diciembre 29, 2010

El Sueño


Por: Alejandro Chavarria Rojo


Si se despertara ese rey te apagarías como una vela.

Lewis Carroll, A través del espejo



El tema de los sueños es verdaderamente intrigante, sobre todo para el hombre moderno que inmerso en su fantasía de racionalidad, presencia, en los sueños, una dimensión que se escapa a su entendimiento, a su lógica lineal y fragmentaria. El hombre moderno no entiende los sueños, y sufre porque quisiera hacerlo, pero tampoco se entiende a sí mismo; ha perdido la capacidad de dialogar con sus sueños, así como ha perdido la capacidad de dialogar con otros hombres.

El lenguaje de los sueños es confuso e indeterminado, desesperación de los racionalistas. Pero es impalpable sólo porque se ha olvidado la sustancia esencial de la que provienen y la función a la que sirven.

Jung relata que al trabajar con los sueños es importante utilizar sólo el material visible, lo manifiesto del sueño, él dice: “Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él”. Es importante, para Jung, insistir en el objeto del análisis, y cada vez que el paciente se desentiende del mismo, es preciso urgirle “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”

¿Qué dice el sueño? En la cotidianeidad del hombre hay cosas que su entendimiento no alcanza a vislumbrar, fenómenos que atraviesan su halo perceptivo e impactan en una zona regida por la incertidumbre, para estos casos el sujeto utiliza el lenguaje simbólico, multivoco por definición. El símbolo es un elemento condensador, en el se destilan múltiples significados, facetas extrañas y variadas; un símbolo siempre es más de lo que parece, es una totalidad que encierra totalidades. Y precisamente los sueños componen su mensaje con estos elementos alegóricos, pues lo simbólico abarca situaciones que no son alcanzadas por lo simples signos, a los que tanto se ha acostumbrado el ser humano.

El lenguaje común se forma por signos preestablecidos, univocos, que sirven de estructura consensual para la comunicación. Pero hay dimensiones que escapan este lenguaje, hay cosas que no es posible atrapar en palabras, y si bien es cierto que nuestro mundo está limitado por el lenguaje, a la manera de Wittgenstein, formamos parte de un cosmos que trasciende este límite consensual. Para acceder a este mundo los lenguajes alegóricos, las símbolos, son la principal herramienta, y los sueños son el canal por el que los mismos trascurren.

Tal dimensión actúa irremediablemente de forma velada, pues nuestra visión nos limita, pero su función, al menos la que podemos imaginar, es de importancia primaria para el hombre. Otras culturas sabían que el universo era una ilusión solamente, y la trataban como tal, no caían en el error común de nuestra época de tratar la realidad como si existiera. Para algunos pueblos el sueño no era diferente a la vigilia, y así un hombre cazaba un león en sueños y podía estar seguro que todo había sucedido realmente. La mayoría de los sueños no eran considerados importantes, pero había sueños que contenían una profusión de símbolos tal que se creía eran de suma importancia para toda la tribu o pueblo, estos eran “sueños grandes”.

El Eclesiástico (XXIV, 1-6) nos advierte sobre la vanidad de los sueños, a menos que estos provengan de Dios, así Daniel pudo descifrar los sueños de Nabuconodosor y José los del faraón. Pero Dios también presento mensajes, algunos grandes otros convenientes, a sus siervos, los sueños de Salomón, de Jacob y de Mardoqueo son muestra de ello. Los mensajes y advertencias en el transito de los héroes en la mitología y los cuentos son dados a través del proceso onírico en que se sumen.

Por ello se dice que el papel de los sueños es el de proporcionar estabilidad a la psique del soñante. Jung afirma que “La función principal de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico”. Esto constituye la función compensadora de los sueños, aquella que deriva en la búsqueda constante de homeostasis a nivel psíquico. Dicha compensación responde a la excesiva prioridad que el sujeto imprime en las conductas y patrones de comportamiento de su vida cotidiana, a los modelos rígidos de su perspectiva y al sobredesarrollo de la función primaria de su personalidad.

También es importante resaltar que los sueños emanan del inconciente, así como lo hace cualquier objeto del entorno. Por ello el lenguaje de los sueños carece de temporalidad y espacialidad restringidas, ya que el inconciente, como si de un En soph se tratara, es perfecto en su estructura, infinito y eterno, características que pertenecen a las deidades caóticas. Y ya que los contenidos del sueño son por tanto de índole psicoide ni siquiera se puede afirmar que es posible contactar el estado onírico, en cambio lo que se nos presenta es la manifestación del mismo, pero en un nivel más o menos discernible.

