enero 10, 2011

El infierno, la psicopatología


Por: Alejandro Chavarria Rojo


La psicología, como disciplina encargada de un área de conocimiento, tiene la extraña cualidad de conectarnos con los lugares más disimiles del alma humana, con sus cualidades más discordantes, un momento es anhelante y sutil y en otro tremenda y lacerante. Todos los motivos confluyen en el alma (y en la psicología) y ella da lugar a todo lo que quiera ocupar el espacio lógico que significa su campo de conocimiento. Ella, el alma, es el contexto de todo lo que existe.

La psicología, por otro lado, no parte del ser humano como el punto central de su estudio, sino que se enfrasca a un ámbito más profundo y abarcador, más terrible y desconcertante (quizás por su extensión sin espacio y por su duración sin tiempo), la psicología habla del alma y del lugar del que ella proviene.

¿Y de donde proviene el alma?, del inframundo claro está. De ese lugar que existe (que preexiste), sólo para los muertos, y adonde la vida no puede entrar de la forma en que la experimentamos cotidianamente. Aquiles se lamentaba de ello frente a Odiseo y le decía que daría toda su vida eterna por un poco de la experiencia ínfima del estar vivo.

El inframundo es un lugar distinto al nuestro, en donde las almas nacen a una nueva forma de existencia, más opaca según algunos, más vivida según otros, pero siempre distinta y con atributos que en la historia de las tradiciones van repitiéndose de forma variable. La eternidad por ejemplo es uno de esos atributos.

Borges creyó que la principal amenaza del infierno judío-cristiano era precisamente la eternidad, la constante repetición del tiempo y de las actividades de los condenados al fuego eterno, que por cierto no era un fuego que quemara sino un fuego que mantenía constante la desdicha, el dolor y el sufrimiento. El que nada de esto cesara era en verdad la tortura divina.

Este infierno fue la repetición (constante como su atributo) de un tema antiquísimo, la idea del eterno retorno de las cosas, es decir la idea de que todo lo existente algunas vez volverá a repetirse y lo hará de manera eterna. San Agustín decía que la cruz nos libraba de esa iteración incesante, pero eso no lo sabemos, aun en la modernidad tal idea ha sido pronunciada una y otra vez. Lo cual nos acerca a un tema más: ¿en dónde se encuentra el inframundo? ¿cuál es el campo en que actúa?

La constante repetición de las cosas en el ámbito psicoanalítico lleva el nombre de compulsión a la repetición y es la necesidad de la psique de reencontrarse con los sucesos que alguna vez causaron gran sufrimiento y en donde la libido no se desplego como era su destino. ¿No es esta la eternidad de la que habla Borges, la terrible repetición del trauma?. Acaso la neurosis como padecimiento psicológico no sea sino la experiencia en carne viva de un suceso que los teólogos y los sacerdotes visionarios de religiones ya olvidadas, nombraban como inframundo, un lugar desolado, oscuro y desesperanzador que amenaza con tener su sucedáneo en la vida cotidiana.

La psicopatología, es el discurso a través del cual el alma habla acerca de su sufrimiento, de lo que le acaece de forma dolorosa. Habla de su vivencia en la eterna repetición de las pautas de comportamiento, que no hacen sino obligarla a re-experimentar los hechos ya pasados, una y otra vez, sin llegar a un fin consecuente, sin poder salir del eterno circulo (karmico) de las vivencias poco entendidas y sobreestimadas que constituyen el núcleo del dolor neurótico.

No es el dolor en sí el infierno de la neurosis, sino la incesante repetición de un dolor sofocado, obstinadamente evadido, trágicamente acallado por los deseos de normalidad, de felicidad y de bienestar. Por el miedo egoico a enfrentar el terrible demonio que yace latente en cualquier hombre y mujer que existan sobre la faz de la tierra.

Por cierto, los habitantes predilectos del inframundo son los demonios que son naturales a él, las criaturas horríficas que viven y que han hecho de este submundo su hogar. Ellos se encargan de suministrar los castigos, las torturas y los horrores que el condenado sufre. Ellos son las presencias constantes en el sufrimiento de toda alma.

Pero un demonio era también el mensajero de las malas nuevas en la antigua Grecia, para el uso popular de la palabra, un mensajero que se contraponía al angelos que traía las buenas nuevas. En el ámbito filosófico, sin embargo, el uso era distinto, en la filosofía platónica el daimon era el mensajero que conducía a la sabiduría, el mediador entre el hombre y los dioses, entre lo terreno y lo divino. Hacer caso del daimon era un consejo que Socrates daba a sus discípulos y lo llevaba tan al pie de la letra que era conocido como: “el hombre que siempre escucho y tuvo consigo a su daimon”.

Rilke, ante la noticia de que el tratamiento psicoanalítico le ayudaría a deshacerse de sus demonios, prefirió no saber nada más de esa falsa cura, pues temía que si sus demonios desaparecían también lo harían sus ángeles. Y así es, cuando los demonios nos abandonan también lo mejor de nosotros se va con ellos, Y cuando el ego se enfrasca en las buenas nuevas, las malas nuevas surgen con mayor fuerza y dedicación para infundir, a toda costa, su sabiduría.

