noviembre 30, 2020

¿LA LUCHA CON O CONTRA LA SOMBRA?: UNA REFLEXIÓN PSICOLÓGICA DE UN TEXTO DE C. G. JUNG





Por: Alejandro Chavarria Rojo


En su conferencia de 1946 La Lucha con la Sombra, Jung (2001) reflexiona sobre el problema de la sombra ante el hecho de la Alemania derrotada por los países aliados, lo hace desde una posición que se podría denominar médica, pues diagnostica un problema grave en la Europa Occidental, que es el de la psicopatología de las masas” (Jung, 2001, p. 209). Con este término Jung engloba un fenómeno psicológico que sugiere la incidencia, de forma directa, de la psique individual en la psique colectiva, de tal manera que concluye, con premura, que la psicopatología de las masas tiene sus raíces en la psicología del individuo” (Jung, 2001, p. 209). 


En el transcurso de su texto Jung muestra como la dinámica psíquica expresa cotidianamente una función compensatoria donde los factores conscientes son contravenidos por aquello no reconocido en este plano, tornándose así en una deficiencia que ha de compensarse, como una suerte de mecanismo hemostático que mantiene regulada la estructura psíquica. Al factor compensadora Jung lo llama La Sombra”.


Así, se da pie a un programa que intenta explicar el nacimiento del Tercer Reich y la sumisión y el entusiasmo del pueblo alemán ante la figura de Adolf Hitler, lo cual se puede resumir en la conjunción de una economía deplorable, una educación servil al estado, la derrota sufrida en la primera guerra mundial y la emergencia de símbolos de orden como búsqueda de un equilibrio colectivo. Dichos factores, según Jung, degeneraron en el culto a la figura del Führer, quien encarnaba la sombra de esa búsqueda de orden y renacimiento que prometía su liderazgo.


A su vez, Jung compara esta situación con la que el pueblo suizo, de su época, vive, donde los conflictos son experimentados de manera interna y donde la violencia se dirige hacia ellos mismos, como una forma de ejemplificar una vía de asunción, aunque incompleta, de lo rechazado.


Una vez dicho esto, es necesario preguntarse si el esquema junguiano se corresponde con las intuiciones que le dan forma, es decir, si en este texto Jung es fiel al núcleo eidético que le proporciona sentido a lo que se despliega en él. Sería muy sencillo describir los argumentos que Jung ofrece y luego trasladarlos a nuestra época y advertir así de los problemas con la sombra que actualmente son evidentes, pero ser junguiano no significa convertir en letra muerta lo que se ha intuido, sino permanecer fiel a la vida misma que se abre ante el lector y que exige de él una lectura critica que someta a lo escrito a los rigores del opus alquímico que solo puede ser alcanzado por el trabajo mismo del pensamiento. Se requiere hacer una distinción entre lo que Jung dice y lo que se dice en Jung; en este ejercicio no se puede separar al uno del otro, hay que intentar liberar al espíritu de su contención a través de la reflexión comprometida con los argumentos ofrecidos por el autor, por lo tanto, el esfuerzo tiene dos vertientes, que sin embargo son idénticas, una es la indagación concienzuda de lo dicho por Jung y otro es el trabajo para concentrar las fuerzas de la razón sobre este texto (y solamente este texto) sin intentar amplificarlo o echar mano del exterior para su explicación, a menos que constituyan materiales que ayuden a profundizar más en el tema que subyace. En la medida de lo posible esta empresa supone una visión realmente psicológica de este fenómeno que aquí compete, es decir, el texto, las ideas, el pensador.



¿Medicina o Psicología?


La primera cuestión que surge es el hecho del diagnostico en el trabajo de Jung, lo que se entiende de esta indagación es que el autor, heredero de una tradición médica, utiliza de forma inadvertida un acercamiento alopático para abordar la cuestión que le requiere, ya que su modelo teórico determina primero que hay una enfermedad y después que este padecimiento debe ser resuelto con una contra-sustancia que remedie el desequilibrio. Se puede rastrear el origen de este modelo hasta la antigua concepción de pecado donde quien comete una falta contra el Dios no lo daña a él, sino a sí mismo, ya que toda falta es un alejamiento del camino de la divinidad, pecar es errar de vía (hamartía), caminar por una senda equivocada, y, por lo tanto, el pecador debe volver a la presencia de Dios con sus actos y con su arrepentimiento. El paradigma médico dominante no es muy distinto, cualquier enfermedad es el resultado de una falta de equilibrio y un alejamiento de la salud, por lo tanto, el enfermo debe resarcirse, someterse al diagnostico del medico y tomar su medicina, es decir la nueva forma del cuerpo de Cristo, la hostia de la edad moderna.