Por el hecho de que el contenido del sueño es inextricable, lo que se presenta es la intención del sueño filtrado a través de la historia personal y de, en ocasiones, cierta simbología latente en el inconciente colectivo. Jung recomendaba “Aprendan todo cuanto puedan acerca del simbolismo; luego, olviden todo cuando estén analizando un sueño”. Ningún simbolismo proveniente de la esfera onírica ha de ser tomado, por lo tanto, como algo separado del individuo, por eso la exégesis más ardua es la que supone la experiencia personal del sujeto analizado.

El propósito de los sueños no conoce límite, su energía es tanta que el conciente tiene que hacer grandes esfuerzos para evadir el mensaje que proporciona, pero ésta es una empresa inútil, los sueños siempre acaban por revelarse. La palabra ángel deriva del latín ángelus que a su vez tiene raíces griegas (ángelos), y significa mensajero, semejante significado tiene en hebreo la palabra mal’ak. Un ángel es un mensajero de Dios. Por lo que podemos decir que un sueño es un mensajero de un dios omnipotente y omnisapiente que acaso nos habita y nos trasciende. “No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano sino más bien una bocanada de naturaleza” afirmaba Jung.

Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, decía Shakespeare, y Dunne conjeturaba que al soñar entrábamos en contacto con el trozo de eternidad que nos correspondía (aunque trozo y eternidad son conceptos excluyentes), ambas noticias son referidas por Borges. En la película del género anime Páprika del director Satoshi Kon, se relata cómo un experimento con los sueños desata las energías del inconciente colectivo, y cómo estas terminan por tergiversar incluso el mundo real. La protagonista tiene un alter ego en el mundo onírico y su nombre es Páprika, justo en el clímax se desarrolla una conversación en la que la protagonista insta a Páprika a que acate inapelablemente sus ordenes, ella argumenta que su representación onírica es parte de ella misma y tiene que obedecerla, entonces Páprika responde interrogando “¿No has pensado alguna vez que quizá tú eres una parte mía?”.

De similar forma es la curiosa experiencia que alguna vez tuvo Jung. Él soñó que estaba frente una casa de oración, su posición era la del loto, en aquel momento advirtió que muy cerca se encontraba un yogui envuelto por la paz de la meditación. Se acerco, observo el rostro del hombre y horrorizado vio que era su propio rostro, despertó y pensó: “es él el que medita; ha soñado y soy yo su sueño. Cuando despierte, ya no existiré”.

Prodigamos la confusión de los sueños, y estos son quizás demasiado claros, alardeamos de su banalidad y sin embargo son más significativos que el mundo real, y vivimos como si estos fueran un desecho de la vida en vigilia, e ignoramos así que los sueños son la sustancia de la que somos reflejo. Pero los sueños no nos ignoran y siempre están hablando, su mensaje es fuerte y a veces demasiado atronador. La razón no los abarca pues todo intento de subyugarlos termina en el fracaso, conviene entonces acercarse a los sueños con paso cauteloso, con oídos abiertos y con una esperanza humilde, pues hacer caso de los sueños es tarea necesaria de quien emprende el camino de la trascendencia.


Octubre del 2007

diciembre 09, 2010

Ante el fin de las instituciones



Por: Alejandro Chavarria Rojo

Cuando la desconfianza del publico, de las nuevas generaciones, en las instituciones que sustentan los procesos de socialización, llega a tan altos niveles como los actuales, cuando el malestar general amenaza los organismos de control político-económico, cuando toda institución, incluso la familia, es puesta en evidencia negativa por la comunidad en general, resulta erróneo indagar acerca de la confianza de las personas en dichas instituciones, es más conveniente hacer un recuento y aceptar la naturaleza de todo lo imaginario, es decir, su disolución ante la realidad.

Para este propósito es debido pensar que nuestra época sólo es una sucesión de aconteceres en un periodo histórico limitado, hay que centrar el problema que trataremos en un momento histórico determinado, pero no sin olvidar sus orígenes, su génesis a través de las imbricaciones fabularías que constituyen lo que llamamos La Historia.

