diciembre 18, 2006

La responsabilidad (Parte 2 y ultima)













En esencia el universo carece de divisiones, no hay fragmentos y una totalidad, sino solamente una totalidad que es igual a si misma. La realidad proyectada como divisible es entonces solamente una argucia, un orden explicado que es precedido por un orden implicado, según los conceptos de David Bohm.

Sin embargo nuestra esfera de existencia sólo es posible en esa ilusión, únicamente podemos contemplar un mundo escindido, lo cual no excluye que supongamos la inmanente unidad del universo.

Por eso, aunque no nos lo parezca, Gibran tiene razón, “El justo nos es inocente de los hechos del malvado” porque ambos están enlazados en un nivel implícito a la experiencia común, “Porque ellos se hayan juntos frente a la faz del sol”.

En un cuento de Borges se relata la rivalidad entre dos teólogos, uno de ellos logra, sin premeditarlo, que el otro sea acusado de hereje y sea quemado en la hoguera. El acusador vive largo tiempo hasta que, en algún lugar, dentro de una choza, es muerto por la fulguración de un rayo y el incendio causado por este. Cuando llega al cielo se da cuenta, o más bien el autor se da cuenta, que para la divinidad él y el reprobó son la misma persona.

En un mundo en donde todo esta concatenado, el tema de la responsabilidad se complejiza de manera monstruosa, aquí una acción premeditada o no, tendrá infinitas repercusiones en el todo existente, “Decir si a un momento es decir si a toda la existencia” se comenta en un dialogo de la película Waking Life de Richard Linkalter, de esta manera no resulta exagerada la afirmación de Sartre cuando dice: “...al elegirse [el hombre] elige a todos lo hombres”.

La razón de dicho fenómeno es lo que se ha tratado de explicar, en un nivel aparente los individuos están separados y sus lazos son limitados, en un nivel esencial no existe tal separación, y por lo tanto el enlace es un concepto superfluo. Pero este nivel esencial se manifiesta en el aparente de forma que todo lo fragmentado guarda una correlación imprecisa con la totalidad.

Como en una inmensa tela de araña, una acción cualquiera perturba el orden de la imbricación completa. Así que nuestras acciones guardan relación con cada suceso en el universo, no sólo en el espacio sino también en el tiempo, y nuestra responsabilidad se torna inmensa ante tal situación.

Volvemos entonces al argumento de Kundera, en el se explica que el hombre es responsable aun de lo que hace sin total conciencia de las consecuencias e implicaciones, sin embargo en el marco que se ha planteado, toda acción, por más mínima que sea, acarrea consecuencias a todo el universo y a su vez cada suceso en el cosmos nos afecta de algún forma. Camus dice en boca de su personaje Stepan que “La libertad es una cárcel mientras haya un solo hombre esclavizado en la tierra”.

La inocencia es ya un asunto sin sentido, pues nadie es inocente de nada, todo hombre es culpable del universo entero. Inútil que nos devanemos es especulaciones acerca del alcance de una labor, su limite de acción esta al mismo nivel que cualquier otra, es infinito.

Solemos rechazar a quien ha sido marcado con la insignia del reprobó, pensamos que es un ser ruin quien ha quebrantado el orden estable y ha sucumbido a la sombra del mal, no nos damos cuentas de que la falta de cualquier hombre es también nuestra propia falta, de que el mal existente en un sujeto es el mismo mal que se esconde en nuestra persona. La inocencia no existe. Basta haber nacido para cargar con los pecados de la humanidad entera.

Pero no se trata de crear una conciencia culposa en el ser que se sabe infinitamente sujeto y objeto de influencia, dice Kundera que habría que arrancarse los ojos ante el testimonio vivo de nuestras acciones, y en cierta manera es correcta esta petición, pues el hombre vive desatado de todo lo que le sucede, se cree único e irresponsable. El que se sepa responsable del universo confiere al sujeto una nueva visión de su propia existencia, le es imposible juzgar a alguien sin antes juzgarse a si mismo, y si la otra persona merece un castigo, tendrá que reflexionar cuál ha sido el papel del entramado entero de relaciones. No hay acción que no sea una reacción.