Esta observación no pretende desacreditar la visión médica, sino resaltar que es una óptica y no un dogma, ni una fatalidad, sino una de las diversas formas en las que el alma invierte su reflexión sobre sí misma. El psicólogo, tendría que pensar si esta idea dominante es adecuada para atender a los fenómenos psicológicos y someterla a la prueba del quehacer teórico, que es la profundización de las estructuras lógicas que la sustentan. De forma lamentable, la psicología académica ha sucumbido al deseo de ser reconocida como una ciencia médica, traicionando su propia naturaleza anímica y sustentando sus presupuestos en disciplinas externas tales como la biología, las neurociencias, la política y, por supuesto, las ciencias de la salud; así ha dejado de ser psicológica, para poder adecuarse a los objetivos del mercado profesional.


La visión médica a diferencia de la psicológica es causalista, ante una serie de eventos cuya sintomatología se definen como enfermedad, el profesional ha de indagar el origen del trastorno, su conocimiento consiste en entender como una cadena de eventos deriva en la formación patológica. La gripe, por ejemplo, es causada por un virus, que en su ciclo vital, traspasa la membrana celular del huésped e inicia su reproducción a través de la replicación de su ARN en el núcleo de la célula receptora, entonces se forman nuevas capsides que vuelven a iniciar el ciclo una vez que se ha llegado a la etapa de la lisis. El medico, entiende que hay un elemento desencadenante y que éste mismo proporciona la clave para intervenir en el proceso y curar o al menos paliar los síntomas.


En la psicología se ha intentado durante décadas trasladar la visión medica al entendimiento de los trastornos psicológicos, por ejemplo, con el concepto de trauma, que implica la aparición de un suceso detonante al que sobreviene una serie de reacciones que se configuran como una psicopatología. Si bien, es cierto que el trauma como explicación está en desuso, la lógica que constituye el suelo de la que nace tal termino es más vigente que nunca. Hoy, ya no se buscan los factores traumáticos, sino los defectos orgánicos, los desequilibrios hormonales, las causas histopatológicas en la estructura cerebral y su desarrollo. El paradigma médico en psicología es tan vigente cuando se busca el origen de una psicopatología en el mapa neurológico, como cuando se rastrea hacia los sucesos de la infancia o de algún punto determinado de la vida del sujeto.


Sin embargo, es difícil, sino imposible, decir cómo se sucede un evento de otro en el campo de lo psicológico porque a diferencia del terreno médico, la psique vuelve complejo todo hecho. Por ello, es problemático hablar de causalidad en el ámbito de la psicología, pues un suceso puede desembocar en muchas vertientes y un mismo remedio se vuelve un veneno en otras circunstancias. La vida del alma es incierta y no puede ser reducida a una concatenación lineal de eventos. Esta complejidad tendría que obligar al psicólogo a pensar en la validez de términos como salud” y enfermedad” en el área de estudio que le compete.


En el texto de Jung, él está muy seguro de que hay un desarrollo psicopatológico y que pudo haber sido prevenido e incluso sienta las bases de un posible remedio en el caso de que se repitiera el escenario que dio origen a la Segunda Guerra Mundial. Esta actitud es anti-psicológica puesto que supone, desde un punto de vista causalista, que los fenómenos psicológicos pueden ser reducidos de tal manera que el simple estudio de los elementos básicos sirva para determinar su estructura psicológica. Pero, un verdadero análisis psicológico no sabe de antemano cuál es la intención del fenómeno, ni siquiera puede adelantarse a su teleología, la aspiración más profunda del profesional tendría que ser aprender de aquello que se presenta en el momento en que sucede. Estar frente al fenómeno implica guardar fidelidad a su desenvolvimiento. Empero, si ya hay una idea clara sobre el origen, el desarrollo y la vía de mejora, se ha impuesto una visión, es decir, una idea sobre la propia idea del fenómeno, se ha dejado de amarlo tal cual es para intentar, aunque sea en la imaginación, moldearlo como se cree que debería de ser.


Si los alemanes pudieran haber confrontado a su sombra, si ésta hubiera sido dirigida hacia el interior y no hacia lo exterior, si se hubieran vuelto conscientes de los símbolos de orden emergentes, todas estas posibilidades existen como visiones aledañas, pero el fenómeno no fue una posibilidad sino un hecho y como tal la pregunta psicológica no debería ser ¿cómo haberlo prevenido? Sino ¿cuál es la estructura psicológica del mismo? Aquello que se presenta no necesita corrección ni guía, es una inflación del ego pensar que se puede saber la dirección de los fenómenos.