El punto de comparación de nuestra sociedad actual es el periodo inmediato al que ésta sucedió, la Edad Media. El periodo Medieval se reconoce por su aludida inclinación a la ignorancia, es un periodo que recordamos por la falta de sensatez, de ideas, de razón. Lo llamamos peyorativamente “Oscurantismo” e imaginamos su existencia en el tiempo como un velo negro sobre las luces de la razón, que a su término resplandecieron con fuerza.

Nada más falso. El Medioevo debe ser visto como una época en que tal vez el racionalismo no imperaba, pero que era compensado por una imagen orgánica del mundo. Fenómenos como la brujería lo hacen notar, el ser humano no era un ser fragmentado, sino parte de una unidad que lo sobrepasaba, parte de un todo natural que le daba sentido a su existencia.

Las instituciones que daban peso a esta forma de vida fueron la monarquía, los feudos y la iglesia. Lamentablemente, como ocurre casualmente con el poder, este corrompe lo que este a su alcance, a lo que sea débil de espíritu, y qué criatura más débil de espíritu que el hombre. Las instituciones de alguna manera no pudieron sustentarse de forma correcta y colapsaron, lo cual no significo su fin sino más bien una mutación en sus órdenes previos.

Pero esto no es nuevo, las instituciones van y vienen, esa es su dinámica, podemos conocer los límites de una época por el tiempo entre el auge y el desmoronamiento de sus aparatos públicos. La historia de una cultura es la historia del principio y fin de sus instituciones.

Veamos la importancia de estos organismos. Si aceptamos la hipótesis de Freud que indica que el hombre es en esencia un conjunto de pulsiones que esperan ser satisfechas, entonces debemos admitir que el yo es un medio represor de la esencia humana, al anteponer el principio de realidad al principio de placer también reprime las exigencias inconcientes del sujeto social.

Admitamos que, como dijo Hobbes, homo homini lupus. El hombre es un ser autocomplaciente por naturaleza y necesita para su supervivencia ciertos medios que pongan limites a su despreciable ambición de narcisismo y de deseo de dominación sobre los objetos.

Dice Laplantine que “toda cultura nace de una paradoja inaudita […] la cultura nos “acultura”, es decir, no enseña a renunciar [y] nos promete lo imposible: la felicidad absoluta y la reconciliación total”

La cultura nace como una herramienta que despoja al individuo de su demanda de amor infinito, de tranquilidad, de paz, de ese sentimiento oceánico del que también habló Freud, nos despoja de la unión con el símbolo al que siempre trataremos de regresar, la madre. Nos quita todo ese placer con el propósito de poder funcionar correctamente en un medio social preestablecido, nos moldea hasta el punto en que somos capaces de desenvolvernos con semejantes y aportar algo a la supervivencia del sistema institucional.

En esta parte resuena aquella ideación freudiana referente a la “horda primitiva”. Lamento no tener para consulta el libro así que me valdré de un texto de Herbert Marcuse , en cuyo brevísimo estudio previo se hace referencia a esta hipótesis.

Este individuo, el padre, se impuso a los otros, y a fin de garantizar la cohesión de la horda, organizada en la dominación, impuso una serie de restricciones: monopolizo a las mujeres –es decir, el placer- y estableció en consecuencia unos tabúes y unos deberes hacia la comunidad –fundamentalmente el deber del trabajo a fin de satisfacer las necesidades del grupo-. Pero los hijos se rebelaron contra los tabúes que impedían la obtención del placer y contra los deberes penosos; la rebelión culmino con el asesinato del padre, que fue sustituido por el clan fraterno, pero este, a fin de asegurar la cohesión del grupo, mantuvo las prohibiciones, los tabúes que el padre había implantado.


De esta forma nace el super ego y con ello la civilización tal como la conocemos. Marcuse agrega que: “El recuerdo de los impulsos y las acciones prehistóricas sigue persiguiendo a la civilización”.

Así que el conjunto de hermanos comete el ansiado parricidio, pero al ver que no hay control en su horda establece de nuevo los preceptos que el padre había usado para el control social. La culpa es doble, matar a quien se ama, porque ellos amaban al padre después de todo, y después inmortalizar al tirano, porque el padre también era un tirano, de acuerdo con Freud así nace el Tótem.

Vemos entonces que las instituciones son esa continuación del poder tiránico que el padre ejercía, son la imagen simbólica de un padre omnipotente y omnisapiente, que impone reglas para que la sociedad funcione como un órgano coercitivo en un estilo eficiente. Esta es por lo menos la base de todo patriarcado, como lo es nuestra cultura.