Dije que dudaba de la aporía eleática, que mi sentido común no la apreciaba, pienso que lo mismo puede suceder con los argumentos que acabo de esgrimir, el que seamos responsables de todo, en realidad no tiene sentido, es algo irreal, pero el que la aporía no me convenza no disminuye su validez, y el que la idea de la culpa universal parezca insensata no quiere decir que no sea verdadera. Al fin y al cabo nuestro mundo es lo que pensamos de él, lo construimos al intentar percibirlo, eso no significa que el universo sea tal como lo vislumbramos, al contrario siempre puede ser de forma totalmente distinta. Esa realidad velada a nuestros ojos es en donde la hipótesis aquí tratada puede cobrar cierta relevancia; pero no nos engañemos, el que algo este negado a nuestra vista no quiere decir que no cobre influencia en nuestra esfera de experiencia, a veces lo hace sin que seamos concientes de ello, por lo menos el que algo sea concebible en términos abstractos es ya señal de su veracidad.

No se mueve la hoja de un árbol sin que seamos participes de ello, la destrucción y la construcción del universo se intuyen en la palma de nuestra mano, empero no somos omnipotentes, somos parte de aquello que si lo es, y que nos ha hecho a su imagen y semejanza, pues lo de arriba es igual a lo de abajo. Dios, le llaman algunos, yo prefiero el nombre de Eternidad, reina frió y solitario en los confines de nuestra percepción del mundo, de él venimos y hacia él nos dirigimos en un extraño sueño, y es tal nuestro destino que no hay escisiones entre la divinidad y cualquier fragmento del universo, aquel que se crea único y diviso ha de saber alguna vez que bajo esa condición nadie es más que un mono sobre la palma del Buda.


También puedes leer:


La injusticia

El destino ineludible



diciembre 15, 2006

La responsabilidad (Parte 1)
















En su famosa novela La insoportable levedad del ser, Milan Kundera urdió una idea sobre la responsabilidad que creo es digna de reflexionarse con profundidad. En ese entonces Kundera hablaba contra los regimenes comunistas que asolaban su país, su vida se había visto afectada de eso que Fromm llamo “capitalismo de estado”. Cuando las fuerzas soviéticas llegaron a Praga, ya se habían revelado, o estaban por hacerlo, las atrocidades cometidas por el gobierno de Stalin. Sobre esto no hay muchos comentarios, mi punto de vista es impopular por su naturaleza, y es que creo que en diversas situaciones el terror es la salida menos destructiva.

Pero a Kundera que vivió en carne propia el régimen comunista, la situación no le pareció nada agradable. En la novela antes mencionada, en voz de su personaje Tomas, fabulo un argumento sobre la responsabilidad que puede parecer espeluznante. El argumento se dirige contra los lideres de su país, que cedieron al poder de Rusia aun conociendo la violencia ejercida, algunos de ellos alegaron no saber sobre las crueldades cometidas y ser, por lo tanto, inocentes, en esta parte Kundera compara dicha situación con el Edipo de Sófocles y dice: “Edipo no sabia que dormía con su propia madre y, sin embargo, cuando comprendió de qué se trataba, no se sintió inocente. Fue incapaz de soportar la visión de lo que había causado con su desconocimiento, se perforo los ojos y se marchó de Tebas ciego”. Más adelante en la novela este argumento se diluye y se objeta su rigor. Pero aun así es conveniente retomarlo y tratar de entender sus alcances.

Comúnmente se piensa que se es responsable de lo que se hace, de lo que se lleva a cabo con premeditación, pero también es cierto que en algunas ocasiones nuestras acciones se presentan de forma accidental, sin que hayamos sido totalmente participes de su ejecución. A veces un agente externo o un desliz de nuestra conciencia nos hace cometer acciones que no siempre querríamos fueran realizadas.

Una automovilista ebrio que atropella a un transeúnte es culpable porque su estado es consecuencia de su descuido, al manejar de forma imprudente bajo efectos que él mismo pudo haber evitado.

El campo de la responsabilidad individual cubre sucesos que nos atañen directamente, así como algunos que nos incumben por haber sido participes aunque sea de manera circunstancial, pero supongamos que no todo fuera tan simple, ¿qué pasaría si nuestras acciones tuvieran un campo de acción mayor?

Cuando el profeta Almustafá, en un libro de Gibran, habla sobre el crimen y el castigo, pronuncia sentencias difíciles de asimilar para la conciencia común, frases como “El asesinado no es libre de culpa de su propia muerte” o aquella que implica la mayor parte de su meditación “El justo no es inocente de los hechos del malvado”.

En nuestro reconocimiento del mundo tendemos a categorizar bajo ciertos niveles el medio al que estamos adscritos, es decir, creemos que hay una esfera individual en la que exclusivamente nosotros actuamos, luego hay una esfera familiar, luego una que implica a la comunidad, después una esfera social y así hasta donde la imaginación logre concebir. Estas categorías se forman a partir de un referente cultural y nos sirven de guía para conocer las repercusiones de nuestras actividades, sin embargo no dejan de ser meras invenciones de la mente humana.

