noviembre 18, 2010

El Secreto, la sabiduría deficiente


Por: Alejandro Chavarria Rojo


La más nueva farsa de la New Age hace su aparición de la pluma de una escritora australiana llamada Rhonda Byrnes, primero en libro luego en película, y de nuevo asistimos a la decadencia de la razón, a la ingenuidad como ídolo predominante, a la mesmerización de masas de desesperados, de obtusos, de almas en pos de una felicidad puramente material, esclavos de la angustia posmoderna, del capitalismo más cruel, destructor de la capacidad critica e impositor de dogmas triviales y métodos nuevos de explotación.

El filme basado, por supuesto, en el libro, comienza como si de una novela de Dan Brown se tratara, el misterio antes de la sorpresa, el sigilo, la duda, lo desterrado de la luz, y luego una tabla con extraños caracteres, La Tabla Esmeralda, ella es la imagen del secreto. Desde aquí comienza la farsa, La tabla esmeralda es un texto breve atribuido al mítico Hermes Trismegisto, su contenido está formado por varios preceptos que se supone transmiten la esencia de la gran obra alquímica, del poder de transmutación implícito en los objetos minerales, si esto es un secreto no tiene nada que ver con el de la película en cuestión, su contexto es el de los sabios alquimistas, pobres espíritus degradados por el pensamiento moderno a ser meros visionarios anodinos, pero cuya labor no ha sido comprendida aun en su totalidad.

Este es el tono general del Secreto, la seudomística, la espiritualidad tergiversada hasta ser un elemento ajeno a sí misma. Arma dogmática que palia la necesidad religiosa inherente a la especie humana, para al final dejar insatisfecha tal necesidad y elevar de nuevo la desazón a las cimas altas de la carencia, convirtiendo tal proceso en un círculo vicioso en donde el elemento abyecto es el ideal corrompido, el Secreto en este caso.

El Secreto es sencillo y es múltiple a la vez, en concreto se trata de que el universo es “mental” y de que el hombre lo crea. El pensamiento, se dice, es la fuente de energía más poderosa, capaz de moldear el medio a su antojo, de cumplir el deseo más absurdo, la imaginación más desaforada. Todo es posible por medio del pensamiento, desde una taza de café hasta curar una enfermedad terminal, desde un sitio de estacionamiento a la fortuna monetaria.

La ley fundamental que sostiene la existencia del Secreto es la ley de atracción, una ley sin soporte científico, cuyo nombramiento es meramente arbitrario pues de ninguna forma cumple los requisitos que las leyes científicas requieren. Es decir, es una ley autoproclamada, casi dictatorial. Dicha ley dice que todo lo que pensemos estará cerca de nosotros, en otras palabras, las personas atraen lo que pasa por su mente. Si piensas en las cosas que quieres se cumplirán, pero si piensas en las cosas que no quieres también se cumplirán aunque de forma aciaga.

Este punto ya es preocupante, pues en la mente suceden muchos pensamientos y la mayoría están más allá de nuestro control, un cambio de posición optimista es una nimiedad para los procesos inconcientes. No puedo imaginar cuantas humanidades ha destruido una sola persona, cuantos crímenes ha cometido, las veces que cada individuo ha derramado la sangre del universo mismo. El Secreto permite el horror.

Luego vienen ciertos pasos para aprovechar esta ley de atracción, he aquí la multiplicidad, ellos son: el pedir, el recibir y el ponerse en consonancia con el universo. Así si se pide algo el universo se encarga de proporcionarlo, pero durante el envió del articulo habrá que concentrar las ideas en el objeto deseado. Este sistema de envió no es seguro, y si tarda mucho tiempo es culpa del sujeto que no se encuentra suficientemente convencido de que desea en verdad su producto. Digamos que la empresa del universo pone esto último en letras pequeñas, excelente estrategia para una corporación de tal envergadura.

Y eso es el Secreto, querer, pedir y recibir. La vida, así vista, queda reducida a una mañana frente a programas de infomerciales, a un telemarketing espiritual.

Por supuesto esta idea de por sí es terrible, proclama el estatismo como forma de vida, cierto es que la pasividad es el fruto de la sabiduría, aprender a no actuar es la enseñanza final de todo hombre, pero esto requiere una vida comprometida con la preparación espiritual, sacrificios y sufrimiento, y al final la pasividad es solo evidente. El secreto en cambio proclama la vida inútil, pedir y esperar, no hay más que hacer, no importa el trabajar duro, el luchar por las ideas, el esforzarse en construir algo, esto es inconveniente, todo se reduce a sentarse e imaginar.

Tal actitud, al parecer inocua, esconde tras de sí el ideal de todo gobierno autoritario, implantar la pasividad y el hedonismo como formas de control. No hay mejor manera de gobernar y de vender que si el electorado está constituido por una masa de inconscientes cuya única preocupación es la satisfacción personal. Ahí donde el individuo es rey no hay lugar para el alzamiento en armas, para la protesta, para la revolución. Y sin criterio ciudadano las políticas de estado pueden ser despóticas, y que peor dictadura que la oligarquía de lo comercial, del consumo desmedido. El Secreto: una faceta más de los medios de explotación.

