mayo 01, 2016

El talón de Aquiles

 
 
"La diminuta zona vulnerable de la piel, la pequeña raja en la armadura del héroe, son el lugar por donde puede penetrar la muerte. La muerte no es, recordemos algo opuesto a la vida, sino el corolario del nacimiento. La muerte es otra clase de vida, la vida del alma."
P. Harpur, El fuego secreto de los filósofos.


Doña Luz (XXI)
 
La casa me protege del frío nocturno, del sol del mediodía, de los árboles derribados, del viento de los huracanes, de las asechanzas del rayo, de los ríos desbordados, de los hombres y de las fieras.

Pero la casa no me protege de la muerte. ¿Por qué rendija se cuela el aire de la muerte? ¿Qué hongo de las paredes, qué sustancia ascendente del corazón de la tierra es la muerte?
¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento?
Jaime Sabines

La crisis como oportunidad o la falacia del cambio

Otra entrada de hace algunos años, parte de un proyecto de psicoterapia.


Toda caída es una oportunidad, toda crisis es un umbral hacia el cambio, incluso el carácter chino para “crisis” implica la combinación de los caracteres “peligro” y “oportunidad” (wei-ji) (lo popularizo JFK en un viejo discurso en Indianápolis)…

Esto es un dogma de la autoayuda de nuestros días, de la cultura psicoterapéutica, y es pronunciado al por mayor por nuestros modernos gurús, para mostrarnos que no debemos temer al cambio, pues un elemento favorecedor siempre está a la espera de nuestro arribo. La crisis es un parte aguas para la trascendencia.

Pero ¿qué implica esto? El que la crisis tenga un programa establecido (catástrofe-renacimiento-catástrofe-renacimiento…ad infinitum) conlleva una visión puramente lineal del cambio. El movimiento ocurre de manera horizontal, primero estoy en un lugar y después en otro, y sin embargo sigo siendo el mismo; se destruye el paisaje, pero mi ego-cosmovisión continúa imperturbable (la lógica del turista).

¿Qué pasaría si aceptáramos que las crisis son factores altamente destructivos y que no tiene un buen fin?, ¿y que paradójicamente en esta falta de oportunidades radica su naturaleza transformadora? Por supuesto, para el ego, cualquier cambio implica la muerte, lo que nos indica que la muerte es una fantasía más de la idea implícita en la vida que se continúa en base a la destrucción y asimilación de los pasos que ha dado. La vida conserva su pasado, más no literalmente, sino integrado en sí misma, así como nosotros conservamos nuestras experiencias en forma de memorias e identidad, que no son el mundo literal vivido, sino el mundo experimentado, es decir transformado por la psique.

Así que postular la crisis como oportunidad implica el verdadero temor al cambio, es una receta implícita para detener el movimiento psíquico (que es por cierto imperturbable), para fingirlo, un elemento de consolación para el ego que teme la destrucción de sí mismo.

Por ello Dante leía ante la puerta del infierno “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”. La crisis debería ser afrontada sin esperanzas, sin programas de renacimiento, dejando que su labor destructora haga mella en ese proceso del que somos una expresión y nada más. ¿No es una actitud más respetuosa hacia el alma misma?

Por cierto, el carácter chino que representa a la crisis no está formado con el carácter “oportunidad” sino que se traduce contextualmente como “momento de peligro”.

El reclamo


Este es un apunte de hace muchos años, la profesión de quien es escribe es ser psicólogo, y su especialidad la psicoterapia. Este apunte es una forma de no olvidar un antiguo proyecto.


Algo que cuesta mucho a los pacientes, y en general a cualquier persona, es el intrincado acto de reclamar de forma fidedigna. Reclamar es hacer, con ahincó, un llamamiento que ya se había hecho, clamar de nuevo, ante una exigencia que se mantiene hacia el otro, contraponerse ante una mandato o una acción injusta.

En el reclamo el alma resuena una cantaleta que se quisiera olvidar, ya sea por miedo a aquel grito repetitivo o por que el eco nunca descansa y se mantiene como imagen fija en el paisaje de la cotidianidad. Dicho grito ahonda en lo profundo, en aquello que no se desea conocer, el mal interior, el dolor secreto que cada uno lleva consigo.

