noviembre 28, 2006

La energía y el hombre














En 1906 el psicólogo y filósofo William James pronuncio una conferencia en la que trataba los limites y las capacidades de la energía desplegada por los seres humanos, su tesis principal era que: “El individuo humano habitualmente vive dentro de sus propios límites, posee poderes de varias especies que habitualmente no acierta a usar. Usa su energía por debajo de su máximo [maximum] y actúa por debajo de su "óptimo" [optimum]”

Ordinariamente las personas viven bajo el umbral de sus capacidades fisiológicas y psicológicas, dichas potencialidades solo se hacen patentes cuando el sujeto se enfrenta a situaciones extremosas. En escenarios en donde la fatiga y el desacierto han tornado todo insuperable, algunos reciben, dice James, una segunda carga de energía que los hace parecer tan infatigables como si el cansancio nunca hubiera existido.

Desde 1906 a la fecha los descubrimientos en torno al metabolismo humano han crecido de manera exponencial, pero no dejan de ser sorprendentes la capacidad del ser humano para expandir su acostumbrado ritmo de actividad, hasta niveles inconcebibles.

Regularmente se piensa que los seres vivos existen bajo un constante déficit de energía, nuestra sociedad se organiza de manera que esta escasez sea saldada con la producción y el consumo, no es bien visto que alguien desperdicie su riqueza o su potencia física. Nuestra sociedad es una sociedad basada en la miseria.

Creo, al contrario del paradigma de la miseria, que todo organismo vivo, e incluso no vivo, es dueño de una vasta reserva de energía, en los seres esta energía es utilizada para el crecimiento de su estructura, para la consecución de su forma viable. El impulso vital como forma de voluntad primaria busca propagar su extensión en el espacio, los cuerpos de los diversos seres funcionan como el material a través del cual el elán vital expande sus seudópodos por esa única vía de transito que es la vastedad. Es decir, la energía es la que se expresa a través de las formas, y estas son un mero, pero necesario, pretexto.

El ser humano, como uno de esos pretextos, ha tornado sumamente compleja la forma de desperdiciar la energía que lo excede, a través de la religión, de los deportes, del arte, de la ciencia. Todas las actividades mencionadas, y otras más, cumplen el propósito implícito en los seres de expandir la energía en el espacio. La tecnología por ejemplo trasciende el cuerpo mismo del hombre y lo extiende a lugares imposibles para su original estructura biológica, pero esta artificialidad no deja de pertenecer al cuerpo del hombre, ni a la función de desperdicio.

Sin embargo este exceso de energía contrasta con el problema que se quiere resolver, ¿Por qué si hay tanta energía, esta no es aprovechada por el ser humano en su totalidad o en una forma superior a la cotidiana? La respuesta tal vez este en el necesario proceso de socialización, ya Hobbes decía que a causa de su naturaleza destructiva el hombre se vio forzado a pactar un contrato social que cediera gran parte de su poder a ciertas instituciones que mediaran el proceso político.

La idea de la abdicación de algunos poderes originales se potencio sobre todo en la modernidad, y alcanzo niveles muy altos durante la revolución industrial. La eficacia y el progreso funcionaban como dos objetivos a los cuales era casi imposible llegar sino se reprimía la energía interna del hombre y se proyectaba esta en el trabajo diario. La sociedad industrial baso su funcionamiento en la represión y en la normalización del impulso vital. Nietzsche, Freud y Marx abogaban cada quien a su manera por la futura liberación de las energías de los hombres, consideraban que era la única vía por la cual el ser humano llegaría a ser lo que en realidad era (“el hombre debe ser lo que es”). Tal liberación, sobra decirlo, esta destinada a horrorizar a la sociedad en turno, pues atenta contra su estructura interna basada en la moralidad y en las costumbres aceptadas.

La liberación es lo orgiástico, el desperdicio por excelencia, la revolución ante las normas. Dice James: “…muchos de nosotros encontramos que una actividad excéntrica —por ejemplo una juerga— nos alivia. No hay duda de que para algunos hombres las juergas y los excesos de cualquier tipo son medicinales, en todos los casos temporalmente, a pesar de lo que dicen los moralistas y los médicos.”

