julio 27, 2007

Tres cantares enviados a Unamuno en 1913



I

Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.

Señor, me cansa la vida
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.


II

O tú y yo jugando estamos
al escondite, Señor,
o la voz con que te llamo
es tu voz.


III

Por todas partes te busco
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
sólo por irte a buscar.


Antonio Machado


julio 20, 2007

La lectura ha devorado mi pensamiento



La lectura ha devorado mi pensamiento. Cuando leo, tengo la impresión de “hacer” algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar de la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable.

Émile M. Cioran




julio 16, 2007

La perpetua repetición




Ahora que leo a Cioran me da un poco de miedo, no es que él diga cosas monstruosas, que las dice, sino que algunas cosas que yo he dicho, y que esperaba decir, me doy cuenta, ya estaban en su discurso. Es tremendo sentirse precedido por alguien más, porque uno siente que la vida propia es singular e irrepetible, que por eso mismo vale la pena vivirla, pero cuando caemos en la cuenta que no hay nada nuevo bajo el sol, todo se derrumba, las aves nocturnas de la desesperación arrebatan la poca cordura que un ser puede mantener.

Yo me he sostenido en mi refreno hacia el concepto de realidad, mi certeza de que el mundo es un sueño me había mantenido despierto. Y he revisado con avidez textos malditos que proclamaban la sin razón, el despecho por lo concreto, la soledad; y encontraba lugares comunes, acaso referencias útiles, admiraba el odio hacia el ruido de las personas, admiraba el vértigo que antecede a la nada.

Pero Cioran, apenas me ha mostrado unas páginas y siento que ya ha dicho todo, que incluso su silencio es revelador. Desde ahora hablar será una guisa de la agonía, pues mis palabras las sabré ya pronunciadas, mi aliento utilizado por otra boca, mis angustias superadas por una angustia más basta. Me pierdo en la sombra de una sombra, en los pasillos oscuros de una mente lucida y terrible. Qué me depara el destino sino la ineluctable iteración.


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Por otro lado, he leído una pequeña, pero muy hermosa, entrada en un blog al que me gusta acudir de vez en cuando, vale la pena leerla:

Nota al margen: ¿Todo de cuerda?


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Por cierto, si alguien tiene curiosidad sobre que libros de Cioran he estado leyendo, estos son Breviario de podredumbre en editorial Taurus y sus Cuadernos 1975-1972 en Tusquets.


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Por último, he visto una película completamente nefasta, se llama El secreto, un pseudo documental terrible, un infomercial de hora y media, pensé que después de What the bleep do we know no podría ver algo más doctrinario, ni una tergiversación tan abyecta del misticismo, pero ahora veo que me equivocaba, espero en breve escribir algo sobre eso.



julio 12, 2007

Elefante




Hablar en contra de la violencia en nuestra época es ya un cliché, admoniciones y predicas en contra de la agresión y de la muerte pueblan los legajos desgastados por el uso constante. Mientras tanto, el verdadero valor de la violencia ha sido poco explorado, y los pocos que lo han hecho han sido recibidos con indiferencia. La verdad es que también la masacre común en nuestra sociedad es envuelta por la apatía. Vivimos en tiempos en que la violencia ha perdido su uso ritual, su contacto con lo divino y se ha convertido en un pasatiempo soft de la cultura posmoderna.

Así, hay quienes satanizan la agresión desmedida y quienes ni siquiera piensan en ella. Entre los primeros podemos contar como ejemplo el documental de Michael Moore, pues viene al caso, sobre el asesinato múltiple en la secundaria de Columbine. En dicho documental Moore satiriza los juicios de quienes defienden el libre uso de armas, quienes a su vez utilizan argumentos que rayan en lo ridículo. En ese esfuerzo Moore pierde mucha coherencia, olvida que el uso de las armas no sólo es por mera diversión, sino también funciona como un medio de regulación del poder, en un país tan tendiente a la oligarquía como los Estados Unidos la prohibición de armas para uso civil conllevaría la total sumisión del pueblo ante los grandes poderes que sustentan a ese imperio comercial. Olvida, por otra parte, un lado oculto del asesinato, la belleza.