Las instituciones funcionan como el vínculo del individuo con lo social, de cierta forma las instituciones son la representación física del poder, por lo tanto sus limitantes son muchas, pero sus alcances también, el miedo que engendran, el repudio, son necesarios para el cumplimiento de las leyes, de los acuerdos y de los edictos por los que transita la socialización.

Pero nunca existirá un acatamiento total de las fuerzas institucionales, el hombre en su interior busca eso que la ley restringe, eso que la iglesia niega, eso que el estado oculta. Busca el poder de ser él mismo, mientras que las instituciones lo que buscan es su normalización, su apariencia, nunca su esencia.

La rebelión contra el padre, que desembocara en el parricidio, puede que no sea una constante en el curso de las civilizaciones, aunque podemos observar que si las instituciones están imbuidas de todo ese poder falico representativo de lo masculino, del padre, entonces es posible que nuestro destino no sea otro que el de Edipo.

No podemos negar que nuestra civilización occidental se encuentra en un transito peligroso hacia una etapa histórica ulterior a la modernidad y como se dijo anteriormente la historia esta limitada por el desmoronamiento de sus instituciones, esto es claro en la historia de nuestra cultura.

Lipovestky observa que:

Aquí como en otras partes el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejercito, la familia, la iglesia, los partidos, etc. ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en ellos ya nadie invierte nada.

Cuando nos enfrentamos a un tiempo en donde el paro es la situación laboral de muchos, en donde la iglesia ha perdido toda credibilidad, en donde la institución de la familia es difusa, en donde el poder es corrupto, en donde el estado es negligente, la credibilidad en las instituciones se ve tremendamente mermada, la generación de jóvenes que actualmente conviven con el organismo institucional desconfían gravemente de él. Siempre han desconfiado pero ahora se revelan abiertamente.

En el 68 se pudo asistir a una singular rebelión de los jóvenes contra “el sistema”. Los temas eran principalmente la discriminación racial, los derechos de las mujeres, el fin de la guerra (de Vietnam). La rebelión término, después de todo no era más que un espectáculo, sin fundamentos firmes, pero dejo atrás una inquietud que aun pervierte a las mentes jóvenes de esta época, las pervierte en el sentido que Baudrillard le da a este concepto, la perversión de los términos.

Esta inquietud perversa consiste en el quebrantamiento del poder de las instituciones, antes omnipotentes. Ahora se sabe que no son invulnerables, que pueden ser presa del miedo y de la destrucción y que deben ser exterminadas, porque nos han fallado, porque no han cumplido con el sueño que prometieron. La paradoja con la que Laplantine antepone la “aculturación” es que después de esta represión violenta la cultura promete la felicidad al individuo sabiendo que esto es imposible.

La modernidad prometió la felicidad y no pudo cumplirla, como era de esperarse. La modernidad sólo pudo sustentarse por su oposición al antiguo régimen teocrático como lo refiere Touraine: “La idea de modernidad no obtiene su fuerza de su utopía positiva, la de la construcción de un mundo racional, sino que la obtiene de su función crítica y por consiguiente, sólo la conserva mientras persista la resistencia al pasado.”

La idea de modernidad se funda en la descomposición de la antigua organización social basada en Dios, la era medieval basaba sus funciones en la fuerza de lo divino. La modernidad sustituye esta coerción divina por una coerción terrenal, aunque no menos numinosa, que es la ciencia fundada en la racionalidad.

La racionalidad auguraba un futuro utópico, en donde el hombre seria vuelto al paraíso por medio de los avances técnicos, imaginaba un reino de jauja en donde la tecnología dominaría y resolvería los problemas del ser humano. El comunismo, por ejemplo, es esa fase en donde las maquinas harían el trabajo, permitiendo al hombre enfrascarse en problemas puramente espirituales, esta era la respuesta al capitalismo que Marx soñaba.

Como ya se menciono este sueño fallido constituyo una gran depresión para aquellos que habían abdicado su voluntad a un sistema racional en aras de un paraíso prometido. La humanidad vivió una etapa en donde lo que se buscaba era el ascetismo, el compromiso y el sacrificio, una era prometeica que, se suponía, traería cosas mejores para todos.