En la juerga la condición del gasto se vuelve casi perfecta, los límites decrecen a niveles muy bajos y las conductas irracionales se apoderan del sujeto envuelto en tal actividad, no es de extrañar que la energía liberada por el individuo alivie momentáneamente su condición de oprimido, ni tampoco que ante la singularidad de tal satisfacción caiga pronto en el extremo del vicio.

Hay que mencionar que la actividad excéntrica depende de cada persona, para cada cual hay algo que está fuera de su rango de aceptabilidad, ahí radica su mas grande oportunidad y su mas oscuro deseo.

Por otro lado, aquel que siempre libera su energía es casi tan peligroso como el que nunca lo hace, ambos están en el umbral de sus capacidades, pero en este ultimo, en el que se contiene, el impulso vital aflora destructivamente, se apodera del sujeto y lo posee, de ahí la locura y las enfermedades de civilización. En la sociedad lo contenido también se despliega perversamente y la guerra se vuelve entonces un factor necesario, pues la masacre es el signo máximo del desperdicio en el nivel humano. Los que injurian el proceso de la guerra dejan de ver sus beneficios a largo plazo, la reactivación de la economía, el avance científico y tecnológico, el control de la población, pero también se ciegan ante su causa esencial, la emancipación de la potencia del organismo social.

Si bien es cierto que el horror va implícito en la masacre, también lo es que el horror es en ocasiones el único camino transitable, sobre todo en sociedades que, como la nuestra, se han dedicado preferentemente a la producción y el consumo regulados. Los pueblos antiguos intuían esta necesidad y la satisfacían al llevar a cabo ceremonias y rituales en los que los excesos estaban de por medio, por ejemplo las guerras floridas y los sacrificios en la cultura azteca, los aquelarres y ceremonias de fertilidad en la historia de la vieja Europa, y el ascetismo cristiano, actividades que desgastaban al sujeto hasta la extenuación, pero que mantenían un equilibrio precario en el nivel social.

Por supuesto nuestra cultura también desperdicia, pero lo hace de forma inconciente, no se da cuenta de ello y la energía la devora. Luego de la orgía, viene la calma y después la restauración de las fuerzas; ya que el hombre ha desperdiciado como dicta su naturaleza, la recompensa es un nuevo flujo de energía que le da vigor a su cuerpo y a su mente, pero sin olvidar que esta nueva fuerza deberá ser también liberada, pues todo don ofrecido supone una retribución aun más suntuosa.

noviembre 22, 2006

Cuando el niño era niño...













Leo un libro, y me da un poco de pena decirlo, llamado Volver a la niñez, un material de autoayuda clásico, de aquellos contra los que he arremetido tantas veces. El libro lo escribe John Bradshaw un guru del área del crecimiento personal y todas esas cosas tan sospechosas. El libro esta lleno de fraseología orientada a recuperar la salud emocional del niño interior herido a través de PNL, de meditación y de cuestionamientos acerca de puntos clave de la infancia. A pesar de todo esto hay cosas interesantes, por ejemplo hay un seguimiento de las crisis psicosociales de Erikson, retoma el planteamiento del arquetipo del puer aeternus de Jung y esboza ligeramente planteamientos biológicos acerca de los traumas en las edades tempranas de la infancia. En conclusión es una de esas cosas en donde hay que buscar el oro en la paja, pero así son los gajes del oficio.

Sin embargo ahora que estoy a escasas páginas de terminar el libro, viene a mi mente ese poema que Win Wender y Peter Handke usaron en la película El cielo sobre Berlín, de la cual ya hable un poco hace tiempo.


Cuando el niño era niño…


Cuando el niño era niño
iba con los brazos colgantes
quería que el arroyo fuera rió,
que el rió fuera torrente
y este charco el mar.
Cuando el niño era niño
no sabia que era niño,
todo le parecía animado
y todas las almas eran un todo.

Cuando el niño era niño
no opinaba de nada,
no tenia ningún habito
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
de pronto se echaba a correr,
tenía un remolino en el pelo
y nunca posaba para tomarle una foto.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de estas preguntas
¿por qué yo soy yo y no soy tu?
¿por qué estoy aquí y por que no allá?
¿cuando empezó el tiempo y dónde acaba el espacio?
¿es la vida bajo el sol tan solo un sueño?
lo que veo y oigo y huelo
¿no es solo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿realmente existen el mal y gente que es mala?
¿cómo es posible que yo, que existo
no haya sido antes de existir y que alguna vez yo,
que existo ya no seré quien soy?

