noviembre 24, 2005

Ante el fin de las instituciones (Cuarta y última parte)


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A esta vindicación del ocaso institucional, queda un punto de importancia presente en nuestra era informática: el desgaste del aparato político, su ridiculización hasta el cansancio, la videopolitica.

Giovanni Sartori acuña este termino (videopolitica) para designar “uno de los múltiples aspectos del poder del video: su incidencia en los procesos políticos, y con ello una radical transformación de cómo “ser políticos” y de cómo “gestionar la política.”

Con esto Sartori hace referencia al poder que tiene la imagen como creadora de “verdades”, la imagen no pregunta, responde, no intuye, demuestra y por lo tanto el papel que juega en la formación de opinión resulta catastrófico. De acuerdo a esta idea la televisión es un medio enajénante no por su contenido sino por su forma que invierte los patrones cognitivos y los deteriora.

Sartori supone que las personas ante la violencia de la imagen, resultan fácilmente propensas al convencimiento mordaz. Así que el estado pide participación ciudadana a una ciudadanía que esta en una fase pocos niveles sobre lo vegetativo, que ignora la situación que le envuelve, que creerá cualquier cosa que se le diga por la televisión.

La videopolitica cunde los espacios informativos, debates televisados que utilizan falacias increíblemente ingenuas, procesos legales que se resuelven en las pantallas, los “chismes” de las figuras públicas, la sátira de los funcionarios. Toda esa mofa se lleva a cabo con un propósito claro, desinformar al ciudadano, lo que menos importa es su participación conciente, con su participación “como sea” basta.

Cuando lo político se vuelve un espectáculo, entonces resulta bastante risible que se pida confianza en las instituciones. No hay que sorprenderse entonces de los altos índices de abstencionismo en las casillas, de cualquier manera tal vez haya un abstencionismo funcional aun mayor en los que asisten a elecciones.

Ante esas condiciones el demos se debilita enormemente. Dice Sartori “Democracia quiere decir, literalmente, “poder del pueblo”, es decir, mando y soberanía del pueblo, pero cuando ese pueblo es manipulado por las instituciones entonces sin duda hay un problema. Vivimos en la era de la información, sin embargo información no es lo mismo que conocimiento. Información es solo un conjunto de datos teóricos que enriquecen el recipiente memorístico, en cambio conocimiento es la utilización práctica y competente de esa información, su acomodamiento coherente de modo que se vuelva útil.

Lamentablemente la acción técnica de la información es lo único que cuenta para nuestra cultura y eso, inevitablemente, hunde a las masas en el anonimato y en la desidia cognitiva, convirtiéndose no en masas participativas o en actores de su historia como querría Alain Touraine, sino que se convierten en una forma social ignara, con el peso de la saturante comunicación a cuestas, teniendo cada día mas información y conociendo cada vez menos el contexto en el que se encuentran.

Ante esta barbarie del sentido ¿Cómo alguien puede tener confianza en las instituciones? ¿Cómo las nuevas generaciones pueden tener tolerancia ante tanta ineptitud, ante tanta violencia?

Una objeción a las ideas antes mencionadas podría ser la diferencia entre las culturas de las que hablan estos autores aquí manejados y la cultura mexicana, que es de por si nuestro contexto. Podríamos decir que no se viven los mismos acontecimientos y que la evolución del primer y del tercer mundo es diferente.

El tercer mundo aun no ve todo lo que la modernidad puede ofrecerle, para mal o para bien, pero no hay que olvidar afirmaciones como las de Vattimo cuando propone “el termino postmodernismo sigue teniendo un sentido [y] este sentido esta ligado al hecho de que la sociedad en que vivimos es una sociedad de la comunicación generalizada, la sociedad de los medios de comunicación” Vivimos en un sociedad global, en una aldea global decía McLuhan, no podemos creer aun que nuestra pequeña nación es un islote en medio de un mundo que se transforma a la par, quizás no de manera equitativa, eso es patente, pero si hay una constante y es el movimiento globalizador, el demonio de la economía y de la aculturación como colonización. Nuestros medios son los de un país en vísperas de la modernidad, pero nuestros valores giran en torno de la posmodernidad, cuando el mundo caiga, caeremos junto con el, cuando las instituciones se quebranten también nuestras instituciones colapsaran.