La Confusión de lo Individual y lo Colectivo


Esta inflación egóica es la que lleva a Jung a pensar la relación entre lo individual y lo colectivo de la manera en que lo hace. En su texto expresa de forma categórica la relación entre el alma individual y los sucesos colectivos, aludiendo a que la única forma de influir en éstos es a través del rescate de la psique de los sujetos; ante esta asociación se podría creer que hay cierta unión sutil entre ambas esferas de la existencia, después de todo lo colectivo no es sino la suma de individualidades, por lo cual resulta de sentido común pensar que si los individuos cambian este mismo cambio desembocará en el nivel de lo colectivo. Tal hipótesis es propia de la época moderna ante el desmedido énfasis en la libertad y el poder de las personas; como nunca antes esta era se ha volcado en la búsqueda de la afirmación del individuo, en la impostación del significado personal y en la construcción de ideologías que doten de fantasías de poderío al sujeto. La cultura de la autoayuda es muestra fiel del esfuerzo predominante por ensalzar la visión del ego, un esfuerzo continuo para agrandar la importancia personal con afirmaciones banales e intrascendentes que usan grandes palabras con el objetivo de afirmar justamente lo contrario a lo que expresan. El edicto junguiano de que la salvación del mundo depende de la salvación del alma individual es una formación temprana de esa lógica que determina a la época actual.


Cuando un elemento es demasiado enfático en su aparición se puede conjeturar que un complejo se trasluce en la figura pletórica y se alza la pregunta de si la expresión grandilocuente del sujeto ¿no es sino el reverso de una impotencia primordial que se ha hecho patente en lo que se podría llamar el narcisismo de la sociedad occidental contemporánea? Es notorio como una rama del análisis sociológico ha dado pasos importantes en la indagación de la entronización de la visión egóica, donde el individuo busca con afán pretextos que le permitan sentirse importante. Desde los viajes místicos y chamánicos de los consumidores de enteógenos hasta los cursos de coaching empresarial o la astrología psicológica, una misma lógica atraviesa tales situaciones, la idea inflexible de que el individuo es y debe ser relevante.


Pero ¿porqué el individuo debería ser relevante? ¿no es la psicología profunda, como lo declaraba Freud, un esfuerzo más en el derribo del narcisismo del hombre? Ciertamente la psicología, y sobre todo la psicología profunda, se ha erigido sobre ese supuesto, no obstante, su asiento metodológico ha sido y es el individuo, el sujeto empírico del que todo análisis parte. Por ello, Jung puede decir que el sujeto es importante para el fenómeno colectivo, pues está sosteniendo, sin percatarse, la lógica de la época moderna y el propósito implícito de la psicología actual: la inflación del hombre ante la caída de los ídolos que lo sostenían.


Cuando Nietzsche dijo que “Dios ha muerto", hablaba tras de él el espíritu de la época que afirmaba con tal sentencia que el hombre había nacido de su contención metafísica para poder sostenerse con pies propios. Dios, la lógica que representaba, no era ya una hipótesis necesaria. Pero la cultura, cual mecanismo de defensa, se volcó en la construcción de ídolos sustitutos que permitieran que el hombre pudiera, neuróticamente, sentir que su vida aún es significativa, es decir, se instituyo la posibilidad de vivir en el encierro en un conjunto de ideas que pudieran servir como confinamiento y protección contra la verdad de la muerte de Dios. Si bien las grandes palabras y los ideales fueron dejados atrás por el alma, el dolor de la separación y el miedo a esta desnudez lógica fueron subterfugios para que el hombre trocara las viejas ideas por novedosos sistemas de creencias, entre ellos el más extendido es la psicología.  


Pero, la vaciedad de significado no es aquello que se debe remediar, sino el contexto de la búsqueda del mismo, el remedio en realidad es la afirmación de lo inevitable, de aquello que la psicología neurótica busca afanosamente obliterar, el hecho de que el hombre está solo frente al mundo y ante sí mismo, sin padres primordiales que lo sostengan. Muestra de ello es la crueldad y el horror tal como los experimentados en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, conflictos que mostraron de manera fehaciente que los valores morales ya no eran un eje valido, que no se puede entender la realidad bajo el auspicio de los mismos; el bien no produce bien, ni el mal degenera en mal necesariamente, lo que estos conflictos trajeron a la consciencia es el enorme peso y complejidad de la existencia, además de la negación de la causalidad como paradigma epistemológico.