Imaginamos al mundo como fragmentado, formado por piezas independientes que de pronto interactúan y forman relaciones más o menos fugaces. Empero recordemos que para los antiguos filósofos del Indonstan el universo vivido no era otra cosa que una ilusión, y que en el trasfondo de dicha fantasmagoría había un totalidad no divida, incluso podríamos decir que tal dualidad también seria una apariencia, no existiendo más que lo eterno.

No sólo en la antigua India se creía eso, en Grecia los filósofos presocráticos ya suponían la unidad del Ser como un problema, es de sobra conocido el debate imperecedero entre Parmenides y Heraclito, o mejor dicho entre las ideas de ambos. Uno postulaba al Ser como inmóvil, el otro como dinámico, para uno el Ser era indivisible, para el otro era fragmentario y cambiante.

Sinceramente creo que este debate es irresoluble porque ambos hablaban de esferas diferentes de existencia, Heraclito por una parte nos trasmite la experiencia cotidiana, en donde todo esta en constante movimiento y es imposible negar su naturaleza divisible. Parmenides, por otro lado, se refiere a la esencia de aquel mundo cotidiano, en donde, por supuesto, solo la unidad puede ser posible.

Del contexto del que habla Parmenides es de donde se desprende la imagen del mundo que experimentamos. Zenon de Elea, discípulo de Parmenides, confirmo las suposiciones de su maestro con una serie de problemas lógicos o aporías que revelan la unidad intrínseca en el mundo.

Una de las más conocidas es la de Aquiles y la tortuga. Dice dicha aporía que Aquiles ha aceptado competir en una carrera con una tortuga, Aquiles, pies ligeros, no considera que esta sea una competición justa así que le da una ventaja de diez metros a la parsimoniosa tortuga. Una vez que la tortuga ha recorrido los diez metros fijados, Aquiles se dispone a alcanzarla, pero se da cuenta de que para llegar hasta ella debe antes andar la distancia recorrida por la tortuga, en ese momento la tortuga ya ha avanzado un metro más, Aquiles deberá avanzar ese metro, después la tortuga avanza algunos centímetros, así que Aquiles habrá de avanzar tales centímetros, y de esta forma la carrera continuará y Aquiles nunca podrá alcanzar a la tortuga pues antes deberá recorrer el camino transitado por ella.

No se hasta que punto este juego lógico sea convincente, a mí nunca me ha persuadido del todo, y es que el problema se presenta cuando Aquiles parece dar pasos de tortuga, lo cual ya es muy sospechoso. De cualquier forma Bertrand Russell plantea una solución a la aporía eleática equiparando el problema de las series infinitas de los números naturales con la distancia entre la tortuga y Aquiles. Como se sabe toda serie de números naturales es infinita, así si comparamos la cadena formada por los números pares con el mismo enlace, pero de los números impares, resulta que ambas concatenaciones mantienen la misma proporción, son infinitas por igual, lo mismo sucede con los múltiplos de cualquier numero. Los números naturales se pliegan y despliegan en series inmensurables, sin fin. Trasladando esta abstracción al universo tangible, vemos que sucede lo mismo al tratar de medir el espacio, las divisiones posibles entre dos puntos de referencia, cualesquiera que estos sean, son también infinitas, no importa si comparamos la distancia entre los dedos de una mano o de La Tierra hasta Proxima Centauri, las posibles divisiones de esas distancias son siempre infinitas.

La solución dada por Russell alega que no hay diferencia entre dos lugares en el espacio geométrico, así la posición, y el tiempo, de Aquiles y de la tortuga son en esencia los mismos, eternamente equivalentes.