Quien no olvida ese último detalle es Gus Van Sant, mismo que en su película de nombre Elefante retrata desde una óptica muy diferente a la de Moore los sucesos ocurridos en Columbine. Es muy popular esa antigua parábola de origen presuntamente budista, presuntamente sufi. Aquí la transcribo como la transmite la tradición sufi y que en ella se atribuye a Muhammed Jalal al-Din Rumi, la parábola de los seis sabios.


Seis hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un elefante. Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: «Ya veo, es como una pared». El segundo, palpando el colmillo, gritó: «Esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza». El tercero tocó la trompa retorcida y gritó: «¡Dios me libre! El elefante es como una serpiente». El cuarto extendió su mano hasta la rodilla, palpó en torno y dijo: «Está claro, el elefante, es como un árbol». El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: «Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico». El sexto, quien tocó la oscilante cola acotó: «El elefante es muy parecido a una soga». Y así, los sabios discutían largo y tendido, cada uno excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque parcialmente en lo cierto, estaban todos equivocados.

Van Sant describe en su película una criatura igual de ambigua que el elefante ante los ciegos, un fenómeno que no se conforma con ser una totalidad uniforme sino que se estructura de tal manera que muchos matices emergen del hecho narrado, con significados también múltiples. Por ello el director opta no por la historia simple y lineal, sino por una narración fragmentada con saltos temporales y con un ritmo sosegado y tranquilo.

Actores desconocidos dan vida a los estudiantes de la preparatoria y las tomas, largas y lentas, cuya perspectiva es la de un observador pasivo y sin juicio, acompañan a dichos actores a través de las actividades representadas. La vida cotidiana es sencilla y sin emoción, las complejidades, si las hay, son las propias de la juventud, que no son pocas. En este aspecto del drama se asiste también a otra característica que llama mucho la atención, la soledad, pues si bien los amigos están a la vuelta del pasillo, una chica esperando a un chico, los adultos que creen que pueden enseñar algo, no hay un resquicio de empatia, sólo palabras que se entrecruzan, miradas, roces, pero la soledad predomina en el trato de estos individuos. Nada más cercano a la vida real.

No hay opinión, no hay alarde de moralismo, el hecho central se intuye más o menos a la mitad del filme. La única diferencia entre los futuros asesinos y los demás estudiantes son una o dos circunstancias, algunas actividades particulares y cierto desprecio latente. “Lo importante es divertirse” se dicen uno a otro, y es que lo sagrado se ha tornado fuente de diversión, hasta lo lúdico ya no se plantea en su aspecto trascendental. A las personas les repugna el sacrificio ritual de otros pueblos, no se dan cuenta de que ese repudio ocasiona que la civilización lleve acabo sacrificios semejantes pero sin tener control de ellos.

La película en cuestión no da sermones, ya se dijo, se dedica al contrario a narrar los hechos precedentes; no importan las causas que desencadenan los sucesos sangrientos, es un día hermoso y el otoño desprende las hojas de los árboles, lo que sucederá apenas será importante para algunas personas, el universo no se empobrecerá ni se enriquecerá siquiera un poco. Columbine es una piedra lanzada en el océano. Por otro lado esto es incierto, pues cabe la posibilidad de que todo esté conectado. Desde tal punto de vista cualquier cosa es semejante en sus repercusiones, el movimiento de una mano es análogo al colapso de una estrella, Columbine entonces no seria más importante que cualquier otro hecho, “Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas” decía Withman.

Por lo tanto, cada acto retratado en la película tiene importancia primordial, la masacre apenas es otro eslabón en la cadena del día. En eso radica la belleza de la película, en mostrar un universo en que todo es igual de irrelevante (o relevante dependiendo de cómo se desee observar).

Paisajes claros, tomas poco ortodoxas, una narración heteróclita dan estructura a esta película, y desatan con ello una reflexión profunda sobre la vida humana, diferente a las que nos tienen acostumbrados los noticiarios. La crítica se ve superada por la contemplación pasiva, verdadero instrumento del saber, y un camino de hojas estivales desaparece para dar paso a un cielo verdoso, lleno de nubes; la violencia nunca fue tan esplendida.



julio 04, 2007

Intencionalidad




La palabra intención tiene su raíz etimológica en el término intentio procedente del latín, el cual significa tender hacia algo. En la escolástica este concepto era usado para designar la dirección intrínseca de todo acto de conciencia, pues todo pensamiento estaba, así se proponía, ligado irremediablemente a un fin que le proporcionaba una orientación concreta.

Este concepto vuelve a aparecer en la filosofía de Franz Brentano y posteriormente en la de Edmund Husserl, padre de la fenomenología. Para esta última doctrina constituye la sustancia principal en la que los presupuestos fenomenológicos habrán de fincarse, pues la intencionalidad proporciona el pretexto para que las diferentes reducciones del método puedan llevarse a acabo.

Señalada como una característica fundamental de la conciencia, la intencionalidad se explica bajo los términos de la disposición del pensamiento. La conciencia siempre ha de ser conciencia de algo, inclinada constantemente hacia un objeto de referencia, por lo cual todo conocimiento es dueño de una intención, es decir, el entendimiento es siempre conocimiento de un objeto.

La fenomenología se designa como ciencia de los fenómenos, ya que el hecho de que la conciencia tenga una intención reduce su campo de acción a únicamente lo que aparece ante ella. Todo aquello que no sea fenómeno queda descartado del campo perceptual del acto de entendimiento.

No existe, por lo tanto, una conciencia desligada, todo acto corresponde a un objeto, el pensamiento no se ha de concebir como un proceso puro porque en su forma primaria ya contiene al ente al que hace referencia.

Dicha entidad tampoco tiene una sustancia real, es sobre todo una cosa fenoménica. Su realidad es posible solamente en la conciencia. Por esta característica, se infiere que si la conciencia es percepción de algo, también ese algo existe en función de quien percibe, el objeto concurre meramente para el sujeto y nunca por sí mismo.

Así que se intuye un proceso reciproco entre la conciencia y el objeto, pues si la conciencia tiende al objeto, el objeto existe únicamente frente al ser conciente, por lo que ambos resultan ilusorios si se conciben separados. Los dos conceptos funcionan de tal manera que sus acciones son siempre interacciones y ante esta verdad se puede añadir que su individualidad conceptual resulta inconcebible.

Cualquier acto, entonces, es un acto con orientación específica, amar conlleva al objeto amado, ver a lo visto, vivir a lo vivido. Por lo cual la intencionalidad define la acción en proceso, o lo que podríamos denominar la vivencia. Precisamente la vivencia es la única forma de existencia, pues la dinámica del ser conciente es, valga la redundancia, una dinámica persistente. El movimiento es la realidad invariable de los seres, la transformación sucede sin contratiempos, pues el universo es perceptiblemente mutable.

Cuando un sujeto observa al mundo, por generalizar, se crean dos fenómenos semejantes en aquel acto, uno es el mundo objetivo y otro el mundo subjetivo, los dos son igual de irreales, no se puede saber nada de ellos, lo único que los liga es la inmanente intencionalidad, ella les da sentido y coherencia. Por esto se puede señalar que lo único trascendente del hecho descrito es el proceso que une ambas imágenes, acción que se define por la vivencia, es decir, el hombre observando el mundo no es otra cosas que el hombre en el mundo. Además, si la conciencia presupone al objeto, se deduce que el mundo y la conciencia son uno mismo, y lo que es más, la conciencia es ya el mundo.

Husserl distingue así dos conceptos en el acto de la intencionalidad, uno es la nóesis, que se refiere a una intelección en sentido activo, al acto de conciencia por sí mismo o el entendimiento en un momento primario. El otro concepto es el nóema, el cual es la noción en estado pasivo, representa, por ello, al objeto que da sentido y contenido a la vivencia del ser conciente. Ambos, nóesis y nóema, son, gracias a la intencionalidad, inseparables; también son, por así decirlo, la unidad de la vivencia.

Por último, cabe precisar que si bien es cierto que la conciencia contiene al mundo no es menos verdadero que el mundo contiene a la conciencia, esta paradoja abriga un solución implícita, y es que ni el mundo ni la conciencia existen por sí mismos, únicamente tienen sentido en la acción que lo une, en el proceso intencional que les proporciona significación. Para Husserl la manera de llegar a esta fase de entendimiento de los fenómenos es a través del método fenomenológico trascendental, es decir, la reducción constante de las barreras que anteceden a la esencia del fenómeno. Así a través de una epojé y una reducción eidética se puede llegar a la unidad de la conciencia, la etapa en donde nóema y nóesis aparecen inseparables y en donde el sujeto trascendental se hace real.


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