Lo anteriormente dicho tiene una naturaleza distinta al diagnóstico médico de Jung sobre el conflicto armado, no hay una moral ni principios éticos que defender, ni una idea implícita de lo que es bueno o lo que es malo, sino el simple apego al fenómeno presente. Si acaso se hablara de una norma o un proceder ético, estos vendrían no del análisis sino de aquello que se analiza, es el Otro quien marca la pauta, no aquel que estudia el hecho. El psicólogo no se afana a la curación, sino al entendimiento del fenómeno en sus propios términos, en cómo el fenómeno se puede entender desde su propia vida lógica.


La Segunda Guerra Mundial, la masacre, el horror también tienen un telos pero no se encuentra en lo que las personas quieren o lo que de ello les incumbe, como fenómenos autónomos su objetivo está fincado en ellos mismos, por lo cual no es posible proclamar una regla externa para medirlos, ni desear que sean distintos de lo que ya son. Sin embargo, Jung desea que haya un remedio, que haya una forma distinta de abordar la situación presente; la sombra debe ser tratada de forma diferente, dirigirla hacia uno mismo, integrarla, pero no la sombra como un fenómeno lógico, sino la sombra personalizada, vuelta en una propiedad del sujeto, reducida a una faceta de lo personal. De esta manera se logra el propósito de dotar al individuo de un aura numinosa que le provee de importancia personal y permite la confusión de lo individual con lo colectivo.


Lo colectivo es de hecho la suma de las individualidades, pero su dinámica no proviene de los que hagan o dejen de hacer los sujetos, la dualidad inherente no pertenece al orden de la positividad sino al ámbito de lo negativo. Es el espíritu, el alma, la vida lógica la que determina el contexto de los sucesos históricos, las personas son empujadas hacia catástrofes, conflictos bélicos, descubrimientos y creaciones grandiosas, pero ello no es determinado por quienes lo hacen. Por ejemplo, en la vida de los grandes hombres, regularmente hay un momento de iluminación, en donde el sujeto sabe (pero éste saber es intuido) que su propósito está ya estipulado, su tarea, por tanto, no es la de dotarse de un significado sino la de ser fiel a ese mandato primero. No hay una búsqueda de la individuación, pues ésta ya se ha cumplido, sino un trabajo constante por estar a la altura de los que ya se es. Tal contexto, tampoco es estipulado por una entidad o una entelequia, es simplemente la lógica de la historia, la conjunción de las ideas pensándose a sí mismas en los sucesos meramente humanos, cuyo reflejo es lo que Jung denominada la personalidad total. Por lo tanto, lo individual y lo colectivo pertenecen al mismo orden, no hay diferencia fehaciente en su estructura, lo realmente relevante sucede en la lógica que sostiene a ambas configuraciones, esta lógica es la unidad de la unidad y la diferencia de lo colectivo y lo individual, pero no es ninguno de los dos sino una sombra que se cierne sobre ambos.


Una Psicología de (y desde) la Sombra 


Si el contexto lógico de la existencia es aquello que determina la vida del sujeto empírico y a las categorías a través de las cuales es capaz de pensar en la realidad, esto da pie a la cuestión de ¿qué es la sombra en este contexto?, pues se entiende que la visión común de la misma en la psicología junguiana alude al campo de la positividad; la sombra individual y la sombra colectiva no son sino la imagen del sentido común de un fenómeno que tiene sus raíces en el pensamiento. 


En el sistema junguiano la sombra representa aquellas características que no son aceptadas por la consciencia, en particular por el yo publico (la persona) que determina su imagen por medio de la relación con el ámbito social. La sombra es lo moralmente no aceptado y no solo lo contrapuesto a la moral imperante, también las facetas virtuosas pueden ser relegadas a la sombra si se contraponen a la imagen del sujeto de acuerdo a su colocación publica, a su ideal del yo. Por ello, la asimilación de la sombra resulta necesaria, pues contiene elementos que se han separado de la consciencia y su integración trae como resultado un aumento de la unidad psíquica, un afianzamiento de su estructura. 


Todo ello resulta muy apropiado para la vida cotidiana, se está ante el edicto de hacer las paces con el enemigo. En los tiempos actuales, en donde la otredad es un factor cada vez más escaso, el encuentro con la sombra resulta muy necesario, incluso prioritario, pues permite asimilar facetas de la vida psíquica que comúnmente son proyectadas en el medio externo. La sombra es lo propio, lo que pertenece al fuero interno, pero que es proyectado. Empero, como elemento psicológico, habría que hacer un paréntesis e intentar pensar este concepto sin el sesgo moral, pues como se ha dicho la psicología requiere permanecer con el fenómeno sin imponer una norma externa y la moral no es sino la norma por excelencia de la organización social, una medida consensuada y adaptada al momento histórico-social. Es decir, en la psicología el elemento de análisis deber ser previo al juicio moral imperante. 


Se impone entonces la necesidad de pensar sobre lo que ya se cree sabido, por ejemplo: ¿La sombra debería integrarse inexorablemente?, y si fuera así ¿porqué tendría que hacerlo en el campo del individuo, siendo éste tan limitado? En el esquema junguiano el psiquismo es una característica humana y aunque toma en cuenta factores transpersonales, todo parte y desemboca en el individuo. Pero el objeto de la psicología es el alma y ésta se encuentra mayormente fuera del hombre es el contexto al cual responde, pero él no es la respuesta, ni quien enuncia la pregunta, es simplemente quien atiende o no al llamado, un a exclamación que ni siquiera está dirigida al individuo, sino al alma misma. 


Para la psicología la sombra es importante no como una propiedad del inconsciente del individuo o de su psiquismo, es decir para su desarrollo y recreación; la sombra es relevante como la lógica inherente en el momento en que el alma se identifica a sí misma como sombra y lo que ello significa para sí misma en un momento particular. Para entender este punto se puede se puede acudir a una narración donde la sombra tenga un papel relevante, pero no evidente, por ejemplo, el libro del Génesis.


En la Torá (2007), Cuando Elokim crea a Adam, lo hace a partir de su propia sombra, es decir de su imagen y semejanza (la palabra imagen” en hebreo se dice tzelem” y sombra tzel”). A su vez, para que esta criatura fuera completa, capaz de crear, hizo caer sobre él un sueño profundo y de su sombra (tzel) creo a una compañera llamada Ishá (costado” se dice tzelem” en hebreo, nuevamente ahí está contenida la palabra para sombra). Elokim les conmina a comer de todo fruto excepto de los arboles interiores, el de la vida y el del bien y del mal. Más tarde, Ishá es tentada por la serpiente y convida a Adam del fruto del árbol del conocimiento, entonces ambos se descubren desnudos.


¿Qué padre no sabe que la prohibición acarrea la falta?, pareciera ser que Elokim desea, secretamente, que ambos coman, pero no puede darles el fruto por sí mismo, sería muy sencillo, tiene que haber una negativa terrible de por medio; entonces la serpiente, que más tarde será la personificación del primer hijo de Dios, es decir, su primera sombra, los tienta y guía a la sombra del hombre a ser consciente de sí misma. Es entonces cuando el hombre nace a la desnudez. Liberados de la protección del padre celestial se cubren con la última herencia de su creador y parten al mundo y a la muerte, el alma entonces baja a la tierra, sé encarna, para seguirse conociendo.


El alma se libera de su contención en la naturaleza, pero sólo a través su acción sobre ella logra conocerse de mejor manera, esto tendrá que ser repetido una y otra vez en el transcurso de la historia. En este devenir, la sombra juega un papel primario pues ella representa la separación, es decir la contradicción inherente al fenómeno, que permite su distanciamiento de sí mismo o el movimiento dialéctico. Eh ahí la función de la sombra, despojada de la moralina en Jung, la sombra no es el mal, ni aquello que compensa; la sombra es el momento de la contradicción del alma consigo misma.


La sombra es el espíritu de contradicción, pero éste no es externo al fenómeno es aquello que se presenta en el mismo fenómeno y que constituye la nueva dimensión de su lógica interna, es el momento de ruptura consigo mismo. En este sentido, la integración de la sombra no es la llegada de un otro fuera de uno, sino el momento del surgimiento de la consciencia de la separación y de la unidad de la unidad y la separación.


Si la sombra es el proceso autónomo de separación, del rompimiento del alma consigo misma, la consciencia de esa fractura se llama en la época moderna El Nihilismo, el cambio profundo de los valores que daban sostén a la cultura moderna. Ciertamente la incertidumbre de la transvaloración de los valores causa temor y angustia, pero el psicólogo no puede acobardarse ante la emergencia del vacío, al contrario, sabe que esto implica una transformación ante la cual el pensador debe procurar estar a la altura sin acobardarse.


Los hechos terribles de la historia, son solo tremendos para los que los experimentan, pero al igual que una inundación o un deslave son tragedias para sus víctimas, no es posible olvidar que en sí mismos no tienen un significado más allá de su aparición, es la tierra en su dinámica continua que se transforma de manera constante, sin otro propósito que el cambio en sí mismo. El alma, como vida lógica, conserva ese ímpetu autónomo pero su transformación no es positiva sino negativa, pura negación; precisamente algunos momentos de la historia pueden estar imbuidos de esta fuerza negativa, lógica, que los vuelve una forma del pensamiento y una nueva manera de existencia, tal como la vida biológica pero ya sublada el acaecer de la consciencia. En ese mundo relativamente nuevo, el de la consciencia, es donde mora la sombra.


Cuando Jung esboza un diagnostico esto declara una preconcepción del fenómeno, un enunciado moral que se antepone al hecho histórico, lo cual vuelve su abordaje anti-psicológico, pues no respeta la vida propia del fenómeno, sino que pretende que éste podría y debería ser distinto. Tal deseo es muy normal ante la barbarie y el horror y cualquiera podría tener la esperanza de actuar médicamente ante lo terrible, cualquiera excepto el psicólogo.


El psicólogo estudia el alma y en principio esto conlleva que lo que aprende viene de aquello que se estudia en el mismo acto de investigar, no hay un tema resuelto, ni sabe lo que es el fenómeno, en caso contrario no habría porque darse a la tarea de la reflexión, seria mejor quedarse en el terreno seguro de lo conocido y desde ahí moldear lo que ya se conoce de antemano, ese tipo de saber, vallado, se denomina ideología. Pero el fenómeno psicológico es fugaz e indeterminado, como el Mercurius alquímico, cuando el adepto cree tenerlo éste ya se ha escapado. Realmente la única manera de poder atraparlo es en la liberación misma.


Jung no libera al espíritu embotellado, lo mantiene encerrado en conceptos que lo contienen y no permiten su fluidez; el inconsciente, la sombra, la compensación, son cierres que pretenden mantener hermético al fenómeno, pero el fenómeno se cierra desde adentro, pues constituye su propia interioridad. Desde un punto de vista psicológico la Segunda Guerra Mundial debió suceder, la ascensión y la caída del Tercer Reich fueron necesarios y la incontrolable emergencia de la sombra en la Alemania nazi fue un proceso inevitable. En tanto el psicólogo mantiene al frente el carácter de inexorabilidad del fenómeno es como su quehacer puede permanecer en el terreno agreste de la psicología.


La sombra no es aquello que Jung pretende que sea notado y asimilado en el hecho histórico analizado, sino que verdaderamente es la pérdida de la inocencia del alma ante la masacre y el terror de una guerra que terminó con la ilusión de la diferencia entre el bien y el mal; desde entonces es imposible tomarse en serio estos términos sin caer en un romanticismo decimonónico, ya que el horizonte ha sido borrado con una esponja y la tierra fue desatada de su sol y ya se ha disuelto la diferencia entre arriba y abajo. 


El texto de Jung, que aquí se ha reflexionado, es un ejemplo de la lucha en contra de la sombra, es decir, de la necesidad del pensador por no asumir el propósito intrínseco del quebrantamiento del alma moderna, inflando la figura del individuo de tal manera que pareciera que pudiera sostener la curación de la escisión propia del alma moderna, como si el sujeto pudiera cargar en su hombros al espíritu de la época; tal ensanchamiento fantasioso de las capacidades del hombre es la estrategia principal en esta lucha contra la sombra, pero al final la confrontación no es sino un escape neurótico de la realidad presente, un choque en el ámbito de lo positivo para evadir al huésped poco deseado, la verdad del fenómeno presente. 


La relación del psicólogo con la sombra no debería ser una lucha para evitarla, sino un trabajo continuo de integración en el campo que verdaderamente le corresponde, esta continuidad indica un proceso interminable, que se repite una y otra vez en el afrontamiento del fenómeno presente, pues la psicología es la disciplina que se construye a sí misma siempre y nuevamente. La sombra le recuerda al psicólogo la dinámica dialéctica inherente a todo fenómeno psicológico, y el hecho de que el alma es la unidad de la unidad y la diferencia consigo misma, en su naturaleza de negatividad lógica. Por ello, la integración de la sombra no es una meta que alcanzar sino el presupuesto de todo quehacer psicológico. La psicología solo puede ser hecha por, y desde, la sombra que se cierne sobre la consciencia.



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