Sin duda alguna estamos en la situación de los postsocial, las instituciones se desmoronan por causa del poder corruptor que no pudieron dominar y la credibilidad de ellas, por parte de las nuevas generaciones, es casi nula. Durante mucho tiempo controlaron el poder y reprimieron al individuo, con un fin social claro, pero ahora el individuo oscila entre la sucesión de lo mismo y entre la necesidad de transformación, y en este ultimo punto el impedimento mas grande resulta ser la cultura basada en estas instituciones ya decimonónicas. Los aparatos de justicia, de política, de economía, incluso la instituciones básicas como la religión y la familia caen ante el peso de las deformaciones históricas de lo que se ha llamado posmodernidad, aquí y en cada parte del mundo, puesto que los ítems de las culturas son equiparadas por el espíritu de la democracia y la globalización.

Las instituciones mueren, por lo menos como las conocemos, pero es importante que sean destruidas, porque la transición es inevitable y el dolo viene de la resistencia al cambio de los organismos sociales. La modernidad llega a su ocaso y surge una nueva era en donde la humanidad probara suerte, no será un tiempo diferente, sino sucesión de lo acaecido, con nuevos agentes socializadores, nuevas leyes de coerción, y nadie llorara las viejas formas, porque ya nadie les confiere importancia.

La confianza de los jóvenes, las nuevas generaciones, en las instituciones es mínima. Y es que la relación individuo e instituciones siempre será áspera, por todas las implicaciones que la socialización significa para el sujeto. La horda nunca aceptara al padre de buena manera.

Sin ningún titubeo podemos decir que en esta etapa histórica las instituciones mueren de forma trágica, su despojos yertos se encuentran en cada esquina del territorio social, y sucumben porque ese es su destino.

Ahora, si algo tiene que morir debe alegrarnos que así sea, y si las instituciones caen entonces es deber nuestro mantenerlas en el sitio a donde pertenecen, han cumplido con su función, bien o mal, y nos han dado la oportunidad de una nueva reorganización de lo cultural, debemos aprender de sus errores y después dejarlas a su suerte, a su agonía final, porque al fin y al cabo nada es tan aberrante como la convivencia entre los vivos y los muertos.

noviembre 21, 2005

Ante el fin de las instituciones (Tercera parte)


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En la novela “El Proceso” de Franz Kafka, el protagonista llamado simplemente Joseph K. es un hombre solitario, abrupto, sumamente orgulloso, y sin padre. La novela muestra una alegoría de lo que Kafka hace notar en su “Carta al padre”, la desconfianza, el recelo hacia las figuras de autoridad. La institución que supone la ley, abate todo su misterioso poder sobre el desprevenido K. y este acaba muerto puesto que la absurdidad, que le parece (y que a todos nos parece), es algo con lo que nadie le enseño a enfrentarse. La única figura paterna de K. es su tío, que aparece retratado de forma patética, como es retratada toda institución que esta cerca del individuo actual.

Robert Bly menciona que:

Cuando el trabajo administrativo y la revolución informática comenzaron a dominar, el nexo padre-hijo se desintegro. Si el padre habita la casa sólo por una o dos horas en la noche, la escala de valores femeninos, maravillosos como es, será la única escala en casa. Se podría decir que un padre pierde a su hijo cinco minutos después de haber nacido.

El joven que crece sin padre, tiende a demonizarlo. Esta es una reacción natural del ser humano ante lo desconocido. Cualquier nueva situación pone en riesgo la cotidianidad del aparato psíquico, cualquier cambio tiende al desequilibrio de este, y lo que busca el mismo es la seguridad. Consecuencias de nuestra pobre gama de instintos.