El reclamo es tan difícil justamente porque desata, en la persona, aquello que perturba su normalidad, su voz interior, que lo mantiene despierto y atento a sí mismo; al tiempo en que este sonido atronador molesta al mundo circundante: a la familia, a la pareja, a los amigos, a los compañeros, a todo aquel que se mueve en un sólo tono. Este clamor, por lo tanto, se caracteriza por ser incomodo e inapropiado para las convenciones grupales, y como todo lo enfadoso es preferiblemente desechado.

Pero el pinchazo constante nunca se deja de oír, subyace como ruido de fondo y tarde o temprano se desata, destructivo y barbárico.

Reclamar es arduo, no únicamente porque va contra la paz y tranquilidad del grupo social, sino porque quien reclama frecuentemente lo hace utilizando una voz que no es la suya, o un mensaje que cubre otro mensaje. El que reclama muchas veces oculta, sin saberlo, su verdadera intención con otra equivocada que, aunque molesta, no destruye el orden prescrito. Un mal artificial que cubre el dolor del mal primordial.

Así, el reclamo o se teatraliza o se constriñe. Pero el reclamo es constante, como la angustia, y como ésta, tiende a tomar muchas formas. Por eso el hombre se ve constantemente enfrentado al reclamo de su propia alma, que enmudecida busca la comunión con el mundo de afuera. Su agresividad en dicha búsqueda depende de los oídos alertas de la persona en cuestión.

Me he dado cuenta de que en general un reclamo ensayado en el consultorio tiene tres fases:

Ante una situación en donde el reclamo es necesario, primero se pide al paciente que diga lo que siente, esto conecta al sujeto con su esfera sensorial y sentimental, y le ayuda a discernir entre las variedades de sentimientos que lo impulsan, percibiendo así la energía necesaria para tal momento, el dios al que rendir sacrificio.

En segundo lugar, se pide al paciente que note y exprese lo que no quiere, lo cual se plante como una vía negativa en el proceso de introspección, útil sobre todo para comprender lo que sucede de manera especifica, entrando por la ruta más sencilla a la esfera de las necesidades, pues es arduo inicialmente saber lo que se quiere, es más fácil saber lo que no se requiere. Se utiliza así el contraste entre los opuestos, con el fin de dar con el opuesto complementario.

Por último, se exhorta al individuo a que formule lo que necesita del otro, acción que conecta al paciente con la otra persona, que de algún modo también es ella misma. De esta forma es capaz de afirmarse ante el otro y sustentar su propia vivencia y necesidad. Sólo ante el otro, el hombre se convierte en individuo, por ello el medio es parte importantísima de la terapia, ya que si no hubiera otros con quien relacionarse el paciente no podría construir su propia senda. No podría reconocerse.

De esta manera el reclamo refuerza los lazos entre el hombre, la psique y el mundo, transito que es temible porque supone una unión abrumadora. Quizá esta unión es la que el individuo teme al realizar el reclamo, la perdida de su inocencia psíquica.

También es posible que al reclamar, el hombre se de cuenta de que su voz resulta profunda y cavernosa, amplia y estridente, de nueva cuenta la voz no es suya, pero tampoco es artificial, como su voz falsa; el tono y las palabras que de ella manan son oscuros como la muerte, son la muerte misma. Es probable que el miedo natural al reino de la muerte sea otra causa para evitar el reclamo. Pero en terapia se sabe que esta vía es la única que conduce al reino de la psique, sin muerte no hay restauración.

El alma reclama para unirse al mundo al que pertenece y el ser humano es su instrumento. Para salir de su mudez primaria, se construye en su voz, que tiene múltiples formas. El hombre ha de acudir a su llamado y otorgarle vida a ese clamor, y reclamar con cada cosa que dice y cada cosa que hace, pues su mensaje más que suyo es un mensaje, profundo y significativo, de potencias que desconoce pero cuyos caminos no puede dejar de seguir.

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