diciembre 11, 2006

Dos miradas a lo eterno





















"¡Lo veo todo! Todos los billones de vidas que me precedieron en este planeta están ante mí en este momento. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, bailan, cantan. Se sientan alrededor de toscas fogatas en desiertos solitarios y grises, y surcan el aire en monoplanos. Cruzan los mares en canoas y en enormes vapores, pintan bisontes y mamuts en las paredes de oscuras cavernas y cubren enormes telas con extraños dibujos futuristas. Contemplo las migraciones desde Atlanta. Y desde Lemuria. Veo las razas anteriores: una horda extraña de enanos negros sojuzga el Asia, y los neandertales de cabeza hundida y rodillas encorvadas se extienden obscenamente por Europa. Veo a los aqueos invadiendo las islas griegas, y los rudos comienzos de la cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Estoy en tierras de Italia. Asisto al rapto de las sabinas; marcho con las legiones imperiales. Tiemblo con pasmo y horror al avanzar los enormes estandartes, y el suelo se estremece bajo las pisadas de los victoriosos hastati. Mil esclavos desnudos se arrastran ante mí cuando paso en una litera de oro y marfil tirada por bueyes de Tebas negros como la noche, y las jóvenes, arrojándome flores, me gritan al pasar: Ave Caesar; y yo hago un gesto de asentimiento y sonrío. Ahora soy esclavo en una galera mora. Veo cómo erigen una gran catedral. Se levanta piedra a piedra, y a lo largo de meses y años sigo ahí, y veo cómo van encajando cada piedra en su sitio. Me queman en una cruz con la cabeza hacia abajo en los perfumados jardines de Nerón, y contemplo con burla y regocijo a los afanosos torturadores, en las cámaras de la Inquisición.

»Recorro los más sagrados santuarios; entro en los templos de Venus. Me arrodillo en adoración ante la Magna Mater, y arrojo monedas a las rodillas desnudas de las sagradas cortesanas sentadas con velado rostro en los bosquecillos de Babilonia. Entro en un teatro isabelino y me mezclo con el populacho maloliente y aplaudo El mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas calles de Florencia. Veo a la joven Beatriz, y el borde de su vestido roza mis sandalias mientras la miro con arrobamiento. Soy sacerdote de Isis, y mi magia maravilla a las naciones. Simón el Mago se arrodilla ante mí, implorando mi ayuda, y el faraón tiembla cuando yo me acerco. En la India, hablo con los Maestros y huyo gritando de su presencia, pues sus revelaciones son como sal en la herida que sangra.

»Lo percibo todo simultáneamente. Lo contemplo todo desde todos los ángulos, soy una parte de esos prolíficos miles de millones de seres que bullen a mí alrededor. Existo en todos los hombres y todos los hombres existen en mí. Percibo la totalidad de la humana historia en un simple instante, la pasada y la presente."

Los perros de Tindalos, Frank Belknap Long


"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo."

El Aleph, Jorge Luis Borges

diciembre 06, 2006

Plegarias




















En la zona minera de Real del Monte, cerca del mercado de la ciudad, se encuentra la frase retratada en la fotografía de arriba, cuando la vi, ya hace algunos años, me pareció de animo similar a una plegaria que Borges usa citando a Kipling:


”Duermo, luego vuelvo a remar”


Sin embargo no son iguales, en la plegaria de los mineros se encuentra implícita la idea de salvación, de la gloria prometida. En la de los barqueros fenicios no hay otro fin que el cumplimiento cíclico del destino, el fastuoso eterno retorno del tiempo.

Juzgo más hermosa la segunda frase, la del destino cíclico, la primera es demasiado feliz para poder ser bella, pero sin duda es más esperanzadora.

diciembre 03, 2006

"La prodigiosa tarde de Baltazar" y el desperdicio


La entrada anterior esboza un tema que se me ocurrió de ultimo momento, pero que, sin embargo, es producto de la conjunción de las ideas de dos autores, por un lado William James y su conferencia La energía de los hombres y por otro lado el magnifico ensayo de George Bataille La parte maldita. También, el texto, responde a una duda fundamental en mi existencia ¿porque si la fuerza psíquica del inconciente es tan magnifica esta sólo se hace presente en ocasiones? Mi respuesta al menos a mi no me satisface del todo, pero es lo único que tengo por ahora, esta brevemente se puede pronunciar así: El hombre posee, como todo organismo, un potencial enorme de energía, pero las convenciones sociales le obligan a resguardar parte de esa energía y abdicarla al aparato institucional. Aun así esa fuerza vital debe ser desperdiciada, pues es demasiada, en algunas culturas los rituales varios cumplieron esa función, pero nuestra sociedad, que desprecia las tradiciones míticas, es incapaz de dilapidar el excedente, o si lo hace es sólo de forma ignorante, como guerra y masacre. El hombre que quiera disponer de su energía de forma optima, habrá de encontrar el camino medio que se abre entre la dilapidación total y la acumulación, pero esto es solo momentáneo, al final solo el desperdicio tiene importancia, pues el impulso de vida, y no el hombre, es lo que en realidad perdura.