Cuando el niño era niño
le costaba tragar las espinacas,
los chicharos, el arroz con leche y la coliflor al vapor
y ahora come todo, no solo por necesidad.

Cuando el niño era niño
alguna vez despertó en una cama extraña
y ahora lo hace seguido.
Muchas personas le parecían bellas
y ahora, solo en ocasiones de suerte.
Se imaginaba claramente un paraíso
y ahora, cuando mucho, lo adivina.
No podía pensar una nada
y hoy se estremece ante ella.

Cuando el niño era niño
jugaba entusiasmado
y ahora se concentra como antes
solo cuando se trata de su trabajo.

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba
una manzana y pan
y así sigue siendo

Cuando el niño era niño
las moras le caían en la mano
como sólo ellas lo hacen
y así sigue siendo.
Las nueces frescas
le escalaban la lengua
y así sigue siendo.
En cada monte ansiaba
el monte mas alto
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aun mayor
y sigue siendo igual.
En la punta de un árbol
cortaba las cerezas
emocionado como
lo sigue estando.
Era tímido ante los extraños
y lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y la sigue esperando.

Cuando el niño era niño
tiraba un bastón como
lanza contra un árbol
y ésta aún sigue
vibrando ahí

noviembre 13, 2006

Luvina, la ciudad de los muertos (segunda parte)



















Una hipótesis a lo que ha de suceder después del tránsito de la vida es que los muertos siguen existiendo de una manera diferente, que su condición cambia únicamente de grado mas no estructuralmente. Sus experiencias son otras, pero ellos son los mismos. Así tenemos el Tártaro y los campos Elíseos en la mitología griega, el Mictlan entre los aztecas, el Helheim y el Valhalla en los pueblos nórdicos.

Más cercano a nosotros, a nuestra experiencia diaria, son las ciudades de los muertos que emulan directamente a las ciudades de los vivos. Modelos de ellas los podemos encontrar en el libro de Italo Calvino Las ciudades invisibles. En este libro Marco Polo (aquel que habla de las ciudades invisibles) relata que hay una ciudad llamada Adelma, en donde desembarco al anochecer, cuando caminaba entre sus calles se encontró, no sin sorpresa, con personas que mirándolas de cerca le recordaban a otras personas que ya habían fenecido, dice al final del cuento: “Tal vez Adelma es la ciudad a la que se llega al morir y donde cada uno encuentra a las personas que ha conocido. Es señal de que estoy muerto también yo”.

También en el libro de Italo Calvino se narra la existencia de la ciudad de Eusapia, en donde los que mueren son colocados en una ciudad igual, pero bajo tierra; con algunas diferencias las dos ciudades trascurren y cambian a la par, la ciudad de los muertos se transforma de manera parsimoniosa y como la Eusapia de los vivos no busca quedarse atrás, imita los movimientos de la Eusapia de los muertos. “Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos”.

En un libro de Ursula K. Le Guin, La costa mas lejana, perteneciente a la saga de Terramar, se relata como Ged, el archimago, parte junto a Arren, príncipe de Enlad, a buscar el enigma que ha provocado la desaparición de la magia en algunos lugares. De este modo, casi al final de la historia, llegan a una tierra perdida, más allá de cualquier confín conocido, Ged la llama la Tierra Yerma. En este lugar las personas viven como sombras de lo que alguna vez fueron, no hay luz clara en el lugar y sólo es posible percibir caras quietas y manos vacías. La existencia ahí es menor, en intensidad, que la vida común.

Luvina corresponde al tipo de ciudad en donde las personas tienen una duración frugal y exánime. Son ciudades que dan lastima porque han perdido el esplendor que pudieron haber tenido cuando albergaban, si así lo hicieron, a hombres vivos. Al contrario Emmanuel Swedenborg pensó que la muerte suponía una existencia más estimulante que la vida, en aquel lugar a donde fueran las personas al morir, transcurrirían su vidas igual que antes, pero los colores serian más vivos, los olores más intensos y así decidirían algún día cual seria su lugar apropiado, el cielo o el infierno.