Los primeros en acudir a este recurso han de ser todos los infelices cuya vida ha girado en torno al sueño del consumismo y se ha colisionado con las puertas de la realidad. Por otra parte, los pocos que han logrado alcanzar un alto estatus económico se han dado cuenta, tarde, que la profundidad de la tristeza es inherente al género humano, los lujos son distractores, pero no solucionan la esencia de la melancolía. Sueños fatuos los del hombre que quiere ser feliz, abnegará su vida a un delirio, a una ilusión corrosiva.

La responsabilidad de la vida no es del universo, es del hombre que está poseído por ella, la existencia exige dolor y voluntad, el secreto omite que el hedonismo únicamente es una parte del ser, que su estancia en el mundo requiere contrastes, paradojas, que si el hombre busca crecer debe prepararse a enfrentar las crisis, y que si las salda otras advendrán y así por el resto de sus días, tal es la aventura del hombre, tal es su sino. No hay fatalidad, sin embargo, momentos de éxtasis se entrecruzan con instantes de sufrimiento, así el hombre crece, se conoce a sí mismo y alcanza la inexistencia, acaso único remanso plausible.

El secreto basa su propuesta en una deformidad, en un desequilibrio, pues cree que todo en el mundo tiende al bienestar, a la armonía. Pero esto no es así, el sinsentido tiene también su parte, el caos reclama la potestad del cosmos, nuestro vociferado orden es una delusión, las galaxias chocan constantemente, los soles mueren y las pequeñas partículas colisionan cada segundo sin razón aparente, si el universo no prescinde del caos menos nosotros, breves criaturas, granos de arena en un desierto infinito.

Se equivocan los que proclaman que el mundo debe ser bueno, el Diablo tiene su lugar propio y lo merece, a él debemos el movimiento, la dialéctica, la renovación de las energías. Sin su actuar perverso qué seriamos sino meros objetos de los juegos de Dios. Sin el mal no habría albedrío ni dinámica.

Se intuye, por tanto, el horrible desequilibro a que insta la enseñanza del pretendido secreto. Un mundo en que todos tuvieran todo, en que la felicidad se extendiera, seria una pesadilla, el hastió no tardaría en convertir a los felices en asesinos, la masacre solucionaría al fin tan estigia situación. Por suerte esto no es posible, las barreras de la política y de la economía resguardan la fluctuación del capital y la distribución desigual del bienestar y de la infelicidad.

Pregunta un “filósofo” en la película, “¿Porqué crees que el 1% de la población gana alrededor del 96% de lo que esta siendo ganado? ¿Crees que es una casualidad?”. Claro que no, y la respuesta real no es concordante con el Secreto, habría que decir que a esta desigualdad se le llama Capitalismo, periodo histórico y acomodación económica que fue estudiada hace tiempo por un filósofo de verdad llamado Karl Marx; la plusvalía, los medios de producción y una tal clase proletaria tienen que ver con dicho fenómeno.

Pero el discurso del “filosofo” de la película, cual charlatán, es seguro e intimidante, hace pensar que en realidad cree que proclama la verdad única. Como él todos los oradores exponen su peculiar secreto, su alegato lleno de contradicciones y de credos pecuniarios, oradores que se distinguen por títulos como: “Visionario” “Autor” “Filosofo” “Metafísico” y otros igual de irrisorios. Estos “visionarios” le exigen, y es que la doctrina es ya una exigencia, a la gente que crea, que forje sus sueños en lo meramente fastuoso. Sin ir demasiado lejos Jack Canfield el escritor de un libro que no merece nombrarse, habla de cómo consiguió su primer millón de dólares. A eso se le llama marketing y su empresa, basada en un libro insulso, florece gracias a personas ingenuas, pobres de espíritu, las mismas que seguramente creerán en el filme del que aquí se habla.

Ni siquiera el misticismo es tan incauto, veamos una cita del Kybalion, otra presunta obra de Hermes Trismegisto que aclara muy bien la imbécil posición del Secreto:

El sabio a medias, reconociendo la irrealidad relativa del Universo, se imagina que puede desafiar sus leyes, ése no es más que un tonto vano y presuntuoso, que se estrellará contra las rocas y será aplastado por los elementos, en razón de su locura.

La negación presuntuosa llena la diégesis del Secreto, última forma de la empresa de la Nueva Era, profundo accidente en el camino del entendimiento humano. Documental falaz dueño de un lenguaje doctrinario y de recursos arguméntales pueriles, de citas fuera de contexto, que forman juntos una sabiduría para tontos, deficiente. El rostro de este secreto debería ser, si la razón tuviera un lugar en el mundo, al menos invisible, pues su crasa presencia insulta la inteligencia de los hombres.


Julio del 2007

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