El padre que prometía recompensas a cambio de la obediencia, no cumplió con su parte del trato y los hijos ahora se vuelven contra él, lo desprecian, lo odian hasta la muerte. El sentimiento de parricidio aflora, sobre todo porque el padre sólo fue represor, nunca dador. Y es que la única figura que puede ser dadivosa es la madre, pero en este lapso histórico, que supone la modernidad, la madre estuvo fuera del juego, aparentemente.

Lo femenino es lo único omnipotente, lo masculino tiene el poder, pero lo femenino imprime la potencia necesaria para el funcionamiento del universo. La época de la razón, que es un atributo masculino, no hubiera podido salir avante, aunque fuera un mínimo tiempo, sino es por su resistencia (inútil) a lo femenino.

Dice Bettelheim: “los hombres han erigido su poder y sus instituciones solo para contrarrestar los poderes originales muy superiores de la mujer” continua diciendo Baudrillard “El motor no es la envidia del pene, al contrario son los celos del hombre de la fecundación de la mujer” , diríamos que de la capacidad creadora de la mujer.

El hombre trato de crear a través de la producción y fallo, y los hombres que resultaron de este intento fallido de creación están intensamente contrariados, no entienden, se encuentran confundidos, llenos de odio, pero sin dirección. Esto pasa desde hace algunas generaciones a la nuestra, y puesto que el padre (las instituciones) sucumbe, los jóvenes maduran sin ejemplo, sin un símbolo masculino que les proporcione una guía apropiada.

En la novela “El Proceso” de Franz Kafka, el protagonista llamado simplemente Joseph K. es un hombre solitario, abrupto, sumamente orgulloso, y sin padre. La novela muestra una alegoría de lo que Kafka hace notar en su “Carta al padre”, la desconfianza, el recelo hacia las figuras de autoridad. La institución que supone la ley, abate todo su misterioso poder sobre el desprevenido K. y este acaba muerto puesto que la absurdidad, que le parece (y que a todos nos parece) es algo con lo que nadie le enseño a enfrentarse. La única figura paterna de K. es su tío, que aparece retratado de forma patética, como es retratada toda institución que esta cerca del individuo actual.

Robert Bly menciona que:

Cuando el trabajo administrativo y la revolución informática comenzaron a dominar, el nexo padre-hijo se desintegro. Si el padre habita la casa sólo por una o dos horas en la noche, la escala de valores femeninos, maravillosos como es, será la única escala en casa. Se podría decir que un padre pierde a su hijo cinco minutos después de haber nacido.


El joven que crece sin padre, tiende a demonizarlo. Esta es una reacción natural del ser humano ante lo desconocido. Cualquier nueva situación pone en riesgo la cotidianidad del aparato psíquico, cualquier cambio tiende al desequilibrio de este, y lo que busca el mismo es la seguridad. Consecuencias de nuestra pobre gama de instintos.

Entonces un padre que no esta, resulta muy sospechoso. Si el niño no conoce a su padre o lo ve muy poco, la vacuidad creada por esta ausencia será llenada por muchos demonios que provocaran un rencor profundo en contra de la figura paterna.

Cuando la suspicacia es tan extrema, cuando el vínculo es tan débil, los jóvenes tienden a destruir lo creado por el padre, porque es malo, porque fue creado por ese ser malvado que supone la ausencia con la que crecieron. “Cuando un hijo actúa a través del miedo a lo demoníaco se transforma en un ser chato, banal, aislado, seco” hace notar Bly, porque la psique se aferra a esas tempranas percepciones que llegan a constituir un terreno sedimentoso, pero conocido.

¿Qué tiene que ver este fenómeno, de la ausencia del padre, con la sociedad y sus instituciones? Tiene que ver todo. Como diría Borges (y los gnósticos antes que él) el orden inferior es un espejo del orden superior. Este temor, odio y desconfianza que inspira la figura paterna en las jóvenes generaciones es el resultado de la transición simbólica que hay entre instituciones las sociales y el padre, ambos cumplen el mismo papel, ambos son derivados de la misma función.

Si los jóvenes sospechan oscuridad en la figura del padre, es porque la figura falica por excelencia ha obrado de manera destructiva, y si por mucho tiempo se había sostenido en la esperanza y en la condenación del antiguo régimen, ahora la nostalgia del pasado, la nostalgia de lo materno derrumba fácilmente todo el aparato formado para unir al hombre en sociedad.

