alcanza a vislumbrar, fenómenos que atraviesan su halo perceptivo e impactan en una zona regida por la incertidumbre, para estos casos el sujeto utiliza el lenguaje simbólico, multivoco por definición. El símbolo es un elemento condensador, en el se destilan múltiples significados, facetas extrañas y variadas; un símbolo siempre es más de lo que parece, es una totalidad que encierra totalidades. Y precisamente los sueños componen su mensaje con estos elementos alegóricos, pues lo simbólico abarca situaciones que no son alcanzadas por lo simples signos, a los que tanto se ha acostumbrado el ser humano.

El lenguaje común se forma por signos preestablecidos, univocos, que sirven de estructura consensual para la comunicación. Pero hay dimensiones que escapan este lenguaje, hay cosas que no es posible atrapar en palabras, y si bien es cierto que nuestro mundo está limitado por el lenguaje, a la manera de Wittgenstein, formamos parte de un cosmos que trasciende este límite consensual. Para acceder a este mundo los lenguajes alegóricos, las símbolos, son la principal herramienta, y los sueños son el canal por el que los mismos trascurren.

Tal dimensión actúa irremediablemente de forma velada, pues nuestra visión nos limita, pero su función, al menos la que podemos imaginar, es de importancia primaria para el hombre. Otras culturas sabían que el universo era una ilusión solamente, y la trataban como tal, no caían en el error común de nuestra época de tratar la realidad como si existiera. Para algunos pueblos el sueño no era diferente a la vigilia, y así un hombre cazaba un león en sueños y podía estar seguro que todo había sucedido realmente. La mayoría de los sueños no eran considerados importantes, pero había sueños que contenían una profusión de símbolos tal que se creía eran de suma importancia para toda la tribu o pueblo, estos eran “sueños grandes”.

El Eclesiástico (XXIV, 1-6) nos advierte sobre la vanidad de los sueños, a menos que estos provengan de Dios, así Daniel pudo descifrar los sueños de Nabuconodosor y José los del faraón. Pero Dios también presento mensajes, algunos grandes otros convenientes, a sus siervos, los sueños de Salomón, de Jacob y de Mardoqueo son muestra de ello. Los mensajes y advertencias en el transito de los héroes en la mitología y los cuentos son dados a través del proceso onírico en que se sumen.

Por ello se dice que el papel de los sueños es el de proporcionar estabilidad a la psique del soñante. Jung afirma que “La función principal de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico”. Esto constituye la función compensadora de los sueños, aquella que deriva en la búsqueda constante de homeostasis a nivel psíquico. Dicha compensación responde a la excesiva prioridad que el sujeto imprime en las conductas y patrones de comportamiento de su vida cotidiana, a los modelos rígidos de su perspectiva y al sobredesarrollo de la función primaria de su personalidad.

También es importante resaltar que los sueños emanan del inconciente, así como lo hace cualquier objeto del entorno. Por ello el lenguaje de los sueños carece de temporalidad y espacialidad restringidas, ya que el inconciente, como si de un En soph se tratara, es perfecto en su estructura, infinito y eterno, características que pertenecen a las deidades caóticas. Y ya que los contenidos del sueño son por tanto de índole psicoide ni siquiera se puede afirmar que es posible contactar el estado onírico, en cambio lo que se nos presenta es la manifestación del mismo, pero en un nivel más o menos discernible.

Por el hecho de que el contenido del sueño es inextricable, lo que se presenta es la intención del sueño filtrado a través de la historia personal y de, en ocasiones, cierta simbología latente en el inconciente colectivo. Jung recomendaba “Aprendan todo cuanto puedan acerca del simbolismo; luego, olviden todo cuando estén analizando un sueño”. Ningún simbolismo proveniente de la esfera onírica ha de ser tomado, por lo tanto, como algo separado del individuo, por eso la exégesis más ardua es la que supone la experiencia personal del sujeto analizado.

El propósito de los sueños no conoce límite, su energía es tanta que el conciente tiene que hacer grandes esfuerzos para evadir el mensaje que proporciona, pero ésta es una empresa inútil, los sueños siempre acaban por revelarse. La palabra ángel deriva del latín ángelus que a su vez tiene raíces griegas (ángelos), y significa mensajero, semejante significado tiene en hebreo la palabra mal’ak. Un ángel es un mensajero de Dios. Por lo que podemos decir que un sueño es un mensajero de un dios omnipotente y omnisapiente que acaso nos habita y nos trasciende. “No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano sino más bien una bocanada de naturaleza” afirmaba Jung.

Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, decía Shakespeare, y Dunne conjeturaba que al soñar entrábamos en contacto con el trozo de eternidad que nos correspondía (aunque trozo y eternidad son conceptos excluyentes), ambas noticias son referidas por Borges. En la película del género anime Páprika del director Satoshi Kon, se relata cómo un experimento con los sueños desata las energías del inconciente colectivo, y cómo estas terminan por tergiversar incluso el mundo real. La protagonista tiene un alter ego en el mundo onírico y su nombre es Páprika, justo en el clímax se desarrolla una conversación en la que la protagonista insta a Páprika a que acate inapelablemente sus ordenes, ella argumenta que su representación onírica es parte de ella misma y tiene que obedecerla, entonces Páprika responde interrogando “¿No has pensado alguna vez que quizá tú eres una parte mía?”.

De similar forma es la curiosa experiencia que alguna vez tuvo Jung. Él soñó que estaba frente una casa de oración, su posición era la del loto, en aquel momento advirtió que muy cerca se encontraba un yogui envuelto por la paz de la meditación. Se acerco, observo el rostro del hombre y horrorizado vio que era su propio rostro, despertó y pensó: “es él el que medita; ha soñado y soy yo su sueño. Cuando despierte, ya no existiré”.

Prodigamos la confusión de los sueños, y estos son quizás demasiado claros, alardeamos de su banalidad y sin embargo son más significativos que el mundo real, y vivimos como si estos fueran un desecho de la vida en vigilia, e ignoramos así que los sueños son la sustancia de la que somos reflejo. Pero los sueños no nos ignoran y siempre están hablando, su mensaje es fuerte y a veces demasiado atronador. La razón no los abarca pues todo intento de subyugarlos termina en el fracaso, conviene entonces acercarse a los sueños con paso cauteloso, con oídos abiertos y con una esperanza humilde, pues hacer caso de los sueños es tarea necesaria de quien emprende el camino de la trascendencia.


Octubre del 2007

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