Entonces un padre que no esta, resulta muy sospechoso. Si el niño no conoce a su padre o lo ve muy poco, la vacuidad creada por esta ausencia será llenada por muchos demonios que provocaran un rencor profundo en contra de la figura paterna.

Cuando la suspicacia es tan extrema, cuando el vínculo es tan débil, los jóvenes tienden a destruir lo creado por el padre, porque es malo, porque fue creado por ese ser malvado que supone la ausencia con la que crecieron. “Cuando un hijo actúa a través del miedo a lo demoníaco se transforma en un ser chato, banal, aislado, seco” hace notar Bly, porque la psique se aferra a esas tempranas percepciones que llegan a constituir un terreno sedimentoso, pero conocido.

¿Qué tiene que ver este fenómeno, de la ausencia del padre, con la sociedad y sus instituciones? Tiene que ver todo. Como diría Borges el orden inferior es un espejo del orden superior. Este temor, odio y desconfianza que inspira la figura paterna en las jóvenes generaciones es el resultado de la transición simbólica que hay entre instituciones sociales y padre, ambos cumplen el mismo papel, ambos son derivados de la misma función.

Si los jóvenes sospechan oscuridad en la figura del padre, es porque la figura falica por excelencia ha obrado de manera destructiva, y si por mucho tiempo se había sostenido en la esperanza y en la condenación del antiguo régimen, ahora la nostalgia del pasado, la nostalgia de lo materno derrumba fácilmente todo el aparato formado para unir al hombre en sociedad.

Volvamos a la hipótesis Freudiana de que a favor de la razón se ha sacrificado la fuerza instintiva por una identidad personal y por un estatuto social. Se parece mucho al ideal de Nietzsche cuando habla sobre lo dionisiaco. El retorno de Dionisos significa que “A pesar del terror y de la piedad, gustamos de la dicha de vivir, no como individuos sino como participantes en la sustancia viva y única que nos engloba a todos en su voluptuosidad, de la cual nace la vida”. Para Nietzsche la única forma de elevarse sobre los valores mundanos, la única forma de terminar con nuestra culpa por haber matado a Dios es detener la preponderancia de Apolo, su ascetismo y sustituirlo por la reinvención de Dionisos que supondría liberar al hombre de sus barreras.

Pero si el hombre queda libre, ¿Qué atrocidades cometería? Por otro lado el hombre nunca ha estado libre, siempre ha estado rodeado de instituciones. Las culturas crean aparatos imaginarios en donde depositan el poder humano y con esto confieren a la sociedad un equilibrio, precario, que permite la subsistencia del ser humano.

El problema es que estamos en una etapa en donde lo social tiembla ante la deserción de las masas. Y aun cabe otra posibilidad, dice Lipovetsky que esta apatía podría ser “su realización extrema [del sistema] como si el capitalismo hubiera de hacer indiferentes a los hombres como lo hizo con las cosas”. No una forma de desocializacion, sino una nueva socialización soft que implica la mínima participación del individuo en las cuestiones institucionales.

De nuevo la maligna institución hace su aparición, siempre dominante, siempre despiadada, pero puesto que lo que dice Lipovestky es una hipótesis solamente, creo que hay que tomar los hechos tal como la cotidianidad nos lo propone y suponer que asistimos mas al ocaso de las instituciones, de los social, que a su apoteosis.