Como la Adelma de Italo Calvino o como la Tierra Yerma de Le Guin, Luvina no supone una existencia feliz, tiene gran similitud con un infierno en el que los habitantes sufren de manera continua, tanto que su sufrimiento se confunde con la desgana.

Comala es un pueblo que sufre, pero que con ese pesar paga el pecado que cada habitante carga a sus espaldas, en las leyendas populares los espíritus de los hombres regresan cuando han cometido un pecado que es deber resarcir. En Comala casi todos habían cometido algún pecado por el que habrían de sufrir las consecuencias.

Es posible que Luvina tenga también esa función, ser el lugar de enmienda de los espíritus deudores. Sin embargo las evidencias del relato contradicen todo lo antes dicho, pues el carácter fantasmal de Luvina no es ni siquiera mencionado, el maestro rural es un hombre vivo que cuenta a su semejante la estadía tortuosa. Creo yo que, como antecedente de la mítica Comala, Luvina bien puede considerarse un esbozo, que conservará su esencia, de un lugar que Rulfo considero apropiado para hablar del alma humana, en particular de su propia alma. Aunque él, el autor, negara que su intención fuera biográfica, el hecho de construir algo sin infundirle parte de la propia identidad es imposible para cualquiera, el sentido puede estar latente aun detrás de los subterfugios del autor.

Luvina es un pueblo terrífico, pero no más que el lado oculto de la conciencia, y en él se encuentran albergados los fantasmas de lo que también ha sido nuestra vida, al final la muerte no es sino el objetivo de nuestra existencia, pero quien niega sus sombras sufre un destino que contradice hasta a la misma muerte, es la vida mermada, oculta tras el velo de la desgracia. Vida y muerte representan al mismo proceso, pero Luvina nos enseña que hay peores destinos que la existencia tal como la conocemos.

noviembre 09, 2006

Luvina, la ciudad de los muertos (primera parte)














Estamos en noviembre y, por lo menos aquí, es tiempo de festejar a la muerte, esa promesa que el hombre recibe desde el día de su nacimiento. Algo que nos hace diferentes a otras especies es nuestra conciencia de la finitud, por eso somos mortales. Otra característica que nos distingue es nuestra capacidad para crear mundos imaginarios y he aquí uno de los mas intrincados y oscuros que conozco, de la mano de Juan Rulfo esta es una pequeña nota sobre Luvina, un pueblo en que se llega a reconocer algo que la tradición católica ha llamado “el purgatorio” y que ha sido motivo de tantas reflexiones más a afortunadas que esta.


El llano en llamas es uno de los trabajos más reconocidos de Juan Rulfo, al igual que Pedro Paramo, en él, Rulfo retrata la vida de un México antiguo, adusto, llenos de hombres solitarios, enmarcado todo en un paisaje desolador y desgarbado. Cuando digo antiguo no me refiero a que este México ya haya desaparecido, quiero decir que la vida rural ahí tratada es una vida heredada a través de los siglos, como si el tiempo pasara, pero no hiciera mella en la cotidianidad de los habitantes. Hablo de un México estático, inmemorial, que parece haberse detenido en un instante de dolor. Este país que todavía existe, y que parece que ha existido siempre, resuena ampliamente en los cuentos evocados en el texto en cuestión.

En especial, Luvina plasma y magnifica la vida de los pueblos imaginarios que Rulfo invento, se dice que poco tiene que ver la geografía real y la literaria en este caso, si así es entonces nos encontramos ante un ejercicio de ficción en el que el autor ha dotado a lugares, con referencias reales, de un sentido subjetivo que clarifica el mundo interior de quien escribe. Esto se comprueba cuando se nota que la parsimonia con la que el narrador describe el pueblo de San Juan Luvina es comparable a la dinámica del pueblo en sí, la desoladora tristeza del lugar concuerda con la melancólica diégesis con que el relato se desarrolla.

Entre cerveza y cerveza, uno de los narradores, el maestro rural que habla en primera persona, a modo de flash back relata, a un personaje secundario, su estancia en Luvina, en la cual vivió durante un tiempo indeterminado; el espanto incluido en su narración previene al oyente de la insufrible comarca. Mientras tanto un narrador omnipresente observa y transmite la acción de aquellos comensales y nos hace notar la continuidad del desgaste personal del narrador anterior.