Así que los demonios no torturan en vano, lo hacen porque saben que esta es la forma en que el alma infantil es capaz de madurar, porque conocen ciertamente que el sufrimiento es la manera más excelsa de la sabiduría. Quizás, entonces, su trato es tal porque el mensaje que entregan es doloroso en sí mismo, caótico y destructivo.

Pero lo único que desean destruir es precisamente la eterna repetición de los hechos, la homeostasis monótona de un sistema que se ha volcado a la seguridad infantil de no cambiar y de evitar a toda costa el sufrimiento de la transformación. La destrucción de los demonios es el paso necesario para la abolición del dolor neurótico que sólo ante el dolor real cede su estatus de protagonista y deja de ser mascara entonces de un rostro, ahora si, real y significativo.

Eso es el infierno, el suceder de los fenómenos psíquicos, su vida real y profunda. Pero el infierno es vivido con dolor porque no se le otorga el estatus requerido por éste, no se le desea ni se le pone como meta, como a lo celestial, sino que se delezna y se le abandona. Freud abandono al infierno a su suerte cuando lo relego al inconsciente, y cuando concibió éste como el basurero en donde lo no deseado es depositado.

En realidad el infierno es rico en símbolos y en vida, el sufrimiento es un impulso que favorece el desarrollo del alma y su conocimiento de sí misma, está pletórico de sabiduría, de recursos y de mediadores (demonios) que están listos para, a cualquier costo, acrecentar la conciencia y evitar la patética repetición eterna, favoreciendo el cambio y la destrucción de los lastres que mantienen al alma anquilosada y rígida.

La estructura del infierno, laberíntica en exceso, es también una muestra de los entresijos por los que suele manifestarse, pues no es siempre igual, ni siempre semejante en disposición, cambia de acuerdo al pecado del alma que ahí llega. El motivo del castigo altera la forma del infierno.

En las diversas mitologías esto es patente en las varias “cámaras” que estructuran el inframundo. En la mitología griega el hades está divido en lugares en donde los diferentes tormentos son aplicados, y cada personaje cumple su propia condena, Sísifo sube una roca en una montaña, Perseo está eternamente sentado en una silla de banquete, Ixion se encuentra atado a una rueda de fuego, etc.

En la mitología budista el inframundo también existe dividido en las formas de tormento que reciben los distintos pecados que el hombre cometió en vida, y cada tormento le recuerda al alma la falla en la que incurrió.

En la mitología azteca sucede lo mismo, el Mictlan, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictlantecíhuatl, está divido en nueve niveles a los que se llega en ordenanza a la vida que se llevo, o los sucesos que precipitaron la muerte. Muy parecido al mito Nórdico del inframundo. Así que caída en el inframundo el alma tiene que transitar durante los multiples niveles, reflejos de su vida terrena, que una vez superados la destinan a la liberación.

Las clases de niveles de las que se hablan en la psicopatología pueden bien ser los distintos tipos de personalidad con sus trastornos y síntomas. La muy particular forma de dolor en cada uno de los distintos derroteros de la patología en el alma humana. Pues no es semejante el dolor de un obsesivo al de un paranoide, ni el de un fóbico al de una histérica, constituyen en sí mismos una cámara infernal con atributos singulares. El infierno personal de cada tipo de carácter se basa en las muy diversas etiologías y psicodinamias que se manifiestan en el desarrollo de tal o cual personalidad. Los síntomas, los mecanismos de defensa, el carácter, el contexto, los complejos parentales, las fijaciones, las compulsiones, las fobias, las ideas repetitivas, los sentimientos torturantes, la inferioridad latente, la omnipotencia compensatoria, la burda huida, etc. son todos demonios que traen mensajes oscuros y secretos pero llenos de oportunidades para el individuo que sabe escucharlos. Para aquel que no, en cambio, sólo el sufrimiento vano le está deparado.

Como el infierno de Dante los niveles albergan cada uno su propia psicopatología, y en cada infierno los tormentos son distintos. Sólo un habitante de este lugar es capaz de guiar al viajante, al paciente, por la negra noche del alma. Virgilio, por ejemplo, es un daimon, un poeta, es decir el instrumento que conecta la inspiración divina con la creación terrena. El psicólogo, al igual que Virgilio, habita en los paramos profundos del infierno, los conoce porque ha paseado en ellos, porque sus sentidos se han habituado a la opacidad del gran castillo subterráneo, y porque la lógica de su pensamiento se ha acostumbrado a los recovecos del terreno infernal.

El psicólogo es el guardián y guía de almas, pero también el cuidador del inframundo psíquico, y el caminante que se reconoce en las mismas almas que ahí habitan, y que acoge el dolor, la depresión, el miedo, la angustia, la ansiedad, el impulso homicida, las fantasías delirantes, el aspecto mórbido de la existencia, y les da el lugar que requieren, pues sabe que son los caminos por los que el alma manifiesta su atributo prístino, la profundidad. Únicamente profundizando en la sombra de la existencia es como el psicólogo puede llevar al viajero a las puertas sin retorno del purgatorio, para que siga desde ahí su propio camino, guiado por la voz dulcísima y a la vez estruendosa del alma, dueña y señora del mundo de los muertos.

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