Muestra de ello son los frecuentes enfrentamientos culturales, las guerras religiosas, el terrorismo. El ataque del 11 de Septiembre sorprendió a todo el mundo pero conmovió a muy pocos, y es que no solo fue una afrenta al poder hegemónico de una potencia como lo es Estados Unidos, sino que también simbolizo el principio de la intromisión de los jóvenes al poder del padre inclemente. Lo que algunos llamaron las invasiones bárbaras, son el ataque contra el estado por excelencia (que también es un símbolo del padre) y la reivindicación del poder de los hijos, es decir, todas las naciones marginales. De nuevo la horda esta a punto de cometer el tan ansiado parricidio, de nuevo presenciamos el nacimiento de la civilización. De nuevo Edipo es el destino.

noviembre 17, 2005

Antes de la vacuidad (poema)

Tras el mudo estertor
de la noche cuando llega,
tras la silueta opaca
del silencio cuando emana

sabemos,
sabe el hombre,
que el amor también es una garra

que es una flecha ardiente
que toda carne,
que todo pensamiento inflama

que es una agreste tierra
en donde la muerte clama

que es un lugar mundano
y también una simple palabra.

Tras el sucinto horizonte,
tras la promesa temprana

sabemos,
sabe el hombre,
que después del amor
no queda nada.

noviembre 14, 2005

Ante el fin de las instituciones (Segunda parte)


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Las instituciones funcionan como el vínculo del individuo con lo social, de cierta forma las instituciones son la representación física del poder, por lo tanto sus limitantes son muchas, pero sus alcances también, el miedo que engendran, el repudio, son necesarios para el cumplimiento de las leyes, de los acuerdos y de los edictos por los que transita la socialización.

Pero nunca existirá un acatamiento total de las fuerzas institucionales, el hombre en su interior busca eso que la ley restringe, eso que la iglesia niega, eso que el estado oculta. Busca el poder de ser el mismo, mientras que las instituciones lo que buscan es su normalización, su apariencia, nunca su esencia.

La rebelión contra el padre, que desembocara en el parricidio puede que no sea una constante en el curso de las civilizaciones, aunque podemos observar que si las instituciones están imbuidas de todo ese poder falico representativo de lo masculino, del padre, entonces puede que nuestro destino no sea otro que el de Edipo.

No podemos negar que nuestra civilización occidental se encuentra en un transito peligroso hacia una etapa histórica ulterior al modernismo, y como se dijo anteriormente, la historia esta limitada por el desmoronamiento de sus instituciones, y esto es claro en la historia de nuestra cultura.

Lipovestky observa que:

Aquí como en otras partes el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejercito, la familia, la iglesia, los partidos, etc. ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en ellos ya nadie invierte nada.

Cuando nos enfrentamos a un tiempo en donde el paro es la situación laboral de muchos, en donde la iglesia ha perdido toda credibilidad, en donde la institución de la familia es difusa, en donde el poder es corrupto, en donde el estado es negligente, la credibilidad en las instituciones se ve tremendamente mermada, la generación de jóvenes que actualmente conviven con el organismo institucional desconfían gravemente de él. Siempre han desconfiado pero ahora se revelan abiertamente.

En el 68 se pudo asistir a una singular rebelión de los jóvenes contra “el sistema”. Los temas eran principalmente la discriminación racial, los derechos de las mujeres, el fin de la guerra (de Vietnam). La rebelión término, después de todo no era más que un espectáculo, sin fundamentos firmes, pero dejo atrás una inquietud que aun pervierte a las mentes jóvenes de esta época, las pervierte en el sentido que Baudrillard le da a este término, la perversión de los términos.

Esta inquietud perversa consiste en el quebrantamiento del poder de las instituciones, antes omnipotentes. Ahora se sabe que no son invulnerables, que pueden ser presa de miedo y de destrucción y que deben ser exterminadas, porque nos han fallado, porque no han cumplido con el sueño que prometieron. La paradoja con la que Laplantine antepone la “aculturacion” es que después de esta represión violenta, la cultura promete la felicidad al individuo, sabiendo que esto es imposible.

La modernidad prometió la felicidad y no pudo cumplirla, como era de esperarse. La modernidad solo pudo sustentarse por su oposición al antiguo régimen teocratico, como lo refiere Touraine “La idea de modernidad no obtiene su fuerza de su utopía positiva, la de la construcción de un mundo racional, sino que la obtiene de su función crítica y por consiguiente, solo la conserva mientras persista la resistencia al pasado.”