Volvamos a la hipótesis freudiana de que a favor de la razón se ha sacrificado la fuerza instintiva por una identidad personal y por un estatuto social. Se parece mucho al ideal de Nietzsche cuando habla sobre lo dionisiaco. El retorno de Dionisos significa que “A pesar del terror y de la piedad, gustamos de la dicha de vivir, no como individuos sino como participantes en la sustancia viva y única que nos engloba a todos en su voluptuosidad, de la cual nace la vida”. Para Nietzsche la única forma de elevarse sobre los valores mundanos, la única forma de terminar con nuestra culpa por haber matado a Dios es detener la preponderancia de Apolo, su ascetismo, y sustituirlo por la reinvención de Dionisos que supondría liberar al hombre de sus barreras.

Pero si el hombre queda libre, ¿Qué atrocidades cometería? Por otro lado el hombre nunca ha estado libre, siempre ha estado rodeado de instituciones. Las culturas crean aparatos imaginarios en donde depositan el poder humano y con esto confieren a la sociedad un equilibrio, precario, que permite la subsistencia del ser humano.

El problema es que estamos en una etapa en donde lo social tiembla ante la deserción de las masas. Y aun cabe otra posibilidad, dice Lipovetsky que esta apatía podría ser “su realización extrema [del sistema] como si el capitalismo hubiera de hacer indiferentes a los hombres como lo hizo con las cosas”. No una forma de desocialización, sino una nueva socialización soft que implica la mínima participación del individuo en las cuestiones institucionales.

De nuevo la maligna institución hace su aparición, siempre dominante, siempre despiadada, pero puesto que lo que dice Lipovestky es una hipótesis solamente, creo que hay que tomar los hechos tal como la cotidianidad nos lo propone y suponer que asistimos más al ocaso de las instituciones, de lo social, que a su apoteosis.

Muestra de ello son los frecuentes enfrentamientos culturales, las guerras religiosas, el terrorismo. El ataque del 11 de Septiembre sorprendió a todo el mundo pero conmovió a muy pocos, y es que no sólo fue una afrenta al poder hegemónico de una potencia como lo son los Estados Unidos, sino que también simbolizo el principio de la intromisión de los jóvenes al poder del padre inclemente. Lo que algunos llamaron las invasiones bárbaras, son el ataque contra el estado por excelencia (que también es un símbolo del padre) y la reivindicación del poder de los hijos, es decir, todas las naciones marginales. De nuevo la horda esta a punto de cometer el tan ansiado parricidio, de nuevo presenciamos el nacimiento de la civilización. De nuevo Edipo es el destino.

A esta vindicación del ocaso institucional, queda un punto de importancia presente en nuestra era informática: el desgaste del aparato político, su ridiculización hasta el cansancio, la videopolitica.

Giovanni Sartori acuña este termino (videopolitica) para designar “uno de los múltiples aspectos del poder del video: su incidencia en los procesos políticos, y con ello una radical transformación de cómo “ser políticos” y de cómo “gestionar la política.”

Con esto Sartori hace referencia al poder que tiene la imagen como creadora de “verdades”, la imagen no pregunta, responde, no intuye, demuestra y por lo tanto el papel que juega en la formación de opinión resulta catastrófico. De acuerdo a esta idea la televisión es un medio enajenante no por su contenido sino por su forma, que invierte los patrones cognitivos y los deteriora.

Sartori supone que las personas, ante la violencia de la imagen, resultan fácilmente propensas al convencimiento mordaz. Así que el estado pide participación ciudadana a una ciudadanía que esta en una fase pocos niveles sobre lo vegetativo, que ignora la situación que le envuelve, que creerá cualquier cosa que se le diga por la televisión.

La videopolitica cunde los espacios informativos, debates televisados que utilizan falacias increíblemente ingenuas, procesos legales que se resuelven en las pantallas, los “chismes” de las figuras públicas, la sátira de los funcionarios. Toda esa mofa se lleva a cabo con un propósito claro, desinformar al ciudadano, lo que menos importa es su participación conciente, con su participación “como sea” basta.

Cuando lo político se vuelve un espectáculo, entonces resulta bastante risible que se pida confianza en las instituciones. No hay que sorprenderse entonces de los altos índices de abstencionismo en las casillas, de cualquier manera tal vez haya un abstencionismo funcional aun mayor en los que asisten a elecciones.