Un cuento de Gabriel Garcia Marquez ilustra de alguna manera este paradigma del exceso. El cuento en cuestión es “La prodigiosa tarde de Baltazar” el cual fue publicado en el libro Los funerales de Mama Grande, volumen de corte neorrealista, que antecede de forma curiosa al realismo mágico del que Marquez será el autor más representativo.

El texto cuenta la historia de Baltazar, un carpintero que ha estado trabajando durante dos semanas en una jaula que le ha sido encargada por el hijo de don Chepe Montiel, cuando termina él no se da cuenta, pero ha realizado la jaula mas bonita del mundo, o eso dicen los que la llegan a observar. Su mujer, Ursula, le urge para venderla a un alto precio, pero a Baltazar esto le tiene sin cuidado.

Después de unas horas el doctor Octavio Giraldo, medico del pueblo, llega a la casa de Baltazar y queda prendido de aquella magnifica jaula; es, considera, el regalo perfecto para su esposa invalida. Sin embargo por más que insiste Baltazar se niega a venderla “no se puede vender lo que ya esta vendido” argumenta el protagonista.

Hacia la tarde Baltazar lleva la jaula a donde vive Chepe, y una multitud le acompaña en su travesía. Cuando llega a la casa le recibe la esposa de Montiel la cual alaba, por supuesto, la hermosa jaula. Chepe Montiel sale de la ducha y se niega a pagar un centavo por el trabajo hecho, aun ante la rabieta insistente de su hijo. Baltazar acaba regalando la jaula al pequeño Pepe, con tal de que este tranquilice.

Al fin el protagonista sale de la casa y es interrogado por la multitud, a la cual no defrauda, dice que ha vendido la jaula por sesenta pesos y luego se va a celebrar, miente, claro esta. Por primera vez se emborracha y sufre los estragos de la ebriedad, el cuento concluye con Baltazar tirado en medio de la calle, siendo despojado de sus zapatos y convirtiéndose en victima de las miradas injuriosas de las mujeres que van hacia la iglesia.

Se intuye que el cuento desde el principio alude a una especie de simbolismo bíblico, un carpintero como Jesús, que se llama Baltazar como aquel mítico rey que llevo regalos al dios encarnado, realiza un prodigio, una jaula suntuosa.

El protagonista vence a la razón científica, representada por el medico, que pesar de sus argumentos lógicos, de sus razones fundamentadas, no logra desviar del camino de la lealtad y de la honestidad a Baltazar. También es vencida la ambición de la mujer práctica, en este caso la esposa de nombre Ursula (como otra Ursula que más tarde será eje de una historia, aun más grande). Y casi al último Baltazar triunfa sobre la patética clase acaudalada, que en la figura de don Chepe y su familia encarna vividamente los vicios e indigencias de su condición.

Pero en esta historia de triunfos nos parece que el final derrumba todo lo conquistado, la escena turbadora de la juerga no se juzga como otra cosa que la desilusión del soñador, del artista podríamos decir, porque Baltazar es un artista. Sin embargo pienso que la escena final atestigua el mayor triunfo de toda la historia.

Baltazar ofrece bebidas a todos, se desprende de su dinero, de casi toda posesión material, sus zapatos son robados, como un fiel cristiano da todo lo que posee, lo cual contrasta con las mujeres que lo ven y los juzgan. Miente, aunque sea para complacer; por unos momentos el personaje se enfrenta al más vano despilfarro, a los vicios que otrora quizá se había negado. Habiendo vencido sobre todos los cánones sociales, la última victoria a la que se entrega es a la de la ebriedad, la de la orgía, donde sus energías de hombre decrecerán de manera continua. El ultimo Baltazar, el que yace en el suelo, nos recuerda de cierta manera al asceta, que con su sacrificio logra el éxtasis divino.

Por lo tanto la historia es una escalada continua de triunfos y nos enseña que la última gran batalla es en contra de las restricciones propias, de las convenciones sociales que hemos introyectado, aquello que Freud llamo el superyo y que Jung amplio en el concepto de la mascara. Así el hombre entregado a la orgía se libera, emancipando primero la energía que ha contenido, sólo entonces es participe del éxtasis que proviene de aquel contacto con el flujo vital que de él se desprende.

Existe por supuesto el peligro de buscar siempre el desperdicio, en las adicciones se comprueba este hecho, pero como ya dije antes, el hombre deberá buscar el camino medio entre la dilapidación y la avaricia, porque la calidad de su existencia depende de ello, aunque esto sólo sea momentáneo, aunque esta senda únicamente sea un breve interludio que lo ha de preparar para la ultima y gran dilapidación que es la muerte.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails