junio 29, 2007

Sobre la estadística


En la universidad me enseñaron estadística, herramienta, decían, imprescindible para cualquier psicólogo, las operaciones eran sencillas, recuerdo que me era simple en los primeros semestres. Luego todo cambio, nos dijeron que lo que habíamos aprendido lo hacia mejor un programa de computadora, el SPSS, y nos enseñaron a usarlo. Ahí empezaron mis problemas, ahora he olvidado las mayoría de lo que se me enseño en esas clases y llevo años sin abrir el SPSS. Aunque divertida, la estadística siempre me pareció una exageración, nunca pude relacionarla con lo que sucedía en la realidad, cómo es posible que un grupo de diez mil personas representarán a la población del Distrito Federal en donde hay alrededor de nueve millones de habitantes. Si bien es cierto que es útil esta rama de las matemáticas creo que su propósito radica en la invención de la realidad más que en su descripción. Como la democracia, su campo es la imprecisión.

Veamos dos citas que, quizá, validen mi afirmación:


La falacia del cuadro estadístico estriba en que es unilateral, en la medida en que representa sólo el aspecto promedio de la realidad y excluye el cuadro total. La concepción estadística del mundo es una mera abstracción, y es incluso falaz, en particular cuando atañe a la psicología del hombre

C. G. Jung


Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso per cápita.

Eduardo Galeano



junio 25, 2007

La mascara y la sombra



Foto de José Luís Rosas Villicaña


La palabra mascara se refiere a cualquier artificio que tiene como propósito ocultar el rostro del individuo, la raíz francesa masque le proporciona una doble significación, por un lado es aquello que cubre el rostro, lo que se interpone ante él, y por otro es lo que le permite transformarse.

La mascara en la psicodinamia individual representa todos los aspectos ideales del sujeto que la porta y se forma a partir de la interacción del hombre con el medio social, las varias relaciones van estructurando características que se suponen favorables para la interacción social. Freud la llamo superego, Jung persona y Perls top-dog, conceptos que por supuesto difieren en ciertas características.

El rol social define satisfactoriamente el concepto de la mascara. La persona, en el sentido junguiano, se puede reconocer prestando atención a aquellas características propias que nos son agradables, aquello que ejercitamos continuamente, en lo que nos creemos capaces y por lo que estamos orgullosos. Cabe mencionar que la identificación desmedida con la mascara impide al sujeto contactar otras características de sí mismo, convirtiéndolo en un ser rígido e insensible.

La mascara regularmente se opone a otro concepto psicodinamico, la sombra. Jung caracteriza a la sombra como las propiedades ocultas del sujeto, las fracciones no aceptadas por ser moralmente inaceptables. La sombra corresponde, en parte, al inconciente freudiano, en donde las pulsiones reprimidas se encuentran encerradas y encadenadas.

Sin embargo, la sombra es parte fundamental del individuo, en ella se encuentra la energía necesaria para afrontar el cambio y la reestructuración, fenómenos constantes en la vida del ser humano. El hombre ha de aceptar su sombra si pretende desarrollarse, de otra manera ésta lo consumirá.

La forma tacita de interactuar con la sombra personal es a través de la proyección, es decir, el acto de imbuir a los objetos de un remanente subjetivo. La proyección en este caso es de tipo negativo. Todo lo que se odia, se desprecia, se teme, es parte de la sombra personal. Campbell alude a que la sombra es representada a menudo por un individuo del mismo sexo con atributos que se consideran deleznables. Lo que no nos agrada de los demás es nuestra propia sombra y, por lo tanto, somos también nosotros.

A mayor identificación con la mascara, es decir, mientras más orgullosos de nuestros atributos, más oscura es la sombra que reprimimos. Y esta sombra, por otro lado, es indestructible y todopoderosa, en algún momento, si no es aceptada por el sujeto, se manifestará de manera demonizada.

Si la identificación con la persona es característica de las neurosis, la misma identificación con la sombra da parte a las psicosis.



junio 20, 2007

La pantalla falaz (parte 2)




Existe una gran diferencia entre las imágenes primitivas y las imágenes técnicas, mientras que las primeras reordenaban el exterior y lo sustentaban con una cosmovisión mágica, las imágenes técnicas transforman los conceptos en sí, pues en ellos se respaldan, y alteran la percepción del hombre sobre la realidad. Ya no es el mundo el que es transformado sino el modo en que se concibe tal sistema de objetos. Las maquinas antiguas y los aparatos modernos comparten la misma diferencia en su propósito.

La televisión, en este ámbito, recibe la suerte de los aparatos modernos, presenta al público una imagen artificial y la hace pasar por verdadera. Sartori nota que la imagen técnica, a diferencia del símbolo, no es un objeto de desciframiento, elude, ésta, la necesidad inmanente del individuo por traducir e indagar en los contextos trascendentes de su estructura. Es decir, la imagen televisada no se interpreta, se cree.

La televisión, como las demás herramientas actuales de comunicación audiovisual, vende la promesa de que lo que a través de ella sucede es el remanente más puro y claro de lo que constituye lo real. Sólo en sus pantallas pretende la realidad ser asequible e incluso inmejorable. Y al parecer la gente juzga, sin discusión, que tal hecho es totalmente tácito.

Las personas no cuestionan lo que en las pantallas ocurre, la imagen entra a sus sentidos y la reflexión no alcanza mayores grados de complejidad, no hay critica ni discernimiento, el estimulo es demasiado veloz, demasiado ligero para que su cognición logre defenderse del mismo, la verdad de la imagen aturde al telespectador y lo obliga a la ignominia de la pasividad, del zapping.

Por lo tanto, la libertad de expresión en nuestra sociedad resulta ser muy ambigua, porque cuando una empresa o cualquier particular es dueño de una señal televisiva no únicamente ejerce su derecho a la libre expresión, con el ejercicio de ese poder arrastra un sin numero de efectos sobre los telespectadores que presencian el espectáculo en su pantalla. La emisión de una señal de tal tipo, conlleva un grado de influencia en la interacción del sujeto con los cuerpos que limitan su existencia.

El dueño de ese medio no sólo vende un producto, vende también una forma de la verdad, vende un cosmos en el que la masa de homo videns tratará de encajar; el hombre de negocios utiliza las imágenes técnicas para comerciar pero en ese intento termina alterando la realidad de miríadas de atentos telespectadores. Y quien es capaz de afectar el fenómeno de lo real, tiene en su poder la capacidad de controlar la opinión y el actuar de quienes están bajo esa manifestación audiovisual.

La volición humana es más débil de lo que se pretende, un pequeño desfase en su concepción del mundo y toda ella se reestructura y cambia.

El ámbito de los medios de comunicación va más allá de los términos comunes de las críticas cotidianas a su influencia, sobrepasa términos confusos como lo son la libertad y la moral. Su dominio altera algo más que la estructura social de la moda y de las preferencias estéticas, tergiversa con su macula aquel fenómeno que los hombres han dado por sentado, la realidad.

Las diatribas giran en torno a fenómenos secundarios, la gente descree del poder tremendo de la imagen técnica, pero la televisión posee, como una suerte de basilisco, una mirada terrible, habrá que indagar largamente cuales son los alcances de los medios de comunicación en nuestra cultura, ya que el problema no radica en la falta o el exceso de libertad de expresión ni en la escasa normatividad sobre la calidad y el contenido de lo expuesto, sino en la propia forma del aparato, en su capacidad técnica como medio de convencimiento. Y sobre todo en la carencia de reflexión del individuo que recibe toda esa plétora de mensajes.



junio 18, 2007

La pantalla falaz (parte 1)




La televisión se ha establecido a través de las décadas como la máxima actividad de entretenimiento de las personas y, de alguna manera, ha transformado la forma de percibir la realidad en la mayoría de los hogares en que se instala. Giovanni Sartori bien lo dice, el sujeto transita a paso rápido hacia un estadio de homo videns.

Entre las varias imprecaciones que se le pueden imputar al medio televisivo, una de ellas es la menos socorrida por los analistas del fenómeno mediático, se trata de la supremacía de la imagen sobre el símbolo en la observación de la realidad. Hecho nada deleznable, y es que el hombre ha surcado una travesía marcada por su capacidad de utilizar los símbolos como modo de interacción interpersonal. El individuo es ante todo un ser simbólico, luego es, quizá, racional.

La diferencia más significativa entre este homínido de especie sapiens y otros animales radica en su capacidad simbólica, que lo obliga a relacionarse de maneras singulares con el mundo exterior. El ser humano percibe estímulos más allá de los que le son estrictamente necesarios y se ve en la necesidad de clasificarlos y reducirlos a signos y símbolos que le permiten una estructuración más o menos coherente del universo en que habita. De otro modo su atención se dispersaría y pondría en peligro su propia existencia.

La historia de la relación del hombre con su medio ha sido relatada de varias y diversas maneras, una que atiende al matiz que aquí se intenta resaltar podría ser la siguiente:

Al principio el hombre únicamente estaba en contacto con el objeto, de él se desprendía un halo misterioso e indescifrable, el mundo y las cosas llegaban a los aparatos perceptivos humanos de formas distorsionadas y difusas, además, el contenido de la apropiación sensorial era predominantemente subjetivo. El viejo homo sapiens ideó por fin, ante la incertidumbre, un método para poder asir esos significados que se escapaban a su mera percepción. Dotó a los objetos de un remanente simbólico, los capturó en figuras y así nació la imagen, herramienta primigenia del lenguaje.

La imagen permite que el universo sea asequible para la cognición humana, le confiere una representación universal y la capacidad de ser transmisible en el contacto interpersonal. Sin embargo, la imagen interfiere entre el hombre y los objetos, sustituye al mundo y se convierte en un simulacro. Con el paso del tiempo esta imagen se antepuso a la realidad y la desechó, arrastrando al sujeto al infierno de la idolatría.

Cuando el hombre se rindió ante la imagen, hubo intentos fortuitos por romper con tal ilusión, algunos comenzaron a fragmentar la pantalla falaz y la acomodaron en patrones discernibles, convirtieron los símbolos en signos y así creyeron controlar el poder mágico de los ídolos. Tal es el proceso de génesis de la escritura. Con el texto nació a su vez la capacidad de crear conceptos y categorías, el acomodamiento de la realidad fue entonces más claro y organizado, no obstante este hecho no acercó al hombre a los objetos, sino que lo alejo aun más.

Desde entonces existió un proceso dialéctico entre la imagen y el texto, pues mientras el texto transfigura e interpreta las imágenes, éstas funcionan como el material a través del cual lo escrito es viable de imaginarse.

Paulatinamente se suscitó de nuevo un riesgo, pues si la escritura concibe un mundo inteligible, obstruye el paso entre las imágenes y el hombre y las banaliza. Pronto, el individuo creyó interactuar con el mundo por medio de los textos y estos se impusieron como la efigie primera de la realidad. En cuanto el hombre dejó de lado las imágenes y se abdicó a los textos, los mismos desistieron de ser imaginables y surgió así la textolatría.

Para saldar esa carencia de imagen, la perdida de la imaginación, se construyó entonces una referencia técnica al texto, una forma de representación de lo escrito que lo reificará. Aparece entonces la imagen técnica, aquella que tiene por origen un aparato, es decir, la aplicación de un texto científico al mundo inteligible.

Nos encontramos ahora en el dominio de las imágenes técnicas, desde la fotografía hasta el video de alta definición, pero las imágenes de tal tipo no atrapan tampoco a la realidad, al contrario se apartan de ella pues su universo implícito es el de los conceptos, ellas significan textos y no objetos primarios.

Tal es una breve paráfrasis de la historia que podemos encontrar en el trabajo de Vilém Flusser. A partir de lo tratado se puede corroborar que las nuevas imágenes aunque parecen ser nítidas y ciertas no son más que abstracciones de grado superior a las imágenes primitivas y a los textos. Alejan al hombre del contacto con el mundo, lo engañan y le presentan un nuevo cosmos transfigurado y simple.



junio 09, 2007

Los locos somos otro cosmos (fragmento)




Doctor, los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos somos colonos, sólo colonos. Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo...


Las vocales malditas, Oscar de la Borbolla





junio 07, 2007

La soberbia




La ϋβρις –dice Eduardo Nicol- es, en efecto, la desmesura por exceso que nosotros designamos con el nombre que le dieron los romanos de superbia. Es el ser-más que se dispara hacia el ser demasiado. Aplicable primaria y eminentemente al hombre, el adjetivo latino superbus está calcado del griego ύπέρβιος, que cualifica a quien posee fuerza o poder en grado excepcional. La soberbia no es la posesión, sino la exhibición y el abuso del poder.

La soberbia representa el alarde del poder, su exposición de manera exagerada o de forma ruin. El hombre soberbio ha transgredido límites que los dioses consideran importantes, ha sobrepasado barreras en cuya irrupción se incurre en el pecado.

Pero el soberbio no es un hombre hiperbólico, aunque finge serlo, es más bien un ser que se ha consumido en la carencia, en la mendicidad, su miseria consiste en ser menos que los demás, en tener menor poder sobre sí mismo.

Hay varios ejemplos en la mitología que muestran las consecuencias de la ubris (hybris). En la tradición hebrea encontramos el mito de la Caída, éste relata como cierto dios prohíbe a sus hijos primigenios, llamados Adán y Eva, comer del fruto de un árbol ubicado en el centro del paraíso construido para ellos. Sin embargo, una serpiente, cuya identidad es ambigua, insta a Eva a probar la fruta aciaga. Ella lo hace, luego convida a Adán.

Aquel dios es omnipresente, y al saber que sus hijos le han desobedecido los destierra del paraíso y los arroja a la mortalidad. Dos seres con llameantes espadas guardan, mientras tanto, la entrada a la tierra del origen. Tal desfallecimiento del espíritu es una emulación de una anterior revuelta instada por el ángel lucifer, con ello notamos que los mitos judíos son cíclicos en sus temas.

Otro mitologema semejante es el de Prometeo, en la cultura griega. Prometeo era hijo de Yapeto y de Climena, hija de Océano. Entre sus hermanos se encontraban el gran Atlas, Meniteo y Epimeteo. Hesiodo caracterizo a Prometeo como “sagaz y astuto”, luego cuenta: “…cuando los dioses y los hombres mortales disputaban en Melona, Prometeo mostró un gran buey que adrede había repartido, queriendo engañar al espíritu de Zeus”.

Prometeo había recubierto los huesos con la grasa del animal para que así fueran, los restos, más apetecibles para Zeus y por consiguiente la carne pudieran apropiársela los hombres, no obstante Zeus era muy sabio y descubrió la treta, aun así siguió el juego de Prometeo sólo para poder dar un justo castigo a la humanidad.

“Y desde aquel tiempo, acordándose siempre de ese fraude, rehusó la fuerza del fuego inextinguible que brota del roce de los maderos de encina a los míseros hombres mortales que habitan sobre la tierra.”

“Pero todavía le engaño el hijo excelente de Yapeto, robándole una porción esplendida del fuego inextinguible, que oculto en una caña hueca”

La nueva ofensa no hizo sino enfurecer más al gran Zeus que le deparo un cruel castigo al insubordinado hijo de Yapeto:

“Y sujetó Zeus con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras ligaduras alrededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas que le comía su hígado inmortal. Y durante la noche renacía la parte que le había comido durante todo el día el ave de alas desplegadas.” Tal es la descripción que nos brinda Hesiodo.

Este castigo ejemplar fue acompañado con la liberación de las calamidades que Pandora, accidentalmente, desato sobre los hombres. Por ahora no importa si Prometo fue liberado por Heracles y recibió gloria posteriormente, lo que interesa es que Prometeo desafió a los dioses y fue castigado. Icaro, Sísifo, Aracne y Medusa son otras figuras que acompañan a los griegos en la imaginería concerniente a la soberbia.

Horas antes de escribir estas líneas, precisamente tuve oportunidad de vivenciar el pecado de la soberbia. Acudí a la facultad a solicitar a un profesor que fungiera como sinodal del trabajo de tesis que he desarrollado. Como mi trato con él es cordial decidí hacerle saber que mi tema era poco ortodoxo y que estaba lleno de blasfemias en contra del pensamiento científico, del cual él es defensor. Respondió amablemente y me dijo que a pesar de no ser estricto quería asegurarse de que mi argumentación fuera correcta. Entonces, sin pensarlo, respondí que mi trabajo era largo y preciso, inmediatamente me arrepentí de tal presunción, sin embargo, no me retracte pues temía que tal acto tropezara en el patetismo.

La soberbia acaece ante la indigencia del ser, el sujeto se eleva hasta cimas inalcanzables en un acto de equilibrio, como una forma de compensación ante su falta de poder sobre su propio campo de acción. Alguien me dijo alguna vez, y aun resuena en mi memoria alto y fuerte, “no te presentes tan grande, pues no eres tan pequeño”. Esa frase resume muchas vidas desgraciadas.



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