La idea de modernidad se funda en la descomposición de la antigua organización social basada en Dios, la era medieval basaba sus funciones en la fuerza de lo divino. La modernidad sustituye esta coerción divina por una coerción terrenal, aunque no menos numinosa, que es la ciencia fundada en la racionalidad.

La racionalidad auguraba un futuro utópico, en donde el hombre seria vuelto al paraíso por medio de los avances técnicos, imaginaba un reino de jauja en donde la tecnología dominaría y resolvería los problemas del ser humano. El comunismo, por ejemplo, es esa fase en donde las maquinas harían el trabajo, permitiendo al hombre enfrascarse en problemas puramente espirituales, esta era la respuesta al capitalismo que Marx soñaba.

Como ya se menciono este sueño fallido constituyo una gran depresión para aquellos que habían abdicado su voluntad a un sistema racional en aras de un paraíso prometido. La humanidad vivió una etapa en donde lo que se buscaba era el ascetismo, el compromiso y el sacrificio, una era prometeica que se suponía traería cosas mejores para todos.

El padre que prometía recompensas, a cambio de la obediencia, no cumplió con su parte del trato y los hijos ahora se vuelven contra el, lo desprecian, lo odian hasta la muerte. El sentimiento de parricidio aflora, sobre todo porque el padre solo fue represor, nunca dador. Y es que la única figura que puede ser dadivosa es la madre, pero en este lapso histórico que supone la modernidad, la madre estuvo fuera del juego, aparentemente.

Lo femenino es lo único omnipotente, lo masculino tiene el poder, pero lo femenino imprime la potencia necesaria para el funcionamiento del universo. La época de la razón, que es un atributo masculino, no hubiera podido salir avante, aunque fuera un mínimo tiempo, sino es por su resistencia (inútil) a lo femenino.

Dice Bettelheim: “los hombres han erigido su poder y sus instituciones solo para contrarrestar los poderes originales muy superiores de la mujer” continua diciendo Baudrillard “El motor no es la envidia del pene, al contrario son los celos del hombre de la fecundación de la mujer”, diríamos que de la capacidad creadora de la mujer.

El hombre trato de crear a través de la producción y fallo, y los hombres que resultaron de este intento fallido de creación están intensamente contrariados, no entienden, se encuentran confundidos, llenos de odio, pero sin dirección. Esto pasa desde hace algunas generaciones a la nuestra, y puesto que el padre (las instituciones) sucumbe, los jóvenes maduran sin ejemplo, sin un símbolo masculino que les proporcione una guía apropiada.

noviembre 11, 2005

Ante el fin de las instituciones (Primera parte)


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Cuando la desconfianza del publico, de las nuevas generaciones, en las instituciones que sustentan los procesos de socialización, llega a tan altos niveles como los actuales, cuando el malestar general amenaza los organismos de control político-económico, cuando toda institución, incluso la familia, es puesta en evidencia negativa por la comunidad en general, resulta erróneo indagar acerca de la confianza de las personas en dichas instituciones, es mas conveniente hacer un recuento y aceptar la naturaleza de todo lo imaginario, es decir, su disolución ante la realidad.

Para este propósito es debido pensar que nuestra época solo es una sucesión de aconteceres en un periodo histórico limitado, hay que centrar el problema que trataremos en un momento histórico determinado, pero no sin olvidar sus orígenes, su génesis a través de las imbricaciones fabularías que constituyen lo que llamamos La Historia.

El punto de comparación de nuestra sociedad actual es el periodo inmediato al que esta sucedió, la edad media. El periodo Medieval se conoce por su aludida inclinación a la ignorancia, es un periodo que recordamos por la falta de sensatez, de ideas, de razón. Lo llamamos peyorativamente Oscurantismo e imaginamos su existencia en el tiempo como un velo negro sobre las luces de la razón, que a su término resplandecieron con fuerza.

Nada más falso. El Medioevo debe ser visto como una época en que tal vez el racionalismo no imperaba, pero que era compensado por una imagen orgánica del mundo. Fenómenos como la brujería, lo hacen notar, el ser humano no era un ser fragmentado, sino parte de una unidad que lo sobrepasaba, parte de un todo natural que le daba sentido a su existencia.

Las instituciones que daban peso a esta forma de vida fueron la monarquía, los feudos y la iglesia. Lamentablemente, como ocurre casualmente con el poder, este corrompe lo que este a su alcance, a lo que sea débil de espíritu, y que criatura mas débil de espíritu que el hombre. Las instituciones de alguna manera no pudieron sustentarse de forma correcta y colapsaron, lo cual no significo su fin sino más bien una mutación en sus órdenes previos.

Pero esto no es nuevo, las instituciones van y vienen, esa es su dinámica, podemos conocer los límites de una época por el tiempo entre el auge y el desmoronamiento de sus aparatos públicos. La historia de una cultura es la historia del principio y fin de sus instituciones.

Veamos la importancia de estos organismos. Si aceptamos la hipótesis de Freud que indica que el hombre es en esencia un conjunto de pulsiones que esperan ser satisfechos, entonces debemos admitir que el yo es un medio represor de la esencia humana, al anteponer el principio de realidad al principio de placer también reprime las exigencias inconcientes del sujeto social.

Admitamos que, como dijo Hobbes, homo homini lupus. El hombre es un ser autocomplaciente por naturaleza y necesita para sus supervivencia ciertos medios que pongan limites a su despreciable ambición de narcisismo y de deseo de dominación sobre los objetos.

Dice Laplantine que “toda cultura nace de una paradoja inaudita […] la cultura nos “acultura”, es decir, no enseña a renunciar [y] nos promete lo imposible: la felicidad absoluta y la reconciliación total”

La cultura nace como una herramienta que despoja al individuo de su demanda de amor infinito, de tranquilidad, de paz, de ese sentimiento oceánico del que también hablo Freud, nos despoja de la unión con el símbolo al que siempre trataremos de regresar, la madre. Nos quita todo ese placer con el propósito de poder funcionar correctamente en un medio social preestablecido, nos moldea hasta el punto en que somos capaces de desenvolvernos con semejantes y aportar algo a la supervivencia del sistema institucional.

En esta parte resuena aquella ideación freudiana referente a la “horda primitiva”. Lamento no tener para consulta el libro así que me valdré de un texto de Herbert Marcuse, en cuyo brevísimo estudio previo se hace referencia a esta hipótesis.

Este individuo, el padre, se impuso a los otros, y a fin de garantizar la cohesión de la horda, organizada en la dominación, impuso una serie de restricciones: monopolizo a las mujeres –es decir, el placer- y establecían en consecuencia unos tabúes y unos deberes hacia la comunidad –fundamentalmente el deber del trabajo a fin de satisfacer las necesidades del grupo-. Pero los hijos se rebelaron contra los tabúes que impedían la obtención del placer y contra los deberes penosos; la rebelión culmino con el asesinato del padre, que fue sustituido por el clan fraterno, pero este, a fin de asegurar la cohesión del grupo, mantuvo las prohibiciones, los tabúes que el padre había implantado.

De esta forma nace el super ego y con ello la civilización tal como la conocemos. Marcuse agrega que: “El recuerdo de los impulsos y las acciones prehistóricas sigue persiguiendo a la civilización”.

Así que el conjunto de hermanos comete el ansiado parricidio, pero al ver que no hay control en su horda establece de nuevo los preceptos que el padre había usado para el control social. La culpa es doble, matar a quien se ama, porque ellos amaban al padre después de todo, y después inmortalizar al tirano, porque el padre también era un tirano, de acuerdo con Freud así nace el Tótem.

Vemos entonces que las instituciones son esa continuación del poder tiránico que el padre ejercía, son la imagen simbólica de un padre omnipotente y omnisapiente, que impone reglas para que la sociedad funcione como un órgano coercitivo en un estilo eficiente. Esta es por lo menos la base de todo patriarcado, como lo es nuestra cultura.

noviembre 06, 2005

Epilogo para una historia de caballería

Tiempo después volvió a encontrarse con el mago y la lucha comenzó igual de cruenta que la primera vez, ahora el caballero conocía la ambivalencia y sabia que podía triunfar o perder en cualquier momento, los rayos iluminaron el cielo de nuevo y ya no hubo calma, las espadas también volvieron a sonar como estallidos y la tierra de nuevo crujió al paso de los grandes guerreros, y así la batalla comenzó y esta vez una calma oscura cubría el rostro de ambos contrincantes, satisfacción de ser completos y de conocerse a si mismos, ninguna batalla importaba mas que la propia por el saber, esta vez la lucha termino en estruendos, pero quien gano ya no intereso mas.

noviembre 01, 2005

La injusticia


Pienso en la injusticia del mundo y pienso en Pessoa cuando dice: “Sólo esta libertad nos conceden los dioses: someternos a su dominio por propia voluntad”.

La injusticia es uno de los temas que menos apologías cuenta a su favor, en cambio para su polo opuesto, para su gemelo, la justicia, el lirismo del hombre ha hecho de él ideal del ser humano, el justo medio de Aristóteles por ejemplo, la bofetada en la otra mejilla en los evangelios, luego el ideal de los santos en la edad media, la ciencia y la tecnología, el socialismo con su “a cada quien de acuerdo a su necesidad”, el welfare state, y tantas otras ideas que se me escapan y muchas que no conozco.

Es de notar que en cada idea está impresa la premisa de la justicia, del ser equitativos en la repartición de los bienes (ya sean materiales, espirituales o morales), en una necia búsqueda del equilibrio a base del estatismo.

Pero lo cierto es diferente, en la búsqueda de este equilibrio, en el nombre de la justicia se han provocado los más grandes desastres, las más grandes matanzas, los más horribles episodios en la historia humana. La búsqueda de la justicia como arquetipo de la organización social ha dado como resultado una sociedad decadente, falaz, en donde los valores simplemente son mascaras de sus opuestos, los cuales, en aras de emerger al sol del mundo, han obtenido poder de su rechazo y se han desatado en formas tan viles y cruentas que no podemos imaginar aun las consecuencias de esa exaltación de lo ideal.

Y es que por un lado la justicia nunca podría existir, y si existiera de verdad ya el universo hubiera perecido por la falta de estabilidad en cualquier sistema. La verdadera forma del mundo, su única faz, es de por si la de la injusticia.

La injusticia implica falta de concordancia, ambigüedad, caos absoluto, desintegración y muerte, la injusticia es un mar caótico que engulle todo lo que se encuentre en su superficie, que abarca al universo entero. ¿Y acaso no es evidente que así es el mundo, un mar de caos?

El absurdo dice Camus nace del enfrentamiento de las esperanzas de los hombres con la irracional realidad. Porque en el fondo el hombre busca en el sometimiento de los objetos, su propia abdicación, pero el discurso superficial de sus actos clama por la libertad ilusoria que nunca podrá tener. La vida del hombre es un incesante periplo que lo lleva del Ser al Ser, y esta transformación implica su cosificación, su vuelta al vació del sentido y de la forma, donde su pobre escena lo configura como parte de una increíble totalidad.

Por otro lado, pensar en la injusticia que sufren los demás es una imprudencia porque no podemos saber si la injusticia no volcara su mano en buena fortuna y viceversa, anticiparnos al efecto de la injusticia es velar por un sueño ya pasado. Dice Pessoa en otro poema: “¡Que feliz debe ser quien puede pensar en la infelicidad de los demás! ¡Que estupido si no sabe que la infelicidad de los demás es de ellos¡ Y no se cura desde fuera”

La infelicidad así como la injusticia contienen siempre a su doble y hay una secreta complicidad en el mundo que nos hace intuir que una pequeña gota de felicidad en un lugar y tiempo cualquiera implica también un destello de infelicidad en otro lugar y tiempo complementario. Así como creían algunas sectas heréticas, tal vez la virtud sea en sí una insensatez, un agravio contra un dios, sombra del dios que nos rige.

En ese mismo poema Pessoa continua con otra certeza: “Haber injusticia es como haber muerte, yo nunca daría un paso para alterar aquello que llaman injusticia del mundo. Mil pasos que diera serian sólo mil pasos”

La injusticia, como si fuera un atributo de Dios, tal como su ira, no es un hecho que podamos enfrentar. Por otra parte, la verdad es que el más grande sufrimiento viene de la negación del discurso de lo negativo. Ya Mandeville hablaba sobre el papel de los vicios de una nación en su crecimiento y en El lobo estepario Herman Hesse indica que el hecho de que la burguesía aun con su falta de vitalidad, fuerza y dirección logra sobrevivir es sólo a causa de sus outsiders. Un sistema únicamente se puede sostener a causa de la organización de su propia energía, pero su crecimiento depende de situaciones caóticas, ya sea en su interior o su exterior, que lo obliguen a adaptarse y transformarse.

Las figuras de alteridad sirven para el propósito de mantener un sistema en movimiento, y en momentos de cambio dichas figuras se ven multiplicadas con el fin de que destruyan la organización subsistente en el sistema y la sustituyan por una diferente.

No hay que olvidar que el mundo, en la tradición babilónica, fue creado del caos (Tiamat) a través de su derrota a manos de Marduk, su propio hijo. También Dios (en la Biblia) crea al mundo a partir de las sombras, en el relato bíblico más que crear Dios moldea al mundo a partir del material vacuo.

En la mitología Persa el dios del tiempo crea al mundo en total armonía, pero al sentirse solo desea un hijo que lo acompañe, sin embargo, este hijo nace dividido en dos partes opuestas, Ormuz y Arhiman, uno será el arquetipo del mal y el otro el modelo del bien

El mundo creado a partir de la nada, del caos, de las sombras, es un cosmos en donde el mal ha nacido primero que el bien, y por eso domina el espacio infinito, ir contra él es ir contra la naturaleza del universo.

Por eso lo decadente es tan fascinante, desde las modas agresivas, hasta la literatura obscena. Aclaro en cuanto a la literatura obscena, no es literatura menor, al contrario, y es obscena porque presenta al mundo tal como es y en el proceso lo magnifica, se me ocurren en este momento las obras de Faulkner, de Fante, de Bukowsky, cuyo orden no es coincidencia. El hablar de las clases marginales es un atributo de la literatura de nuestra época, una época victimista y aséptica, eufemística. Empero se muestra claramente el postulado de Hesse, y nos deja ver, al mismo tiempo, que la injusticia y la infelicidad (como su consecuencia) reinan en el inframundo que sostiene nuestra estructura social preponderante.

La injusticia crea el mundo y la justicia es sólo su sombra aciaga, su reflejo imperfecto. Una ilusión de la que el hombre pretende vivir, porque eso es todo lo positivo, simplemente una magia de mago de plazuela, que sin embargo se ha fundido con el imaginario social para convertirse en el ideal.

Debemos, si queremos someternos a la unicidad, aceptar la injusticia del mundo tal como Pessoa acepta que una piedra no sea redonda, debemos aceptar que nunca habrá justicia porque eso seria una aberración para la creación, tan perfecta; en ese momento quizá nuestros demonios quieran hacer comunión con nosotros y entonces, quién sabe, tal vez nos acostumbremos a la parte oscura del mundo.


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