Ante esas condiciones el demos se debilita enormemente. Dice Sartori “Democracia quiere decir, literalmente, “poder del pueblo” , es decir, mando y soberanía del pueblo, pero cuando ese pueblo es manipulado por las instituciones entonces sin duda hay un problema. Vivimos en la era de la información, sin embargo información no es lo mismo que conocimiento. Información es sólo un conjunto de datos teóricos que enriquecen el recipiente memorístico, en cambio conocimiento es la utilización práctica y competente de esa información, su acomodamiento coherente de modo que se vuelva útil.

Lamentablemente la acción técnica de la información es lo único que cuenta para nuestra cultura y eso, inevitablemente, hunde a las masas en el anonimato y en la desidia cognitiva, convirtiéndose no en masas participativas o en actores de su historia como querría Alain Touraine, sino que se convierten en una forma social ignara, con el peso de la saturante comunicación a cuestas, teniendo cada día mas información y conociendo cada vez menos el contexto en el que se encuentran.

Ante esta barbarie del sentido ¿Cómo alguien puede tener confianza en las instituciones? ¿Cómo las nuevas generaciones pueden tener tolerancia ante tanta ineptitud, ante tanta violencia?

Una objeción a las ideas antes mencionadas podría ser la diferencia entre las culturas de las que hablan estos autores aquí manejados y la cultura nacional, que es de por si nuestro contexto. Podríamos decir que no se viven los mismos acontecimientos y que la evolución del primer y del tercer mundo es diferente.

El tercer mundo aun no ve todo lo que la modernidad puede ofrecerle, para mal o para bien, pero no hay que olvidar afirmaciones como las de Vattimo cuando propone “el termino postmodernismo sigue teniendo un sentido [y] este sentido esta ligado al hecho de que la sociedad en que vivimos es una sociedad de la comunicación generalizada, la sociedad de los medios de comunicación” Vivimos en un sociedad global, en una aldea global decía McLuhan, no podemos creer aun que nuestra pequeña nación es un islote en medio de un mundo que se transforma a la par, quizás no de manera equitativa, eso es patente, pero si hay una constante y es el movimiento globalizador, el demonio de la economía y de la aculturación como colonización. Nuestros medios son los de un país en vísperas de la modernidad, pero nuestros valores giran en torno de la posmodernidad, cuando el mundo caiga caeremos junto con él, cuando las instituciones se quebranten también nuestras instituciones colapsaran.

Sin duda alguna estamos en la situación de lo postsocial, las instituciones se desmoronan por causa del poder corruptor que no pudieron dominar y la credibilidad de ellas, por parte de las nuevas generaciones, es casi nula. Durante mucho tiempo controlaron el poder y reprimieron al individuo, con un fin social claro, pero ahora el individuo oscila entre la sucesión de lo mismo y entre la necesidad de transformación, y en este ultimo punto el impedimento más grande resulta ser la cultura basada en estas instituciones ya decimonónicas. Los aparatos de justicia, de política, de economía, incluso la instituciones básicas como la religión y la familia caen ante el peso de las deformaciones históricas de lo que se ha llamado posmodernidad, aquí y en cada parte del mundo, puesto que los ítems de las culturas son equiparadas por el espíritu de la democracia y la globalización.

Las instituciones mueren, por lo menos como las conocemos, pero es importante que sean destruidas, porque la transición es inevitable y el dolo viene de la resistencia al cambio de los organismos sociales. La modernidad llega a su ocaso y surge una nueva era en donde la humanidad probará suerte, no será un tiempo diferente, sino sucesión de lo acaecido, con nuevos agentes socializadores, nuevas leyes de coerción, y nadie llorará las viejas formas, porque ya nadie, o casi nadie, les confiere importancia.

La confianza de los jóvenes, las nuevas generaciones, en las instituciones es mínima. Y es que la relación individuo e instituciones siempre será áspera, por todas las implicaciones que la socialización significa para el sujeto. La horda nunca aceptará al padre de buena manera.

Sin ningún titubeo podemos decir que en esta etapa histórica las instituciones mueren de forma trágica, su despojos yertos se encuentran en cada esquina del territorio social, y sucumben porque ese es su destino.

Ahora, si algo tiene que morir debe alegrarnos que así sea, y si las instituciones caen entonces es deber nuestro mantenerlas en el sitio a donde pertenecen, han cumplido con su función, bien o mal, y nos han dado la oportunidad de una nueva reorganización de lo cultural, debemos aprender de sus errores y después dejarlas a su suerte, a su agonía final, porque al fin y al cabo nada es tan aberrante como la convivencia entre los vivos y los muertos.


Noviembre del 2005

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