El maestro rural, el narrador en primera persona, al contar su desgraciada aventura también da cuenta de su deformación personal, él, otrora un hombre con sueños, ahora sólo se presenta como un objeto lánguido en aquella tienda ínfima, como si nunca hubiera salido del pueblo fantasmal, o como si a fuerza de costumbre se hubiera convertido el mismo en el lugar que le inspiraba tanto desprecio.

En esta historia, precisamente el lugar es el principal personaje. Rulfo construye en Luvina un arquetipo geográfico en el cual se desarrollarán otras historias, cada vez cambiarán de nombre, pero el clima general ha de permanecer. Comala nace de la continuidad de dicho clima, aunque con sus debidas diferencias. Al igual que Macondo en la obra de Márquez, el lugar derivado de Luvina constituye un eje importantísimo de la narración, sin embargo Rulfo es mas preciso en caracterizar a su lugar arquetípico como un personaje, o como “el personaje”, que impávido contempla las diversas historias. En Macondo, en cambio, lo más importante es la psicologia de los personajes, el papel de cada uno dentro del sistema referencial, ahí el lugar es el marco preestablecido, Macondo es una representación del mundo entero.

Luvina no es el mundo, o si lo es, es un mundo muy estrecho, cambia de nombre, de cara, incluso el clima varia, pero la gente parece ser siempre la misma. Hay lugares fuera de Luvina y por más parcos que se retraten son paraísos comparados con el pueblo maldito. El poblado tiene gran importancia porque es un reflejo del mundo individual de sus habitantes, todos los personajes en Luvina sufren las mismas inclemencias, como si no hubiera diferencia entre ellos, pues los oriundos no son sino una prolongación del propio terreno, secos y distantes como el lugar mismo.

Comala, se llega a saber, es un pueblo de muertos, el personaje con el que comienza la historia también esta muerto. Luvina, por ser la antesala de aquel pueblo mítico, impele a la sospecha de que también representa a un pueblo fantasmal.

Hay una canción del cantautor español Joan Manuel Serrat llamada “Pueblo blanco” que habla sobre un pueblo muy parecido a este que Rulfo relata, con un clima abrasador y lleno de personas desamparadas a las manos de algún hado infausto. Al final de la canción se revela que quien habla del pueblo ya ha sido, también, victima de la muerte.

Conocemos ampliamente ciudades extrañas, lugares indómitos en donde el pie del hombre ha pisado apenas el terreno, los sabemos gracias a la literatura, que con sus magnificas herramientas nos da la oportunidad de experimentar sueños que de otra forma no conoceríamos. El mundo real, aun siendo inmenso, no es tan grande como el mundo de la ficción, o mejor dicho el mundo en el que vivimos es una sombra del que imaginamos.

Y los seres humanos han construido, durante su breve historia, algunos pocos lugares míticos que sobresalen de la imaginería popular, las ciudades de los muertos pertenecen a este selecto grupo.

noviembre 06, 2006

George Perros













…media tonelada de libros, pipas, tabaco, un ejemplar del France-soir o de L’Equipe, llaves, carnés, facturas, una bujía de su moto…De este fárrago sacaba un libro, nos miraba, soltaba una risa que nos daba apetito, y comenzaba a leer. Caminaba mientras leía, una mano en el bolsillo, la otra, la que sostenía el libro, un poco tensa, como si, leyendo, nos lo ofreciera. Todas sus lecturas eran regalos.

En Como una novela de Daniel Pennac



Aunque la literatura produzca desechos, cuando menos intenta educar a su hombre. El asunto está en escucharse. Todos, o casi todos los oficios son oficios de desechos. La literatura es uno de los raros ejercicios que exigen del hombre una voluntad singular, una conducta de existencia que retrasa el progreso de una mediocridad que nos es natural.

George Perros, Papeles pegados I



noviembre 01, 2006

Décima al corazón


Pobre de ti corazón
cuantas veces te han herido,
cuantas veces has perdido
luchando con la razón,
y henchido aun de pasión
cuantas veces al espejo
te has postrado perplejo
y has observado conmigo
al contundente enemigo

que dice ser tu reflejo.


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